Saturday 03 de December de 2016
»El taxista se gana la confianza de los villistas 

En Salinas

Redacción      5 Jul 2014 22:42:59

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(César Navarrete )
(César Navarrete )
El chofer se ha ganado la confianza de los villistas que le perdonaron la vida por saber conducir el automóvil.

Antes de continuar su camino a Salinas, tomaron un descanso en el que el protagonista destacó por saberse un chiste que hizo reír a todos.

Después, llegaron a su objetivo e instalaron su cuartel en la estación.

“Antes de retirarme a buscar lo que el jefe había ordenado, éste me mandó llamar a su carro para hacerme un regalo, recompensa según dijo, por los malos ratos y sustos que me habían hecho pasar.

“Este obsequio consistía e una chamarra de cuero colorado, un texano de buena clase, unas ‘mitazas’ norteñas y una pistola vieja.

“Ordenándome al mismo tiempo que tirara el ‘zurrón huertano’(uniforme) que portaba y que me portara bien, cosa que no me pesaría.  

“Naturalmente que prometí todo lo que quiso que prometiera, incluso cambiar mis vestidos inmediatamente, y ya cuando nos fuimos a buscar las tiendas Ildefonso (así se llamaba el mocetón que me venía custodiando desde que me hicieron prisionero) y yo, para buscar lo que deberíamos adquirir, éramos un par de villistas fuera de toda sospecha.

“Se nos informó que la tienda de don Amador Inclán era la principal del lugar y que allí había de todo lo que quisiéramos; que él era agente de la CIA de Petróleo de la Pierce (Gallito) y que con seguridad encontraríamos las llantas y demás cosas que nos eran urgentes.

“Llegamos hasta la tienda, pero nos encontramos que ésta estaba cerrada a piedra y mezcla, como vulgarmente se dice, y por más que tocamos e inquirimos por la presencia de sus dueños, nada pudimos obtener.

“No obstante, se nos informó que por la mañana estuvo abierta, pero que apenas corrió el rumor de que iban a entrar los villistas, su dueño la cerró y no se encontraba por ninguna parte, a pesar de que él y su familia vivían en la misma casa del establecimiento.

“Llamamos por la tienda, por el zaguán del corral, en la parte posterior y no obtuvimos contestación deshabitada.

“Naturalmente que nosotros ya no insistimos en llamar, retirándonos en el propósito de dar parte de lo ocurría al general Fernández.

“Al jefe le causó mucho disgusto esto e inmediatamente ordenó que el general Gregorio Reza en persona, con un escolta intentara por la buena convencer al comerciante de que abriera las puertas de su establecimiento y que les dijera a él y los otros comerciantes que lo habían imitado, que les daba todo género de garantías para que, en caso de negarse, les echaría las puertas abajo dándoles manos libres a su gente para que saqueara, en virtud de que cerrando las puertas de sus negocios, manifestaban ninguna confianza a la División del Norte, y por ende, serían tomados como enemigos de la causa.    
 
“El único y principal comerciante que no abrió sus puertas fue don Amador Inclán y de esta manera, exasperado el general Reza y con las facilidades y órdenes terminantes del jefe Fernández, procedió a derribar la puerta posterior de la casa de don Amador, ya que ésta presentaba menos dificultades por estar un tanto desvencijada.

“En poco tiempo las hachas villisticas dieron buena cuenta de los tablones del zaguán y de esta manera nos encontramos dentro del corral de la casa que daba acceso a las habitaciones del comerciante.  

“Lo primero que encontramos fue una señora de edad más que madura que no interceptó el paso.

“Estaba fuera de sí de susto, densamente pálida, al grado que le castañeaban los dientes como si tuviera frío. 

“‘¿Qué quieren señores? Mi esposo no está aquí, salió a Zacatecas ahora en la mañana y… yo estoy sola’, dijo.

“Detrás de la señora aparecieron dos señoritas, un niño y un hombre con aspecto de mozo. En la cara de todos se pintaba el terror que sentían.

“El general Reza, a pesar de lo contrariado que se sentía por la actitud asumida por estas gentes que esperaron que la puerta estuviera derribada para hacer acto de presencia, contestó:

“‘Dígale usted a don Amador que queremos verlo, que salga, que nada pasará, al fin ya sabemos que ahí está adentro escondido’.

“Entonces una de las señoritas, a pesar del susto que manifestaba, con altanería contesto: ‘Ya le dijo a usted mi mamá que mi papá no está, y no está’.

“Esta vez el general Reza perdió la paciencia y la compostura que había empezado a hablar, dirigiéndose a nosotros dijo:

“‘Métase, muchachos, aunque pasen por encima de estas viejas escandalosas’.

“Entramos naturalmente sin la oposición física de nadie y con ayuda del mozo de la tienda; pistolazo y pistolazo de por medio, nos llevó a la bodega en la que se almacena el maíz y toda clase de granos.

“Y teniendo la vida de por medio, nos reveló un lugar donde había un promontorio de sacos de trigo, que al removerlos, descubrimos un intersticio ahuecado en el que en forma ridícula se encontraba la voluminosa persona del comerciante don Amador Inclán, que a su vez, temblando como un azogado, abandonó el sitio para ponerse a las órdenes del general Reza”.    

Continuará... 

Extracto de Choferes de la Revolución.
Autor: Luis Jiménez Delgado.
Biblioteca de la Crónica del Estado





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