Monday 20 de February de 2017
»Los villistas equipan el automóvil antes de partir de Salinas 

En Zacatecas 

Redacción      12 Jul 2014 23:02:26

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En el capítulo anterior, el taxista narró que en Salinas, los villistas habían encontrado al comerciante que se había negado a abrir las puertas de su negocio, pese a que se le había pedido de buena manera.

“Ya fuera de su escondite, el rico tendero don Amador Inclán y puesto por sí solo a las órdenes del general Gregorio Reza, éste ordenó que nos hiciéramos cargo del comerciante y que lo condujéramos a presencia del general Fernández para que éste dispusiera lo que debía hacerse con él.

“El jefe Reza dejó una guardia para que vigilara la tienda y la casa que estaba ahora en nuestro poder y adelantándose a nosotros, se fue al cuartel general y de esa manera cuando llegamos con el detenido ya nos esperaba.

“Hasta ahí habíamos tenido la compañía de toda la familia de don Amador, que junto a nosotros no había cesado de suplicarnos que lo dejáramos en libertad; que no lo fuéramos a fusilar; que nos dejaría todo lo que nosotros quisiéramos con tal de que lo soltáramos, en fin, un sinnúmero de súplicas y promesas que no podíamos escuchar y sí el general en jefe, como se lo dijimos.

“Al pie del carro de pasajeros que servía de oficina al cuartel general, estaban Nicolás Fernández y Reza en espera de acaudalado don Amador.

“Éste, por su parte, se había limitado a permanecer callado durante la travesía y a palidecer cada vez más, seguramente porque creyó llegado el último de sus momentos, más cuando la fama que rodea a la gente villista era fatal por aquellos contornos y de Nicolás Fernández se traían noticias de que era aliente y sanguinario.   

“Ya antes el jefe el señor Inclán seguía mudo y sólo la familia renovó sus súplicas y sus ofrecimientos, llegando la señora a pedir al general revolucionario, postrada de rodillas, que lo dejara en libertad, sólo que éste no permitió a la señora semejante postura, diciéndole:   

“‘No señora, levántese, nada le pasará a su marido’. Y dirigiéndose a éste, continuó: ‘Ya ve, amigo, a lo expone a su familia? Qué le había costado abrir las puertas de su comercio cuando yo al entrar a esta población le he ofrecido a todo el mundo garantías absolutas? Usted es el más rico de Salinas y también el más ávaro o el más desconfiado, a no ser que sea usted enemigo de nosotros?’    

“‘No señor general, no soy enemigo de nadie, sólo que me informaron que usted venía saqueando y ultrajando familias y fue por eso que nos escondimos, pero yo le ofrezco lo poquito que tengo por si algo necesita….

“‘Todo lo que necesitamos es que haya comercio, contestó Fernández- porque dinero tenemos y si nos hace falta pedimos, no robamos, de suerte es que váyase y llévese a su familia, abra las puertas de su tiendota que por allá mando comprar algo y en la nochecita por allá estaré para charlar un rato y tomarnos la copa’.  

“Una hora después, Idelfonso y yo nos presentamos a la tienda de don Amador, con el objeto de comprar la gasolina, las llantas para el Prothos, el aceite y lo demás que se nos había ordenado, encontrándonos con todas las puertas del establecimiento abiertas de par en par y llena completamente de gente nuestra, que tomaba cerveza a discreción, obsequio de don Amador, para todo el mundo villista que se presentaba a comprar algo.

“La cara del señor Inclán, así como de las personas de su familia que despachaban detrás del mostrador a tanto parroquiano, revelaba contento, regocijo, menos la del mozo que, vendado de la cabeza, se mantenía argente de lo que el parón mandaba, pero contrito y compungido a causa de los dolores que seguramente le producía las heridas hechas con las pistolas de los que los que lo obligaron a descubrir el escondite de su amo. 

“El agradecido tendero nos dio cinco cajas de buena gasolina, cuatro llantas 37x 5 con antiderrapante metálico, otros tantos tubos, el aceite y todo lo que nos fue necesario.

“No quiso recibir un centavo, antes por el contrario, nos obligó casi a tomar sendos vasos de mezcal y más de una cerveza. 

“Con nuestro cargamento llegamos hasta la estación, lugar en que habíamos dejado el Prothos y bien pronto lo ajuareamos con las llantas traseras nuevas; las delanteras estaban en buenas condiciones, de manera que nos quedamos con cuatro refacciones, mucha gasolina y aceite nuevo.  

“Ildefonso, que primeramente fue mi custodio más cercano, se había convertido en mi mejor ayudante, debido primero a que habíamos congeniado perfectamente y segundo, por haber prometido yo que lo enseñaría a manejar y a componer el automóvil”.

Continuará...


Extracto de Choferes de la Revolución.
Autor: Luis Jiménez Delgado.
Biblioteca de la Crónica del Estado





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