Saturday 10 de December de 2016

Felipe Ángeles: origen y trascendencia 

Óscar González Azuela      15 Jun 2014 00:13:50

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  • La vida de Felipe Ángeles: a 146 años de su nacimiento, cumplidos el pasado 13 de junio, recordamos al gran estratega revolucionario. (Imagen tomada del libro Historia Gráfica sobre la Revolución Mexicana).  (Cortesía) La vida de Felipe Ángeles: a 146 años de su nacimiento, cumplidos el pasado 13 de junio, recordamos al gran estratega revolucionario. (Imagen tomada del libro Historia Gráfica sobre la Revolución Mexicana). (Cortesía)
  • Francisco Villa y el general Felipe Ángeles en 1915. (Imagen tomada del libro Pancho villa la construcción del mito).  (Cortesía) Francisco Villa y el general Felipe Ángeles en 1915. (Imagen tomada del libro Pancho villa la construcción del mito). (Cortesía)
  • Con Venustiano Carranza y otros coroneles, después de llegar a Sonora en 1913. (Imagen tomada del libro Historia Gráfica sobre la Revolución Mexicana).  (Cortesía) Con Venustiano Carranza y otros coroneles, después de llegar a Sonora en 1913. (Imagen tomada del libro Historia Gráfica sobre la Revolución Mexicana). (Cortesía)
  • Los generales Ángel García Peña, Victoriano Huerta, Felipe Ángeles y José Delgado discutiendo una táctica de ataque en 1913. (Imagen tomada del libro Historia Gráfica sobre la Revolución Mexicana).  (Cortesía) Los generales Ángel García Peña, Victoriano Huerta, Felipe Ángeles y José Delgado discutiendo una táctica de ataque en 1913. (Imagen tomada del libro Historia Gráfica sobre la Revolución Mexicana). (Cortesía)
  • El general Felipe Ángeles, el mayor Enciso Arce y el soldado Antonio Trillo contestando el interrogatorio que les hace el presidente del Consejo de Guerra, el general Gabriel Gavira, en noviembre de 1919. (Imagen tomada del libro Historia Gráfica sobre la Revolución Mexicana).  (Cortesía) El general Felipe Ángeles, el mayor Enciso Arce y el soldado Antonio Trillo contestando el interrogatorio que les hace el presidente del Consejo de Guerra, el general Gabriel Gavira, en noviembre de 1919. (Imagen tomada del libro Historia Gráfica sobre la Revolución Mexicana). (Cortesía)
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Su nombre era Felipe de Jesús Ángeles. Tras esta evangélica presentación se encontraba un militar cuya mayor gloria fue impactar una y otra vez, con magistral manejo de artillería, al Ejército Federal.

Así este ángel, espada en mano, contemplaría desde la cima del Cerro de La Bufa, al demonio encarnado en Huerta que se hundía en el abismo, derrotado definitivamente por las huestes revolucionarias.

Ausente de México al inicio de la Revolución, regresa en 1912 siendo detectado por Madero, quien le encarga primero la dirección del Colegio Militar enviándolo luego a sofocar más que combatir a los
zapatistas.

En carta a Manuel Márquez Sterling, quien fuera embajador de Cuba en México, Ángeles le escribió: “…los zapatistas han tenido siempre razón, aun contra Madero, así me lo manifestó éste, y me envió a la guerra del sur para ver de reparar errores, dejando a mi exclusivo criterio la conducción política y militar de la campaña.”

El 9 de febrero de 1913, al inicio de la Decena Trágica, Madero se dirigió en automóvil a Cuernavaca tratando de poner a Ángeles al frente de la comandancia de la ciudad de México, lo que fue improcedente por causas de escalafón militar, mismo que fue aceptado dócilmente, quedando en su lugar Victoriano Huerta y Ángeles bajo su mando, con las consecuencias funestas que ya se conocen.

Ángeles será detenido junto con Madero y Pino Suárez en Palacio Nacional. Federico González Garza, detenido también, relata: “Aproximadamente a las 5 de la tarde, el general Huerta se presentó ante ellos, y luego de examinarlos sin decir palabra, se marchó exclamando con voz aguardentosa: ¡Viva la República!”. La frase quedará en el subconsciente de Felipe Ángeles, para ser rescatada en el momento oportuno.

Luego de los asesinatos de Madero y Pino Suárez, Ángeles será detenido, incomunicado y enjuiciado por el delito de violencia contra las personas en general; saldrá finalmente libre para embarcarse rumbo a Europa, de donde regresa de inmediato a México para ponerse al servicio del Ejército Constitucionalista.

La animadversión y desconfianza que inspira a los jefes revolucionarios sonorenses, por su origen académico militar, hace que sea enviado a la División del Norte.

Villa comenta a Martín Luis Guzmán que le dijo a su llegada: “Señor general, yo y mis tropas miramos en usted el hombre militar y el hombre revolucionario, y por eso es nuestro parecer que sus servicios en los campos de batalla los necesita la causa de la Revolución. Señor, quiero tenerlo a usted junto de mí, pues no siendo yo militar de carrera, sino soldado hecho en los azares de la vida, la enseñanza de sus conocimientos me ayudará, y ayudará a mis tropas, y será para beneficio de la lucha en que andamos todos.”

Felipe Ávila da su punto de vista acerca de la trascendencia que tiene la incorporación de Ángeles a las filas villistas:

“Felipe Ángeles tuvo un papel importante en la conformación de la División del Norte, gracias a que combinaba varias características que lo hacían peculiar. Por un lado, fue el militar de más rango del viejo ejército porfiriano que se incorporó a la Revolución. Por su capacidad militar al poco tiempo se convirtió en el segundo en el mando dentro de la División del Norte y en la persona que más influencia tenía sobre Francisco Villa.

“Pero además de sus conocimientos y experiencia militares, lo que más lo distinguió entre los generales villistas fue su mayor visión y perspectiva política. Prácticamente era el único de los generales de la División del Norte que tenía una ideología sólida y una visión nacional sobre los problemas, las tareas y los objetivos a los que tenía que abocarse el ejército villista para consolidarse y aspirar a la hegemonía en el proceso revolucionario.”

Cuando se empieza a vislumbrar el triunfo sobre el Ejército Federal, las posturas disímbolas entre el primer jefe del Ejército Constitucionalista, Venustiano Carranza, y el jefe de la División del Norte, Francisco Villa, afloran a través de varios comunicados telegráficos que dan como consecuencia inicial la renuncia de Villa a la división y luego, la negativa por parte de los generales villistas a aceptarla estando tras ellos la experiencia de Ángeles, quien reconoce luego la redacción de los telegramas de insurrección en contra de las órdenes que les instruían en mandar sólo parcialmente a la división a lo que sería una carnicería para mermar el poder de Villa.

El último de esos telegramas, redactado por Ángeles, dice: “Señor: Consideramos nosotros, por las expresiones de su último mensaje, que no ha entendido usted lo que decimos, o que no ha querido entenderlo. Lo que declarábamos, señor, es que nosotros no tomamos en cuenta la disposición suya tocante a que el señor general Villa deje el mando de estas tropas, y eso hacemos nosotros por estimar que la dicha providencia, a más de ser contraria a la ley de la política y de la guerra, hiere los principios que nos traen en armas y desconoce los deberes del patriotismo.

“Sepa usted, señor Carranza, que hemos convencido al general Villa de cómo sus compromisos con nuestra patria lo obligan a mantenerse al frente de esta división tal y como si usted no hubiera concebido la mala idea de desnudarlo del mando que nosotros le reconocemos porque él se lo ha hecho.

“…ha de saber, señor, que por encima de los intereses y las ambiciones del Primer Jefe están los dolores y la necesidad del pueblo mexicano, del cual nosotros somos parte, y que ese pueblo nos dice que el general Villa no debe abandonarlo, por ser aún indispensables sus acciones triunfadoras. Por estas palabras comprenderá usted que es firme nuestra decisión de marchar desde luego rumbo al sur y que ello impide que mañana por la mañana se presenten en esa ciudad los generales que usted convoca.”

La Toma de Zacatecas
Mucho se ha escrito en estos días con respecto a los hechos relativos a la Batalla de Zacatecas por su centenario, sin embargo es indispensable valorar la preparación y el arrojo de Ángeles y sus colaboradores, muchos de ellos egresados del Colegio Militar, quienes se suman a las tropas revolucionarias en pos del regreso al régimen constitucional y que ganaron la admiración de las huestes revolucionarias dada la valentía que demostraron en aquellas jornadas de combate.
Ezequiel Coutiño Muñoz escribe: “Como fruto de la victoria, el propio general Ángeles envió un telegrama a Victoriano Huerta, que sólo contenía tres palabras: ‘Viva la República’.

“Desde el fondo de la sierra de Zacatecas, como un eco vengativo, el mensaje repetía la misma frase que el dictador, en tono insolente, había gritado a Madero y su gabinete al apresarlos en Palacio Nacional el 18 de febrero de 1913”.

Villa y Ángeles deben haber contemplado desde la cima del Cerro de La Bufa, el panorama desolador de la ciudad de Zacatecas, como el de una inocente víctima caída entre el fuego cruzado de feroces combatientes; la trayectoria del primero -Villa-, sería la del cometa que con elegante cola de luz hace una larga parábola que alumbraría la ciudad de México, botando luego en el Bajío para estallar finalmente en Parral.

La del segundo -Ángeles-, será la de la estrella fugaz que como línea de luz cruza en brevísimo, pero inolvidable destello, para hacerse luego parte de la luminosidad celestial. El final de ambos se dará en el lejano estado de Chihuahua.

La Babel revolucionaria
Tratando de llevar las más puras expresiones al campo de la dialéctica, Ángeles hará valer su experiencia en el campo zapatista para integrarles a la Convención de Aguascalientes.

Luego de que se confundan hombres limpios con mustios asesinos para estampar su firma sobre una pobre bandera que finalmente sería estrujada a manos de Antonio Díaz Soto y Gama -ferviente anarquista que casi sucumbe tras sus arrebatos pudiendo salir del trance gracias a su prodigioso discurso-, el
Teatro Morelos se convertirá en una especie de Babel revolucionaria que sirve para reafirmar el divorcio de los ganadores de la contienda revolucionaria.

Finalmente el poder ejecutivo del lado convencionista quedaría a cargo de Eulalio Gutiérrez. Por su parte, los constitucionalistas parten de la ciudad de México con Carranza montado en un macho del que habrá de ser bajado a balazos un lustro después en plena sierra poblana.

El Ejército Convencionista entrará a la ciudad de México, siendo integrado por fuerzas villistas y zapatistas que desfilan ampulosas por el centro de la capital.

La institucional figura del general Ángeles desaparece del escenario de la entrada, el banquete en Palacio Nacional, así como de la curiosa alegoría en la que Villa en pleno frenesí, se hace fotografiar en la silla presidencial.

Villa tendrá pláticas con Zapata, visitará la tumba de Madero, bautizará la calle con el nombre del apóstol, disfrutará tandas, planeará y tendrá oídos sordos al consejo de ir sobre Carranza en el mismo puerto de Veracruz.

Luego de un tiempo, saldrá rumbo al enfrentamiento que decidiría finalmente a quién pertenecía el botín de guerra en que se convertía la Revolución Mexicana.

Escribe Pedro Salmerón: “Así las cosas, cuando Álvaro Obregón llegó a Celaya, amenazando el Bajío y las operaciones sobre Jalisco, Pancho Villa decidió, desoyendo otra vez los consejos de Felipe Ángeles y de manera absurda, según aquellos historiadores, atacar Celaya. No obstante las sumarísimas descalificaciones a toro pasado, su intención era clara: ni Ángeles en la línea de Monterrey, ni él mismo en la de Jalisco (reforzando a Fierro) habían obtenido victorias decisivas; Urbina estaba empantanado en El Ébano, sin poder llegar a Tampico; Zapata se había refugiado en Tlaltizapán, y la situación general empezaba a volverse contra sus ejércitos: en abril de 1915 la situación pecuniaria de la División del Norte era angustiosa y los recursos para la guerra estaban a punto de agotarse.”

Álvaro Obregón gana, batalla tras batalla, la guerra del Bajío. Aunque arrancado su brazo derecho en la batalla de Santa Anna del Conde, con el puro izquierdo acabará, pasado el tiempo, con sus principales estorbos, incluido su otro brazo derecho llamado Pancho Serrano.


Declaraciones
Luego de la derrota sufrida por Villa en las batallas del Bajío, Ángeles sale del país rumbo a El Paso, Texas en 1915. Ahí, tratando de alejarse de la política, recibe apoyo económico de Maytorena.
Queda claro que el lenguaje utilizado por los generales de la División del Norte en contra de Carranza tiene la autoría de Ángeles; éste lo confirma en su Autodefensa escrita en El Paso, Texas en 1916:

“Yo redacté el telegrama que cruzó el rostro de Carranza como un fuetazo. Por mí fuimos a Zacatecas y vencimos finalmente a Huerta. Yo soy el culpable de que, desoyendo los despóticos mandatos de Carranza, hayamos ido a dar el último golpe de muerte a los huertistas. Yo soy el culpable de haberle dicho a Carranza su miseria moral, su envidia, su falta de patriotismo, su ambición, su despotismo.

“Después de Zacatecas, la División del Norte se volvió a subordinar a Carranza, para facilitar a la Revolución el triunfo completo. Ahí, propiamente, terminó la lucha contra la reacción dictatorial y empezó la lucha contra la nueva dictadura. Estamos satisfechos de nuestra obra: entre Huerta y Carranza, preferimos a Carranza.

“Con esa conducta me hice reo de dos enormes delitos: el de haber sido factor implacable contra el huertismo y el de haber arrancado la careta democrática de Carranza.

“Pues sepan, carrancistas y huertistas, que no me humilla el haber servido a las órdenes de Villa, que al contrario me enorgullece. Me enorgullece haber sentido por largos meses el afecto y estimación de un hombre como Villa, y me entristece el pensar que, entre todo el montón de intelectuales del país, no hay un hombre de las energías de Villa que, a diferencia de Villa que no puede entender la democracia por insuficiente cultura, sea capaz de salvarlos del pertinaz azote de los dictadores que tiene encorvadas las espaldas de los mexicanos.”

Recién cumplidos sus 50 años, encarga su familia a su abogado de 1913, Miguel  Calero; estando consciente del peligro al que se expondrá, regresa a su patria en búsqueda de Villa, quien ha cometido toda serie de desmanes, incluido un ataque a Columbus, Nuevo México. Se interna en México justificándose y anticipando la fundación de un partido político que trajera la paz por medio de la transmisión pacífica del poder, que se lograría una decena de años después.

“Vengo a buscar la manera de que cese esta lucha salvaje que consume al pueblo mexicano, unificando en un solo grupo a todos los bandos políticos que existen en la actualidad en el suelo de la república, sin distinción de credos”, asegura el militar.

Su regreso se da el 11 de diciembre de 1918 por la ruta de El Paso. Estará en contacto con Villa durante cinco meses, sin embargo la táctica del bandolero no es adaptable a la del militar de carrera y deciden finalmente separarse.

Traicionado por quienes le servían de guías a cambio de su amnistía, el 19 noviembre 1919 es aprehendido en una cueva. Se informa entonces de la captura del cabecilla Felipe Ángeles al jefe de operaciones militares en Chihuahua, general Manuel M. Diéguez, procesándosele por el delito de rebelión.

Cuestionado por varios jefes y oficiales antes del juicio para que cayera por su propia boca y consciente de que su sentencia de muerte había sido ganada a pulso desde la conferencia telegráfica habida entre Villa y Carranza les responde:

“¿Así que ustedes quieren saber si soy villista?... Pues sepan que sí, que soy villista y a mucha honra, porque el general Villa es el general Villa y una orden de él se obedece a 400 leguas de distancia. En cambio ustedes, los generales carrancistas, son puros generales de banqueta”.

El juicio
Algunos puntos relevantes del juicio citados por Rubén Osorio: “El general Ángeles se presentó pulcramente peinado y afeitado, pero vestido con una camisa deslavada, un pantalón de mezclilla a rayas y tenis blancos que le daban el aspecto de un desarrapado”.

“El general Ángeles, el oficial de más alto rango de los tres acusados, fue llamado a declarar por el general Gavira, quien le dijo:

-General Felipe Ángeles, tenga usted la bondad de ponerse de pie.

-Perdón, no soy general, lo he sido, dijo Ángeles levantándose.”

Ángeles trata de explicar entonces los motivos de su regreso a México:

“(…) traté de corregir los yerros del general Villa lográndolo en parte. Y muchos también lo lograrían si por atavismo los mexicanos no fuéramos serviles, lo cual sucede entre los que no se atreven a contradecir a Villa y aplauden hasta sus más grandes disparates. Yo no culpo de esto a Villa, sino a los malos gobiernos que convierten en fieras aun a los hombres más buenos”.

Rechaza haber tenido mando de tropas durante cinco meses con Francisco Villa y el punto medular de su propia defensa, digno de un análisis bastante profundo: “Culpo del estado actual de Villa y los suyos a los gobiernos que no han tenido compasión de los desheredados y los han vuelto fieras”.

La sentencia de muerte en contra de Ángeles se dicta luego de un juicio de 16 horas en que los compañeros capturados junto con él juegan el papel de Barrabás, evitando la misma sentencia.

La última carta
Unas horas antes del fusilamiento, Ángeles escribe una última carta a su esposa, misma que ya no sería leída por ella, quien murió días antes de que ésta llegara al frío destino de Nueva York.

Luego de haber estirado el tiempo de manera valiosa para la noble causa de la Revolución Mexicana, al haber sobrevivido seis años a los hechos dados en Palacio Nacional de los que salió inerme durante la llamada Decena Trágica, dijo finalmente sus últimas palabras: “Ya es tiempo…”.

En 1941 los restos del general Felipe Ángeles fueron exhumados para ser trasladados a la ciudad de Pachuca, Hidalgo, en recorrido de desagravio. Salvador Azuela escribió entonces acerca de Ángeles:

“Hay hechos en la biografía del hidalguense que revelan el perfil ético y la independencia de criterio que dirigen su conducta. Ellos expresan más que todas las retóricas y los panegíricos.

“Su ineptitud para la vida cortesana, su repulsa por todo lo que representaba espíritu de servilismo lo hicieron fracasar cuando acababa de sumarse al movimiento revolucionario iniciado en contra de la usurpación huertista.

“Francisco Villa lo acoge entonces. Aquel rebelde venido de la entraña misma del pueblo, terrible como los huracanes y recio como sus montañas altivas, lo distingue con acatamiento.

“AI lado de Villa, el hombre en estado de naturaleza, Ángeles significa la comprensión, la inteligencia cultivada, el concepto de la vida civil, la norma moral que intenta ordenar los anhelos vagos, difusos, románticos de mejoramiento nacional en una obra vertebrada y orgánica.

“Hay carácteres como Ángeles que son una especie de reactivo moral para conocer las almas de sus contemporáneos. Los juicios que sobre ellos se pronuncian revelan su grandeza o su miseria. ¿Queréis conocer la calidad de los hombres de la Revolución? Preguntadles qué opinan de Ángeles. La respuesta es una piedra de toque. Descubre todo un concepto sobre la ley, el civismo, la rectitud y el respeto que merece la vida humana”.

*Miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística




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