Sunday 11 de December de 2016

Subir la montaña

Huberto Meléndez Martínez      10 Nov 2014 21:59:19

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Dedicado a Jaime Galván, por realizar sus entrenamientos deportivos cerro arriba.

Yo solo me caí cuatro veces”, dijo una niña con vocecita clara, alegre y sincera a sus compañeritos de grupo. Hablaban de las peripecias acontecidas en el tránsito de una caminata por un pequeño cerro. Como eran menores de 10 años, tenían la percepción de haber escalado una gran montaña.

La inocente frase arrancó algunas risas de otras personas, porque en el descenso hubo numerosos resbalones, tropiezos y titubeos, arrancando graciosas muecas de dolor, algunos hicieron pucheros y hubo quien dejó rodar una discreta lagrimilla.

Subir fue más fácil, pues en la bajada la arenisca hacía que ambos pies se fueran hacia delante. La pendiente sorprendía sin permitir poner las manos de por medio para amortiguar el sentón reiterativo. El trayecto era de menos de tres kilómetros y se hizo en poco más de cuatro horas.

Este grupo era acompañado por varias personas mayores, los cuales sentían que les faltaban manos para sujetar a los pequeños y conducirlos con seguridad por las veredas.

Quedaron perplejos cuando los asesores indicaron ayudar solo en caso imprescindible, que debían dejarles subir sin apoyo individual. De la sorpresa pasaron al entendimiento, pues se trataba de que el grupo de pequeñines subiera o trepara por sus propios medios, fomentando su independencia, poniendo en práctica sus capacidades individuales.

Los caminos estaban cerrados por agresivos arbustos que exponían sus espinas, pretendiendo rasgar la ropa de los intrépidos caminantes. La columna serpenteó caprichosamente por la ladera del cerro en irregular trayectoria ascendente, escuchándose, a lo lejos, la animosa algarabía del contingente.

Llegar a la cima fue una experiencia impresionante. Los semblantes estuvieron cargados de emoción al contemplar el entorno; arribaron con la respiración agitada por el esfuerzo realizado. El sentimiento de grandeza reflejado en su cara coincidía con las tonalidades cálidas de las sonrosadas mejillas; la sorpresa de encontrarse en la cima del montículo, daba muestra de satisfacción al haber superado el reto.

Ponerse en contacto con la naturaleza, convivir y reflexionar con ella no dio otra opción, más que disfrutarla (como las rocas, arbustos, aire, insectos, clima, panorama).

Hubiera sido más rápido y menos tortuoso haberlos cargado en la espalda, subirlos y bajarlos de ese pequeño cerro o conducirlos por el camino seguro, tomados de la mano, evitando todo esfuerzo físico o de riesgo. Pero se hubiera perdido la oportunidad de que los niños se dieran cuenta de la capacidad que tienen para superar la prueba por sí mismos.

Nuestra niñez pareciera estar destinada a ocupaciones sedentarias al frente del televisor o de aparatos de videojuegos, encerrarse en su vivienda; dejar de caminar usando el transporte público o privado.

La salud de una persona está relacionada directamente con la realización de actividades que involucren esfuerzo físico frecuente. Familia y escuela deberían estar centrados en proveer de ambientes que incidan en cierta forma de vida. Así podría tenerse la esperanza de una mejor educación de las generaciones sucesivas.

Presidente de la ANPM




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