Wednesday 07 de December de 2016

¿Hacia dónde caminar?

J. Luis Medina Lizalde      26 Oct 2014 20:29:39

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Cumplido el mes de la desaparición de 43 estudiantes normalistas en Iguala, Guerrero, y de los arteros asesinatos que la precedieron, la crisis del régimen se ahonda, la indignación recorre de punta a punta la República y la opinión pública mundial clama justicia.

Durante el tiempo transcurrido a partir del 26 de septiembre, los sucesos que en otras ocasiones hubieran capturado la atención del gran público ahora pasan como noticias de medio pelo ante una colectividad angustiada por la espera de un desenlace cierto.

En otro momento social hubieran sido muy vendibles las historias detrás de las aprehensiones de Héctor Beltrán Leyva y Vicente Carrillo Fuentes, sujetos mitificados, al grado de que es difícil explicarse la facilidad de su captura sin que se sospeche que estaban al alcance en el momento que las autoridades lo decidieran.

Al final de cuentas, la detención de cada uno de los “feroces capos” resultó menos complicada que la de un automovilista pasado de copas.

Amado Yáñez, el empresario emblemático del foxismo arropado por la cúpula panista que llegó al extremo de amagar con no aprobar la reforma energética de continuar el hostigamiento judicial que se le prefiguraba hace unos meses, nunca imaginó que su suerte cambiaría y que terminaría durmiendo, al menos por un tiempo, en el Reclusorio Sur.

Aunque su “sacrificio” resultó en balde, Ayotzinapa y Tlatlaya siguen en el primer plano de la atención nacional y mundial.

Mitos al suelo
La caída de Ángel Aguirre tampoco baja la tensión política (todavía el día anterior al anuncio de su solicitud de licencia dio una conmovedora muestra de desconexión con la realidad al publicar en diversos diarios una plana publicitaria inaugurando obras y pateando un balón).

La dilación en irse se volvió el principal obstáculo para ensayar el más elemental control de daños al alcance del régimen.

La rabia masiva se ha apoderado de los espacios públicos, el régimen luce apanicado, no ve la manera de poner en juego su arsenal de modalidades de intimidación a los ciudadanos y asume el forzado discurso de respeto a las libertades como si nos hiciera un favor.

Pero no nos equivoquemos: la posibilidad represiva seguirá latente mientras no se opte por la mutación democrática del Estado democrático, es decir, por la supresión de las reformas que han sido impuestas y por cambios gestados desde la sociedad, las cúpulas partidarias y los personeros del régimen.

Ya no se puede sostener ante el mundo la mentira de que las reformas energética, laboral, educativa, fiscal y de telecomunicaciones están basadas en el consenso. Hasta la fecha, y no obstante lo invertido, sigue firme el rechazo mayoritario a las mismas.


Tampoco nos engañemos al pretender explicar el descontento generalizado como la reacción social ante un hecho inusual. Los horrores de Tlatlaya y de Ayotzinapa fueron precedidos por muchos de similar gravedad.

Los migrantes sacrificados en San Fernando, Tamaulipas, los descuartizados, las fosas clandestinas, las decapitaciones, los cuerpos desmembrados, los tambos para disolver en ácido muriático las decenas de miles de desaparecidos y las ejecuciones extrajudiciales son muy usuales.

Los militares que asesinaron a los rendidos y desarmados en Tlatlaya lo hicieron porque conocen la frecuencia con que quedan impunes las ejecuciones extrajudiciales. La misma sensación indujo a la fatal determinación a la pareja asesina que mal gobernaba Iguala.

No es poca cosa salir sin despeinarse de asesinar a un enemigo político y ordenar la de otros más y no ser molestado por la justicia.

Los que vieron en el Pacto “por México” la evidencia de que regresó a Los Pinos el oficio político de los viejos dinosaurios se equivocaron.

Lentos de reflejos
Peña Nieto
minimizó la crisis de Ayotzinapa como lío local y tardó 10 valiosos días en ordenar la participación federal en la búsqueda de los 43 desaparecidos. Tampoco da visos de llamar a cuentas a los mandos de los soldados que por su cercanía con el lugar de los hechos pudieron actuar en auxilio de los estudiantes agredidos.

Eso da pie a que cuando quede atrás la búsqueda de los estudiantes y llegue el momento del repaso de acciones y omisiones punibles alrededor del artero crimen de Estado, la prensa independiente y sobre todo la internacional pondrán en escena el reclamo justiciero, como en Tlatlaya.

El régimen ya dio todo de sí, se cae a pedazos de podrido y en su derrumbe puede aplastar las expectativas de vida digna de varias generaciones. Imaginar las evoluciones de la crisis que hay que evitar, así como las deseables y las posibles, es el desafío.

Lo cierto es que en momentos extraordinarios no sirve la política ordinaria. Es tiempo de lo distinto.
Nos encontramos el jueves en El recreo.




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