Thursday 08 de December de 2016

Hacia Zacatecas

Redacción      17 May 2014 20:15:55

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“Como la primera noche, mi Prothos y yo seguimos acarreando gente indefensa al cuartel, siempre a las órdenes del capitán Arévalo y su fajina, con el propósito de convertir en soldados a aquellos infelices borrachines y no borrachines, que a altas horas de la noche tenían la falta ocurrencia de transitar por las calles de la Ciudad de los Palacios.

“Esta forma de hacer ejército, o carne de cañón por mejor decir, le valió al dictador Victoriano Huerta el sobrenombre de El Chacal, y a su aliado el general Aureliano Blanquet el de El Cruel.

“En esos días de zozorba y de agonía para la población civil, se acentuó horrorosamente al grado de que la gente se abstenía de salir a la calle de noche y aún de día, por la desconfianza de que de un momento a otro se ordenara la ‘leva’ a toda hora, ya que llegó a darse el caso de que hombres de trabajo, útiles a la sociedad y honrados padres de familia, fueron tomados en la redada por el solo hecho de que sus labores se prolongaran hasta muy tarde; iban a sus hogares pasadas las 10 de la noche.

“La metrópoli era por entonces una verdadera ciudad muerta, sólo se veían por las calles soldados, oficiales, políticos influyentes y uno que otro civil obligado por la necesidad a andar fuera de su hogar. 
"El comercio sufría una depresión atroz, no había negocios y por momentos se estaban agotando las fuerzas de sus habitantes.

“En estas condiciones de ánimo para las pobres gentes de la población, vino de pronto una tremenda e inesperada noticia: que ciertos barcos de guerra americanos acababan de llegar a Veracruz en actitud bélica, recibiendo órdenes de su gobierno de desembarcar en el puerto y que ya los primeros yanquis marinos habían pisado suelo mexicano.   

“Este acontecimiento hizo brotar en los corazones de todos los buenos mexicanos ardoso patriotismo y natural indignación por semejante e inesperada forma de intervenir en un país libre como el de nosotros y este patriotismo del pueblo aumentó mucho más cuando por la prensa se supo que los muchachos de la Escuela Naval se batían ya con los invasores americanos.

“Por ser bien sabida la forma en que obró Victoriano Huerta en este penoso caso, me abstengo de decirlo aquí, pero lo cierto es que aprovechó esta delicada situación para hacer publicidad y proclamas en cartelones y papeles que fueron fijados en las esquinas, solicitando hombres para combatir intrusos de Veracruz.

“En todos los cuarteles, en el de Peredo, en el de Libertad, en la Escuela de Ingenieros Militares y en la ciudadela, se pusieron unas mantas que con grandes caracteres decían: ‘Se solicitan altas para combatir al invasor americano, suscríbase’.

“En el pórtico de esos carteles fue instalado un escritorio donde se recibían las inscripciones de patriotas que, abandonando sus hogares, sus trabajos y aún sus pequeños patrimonios, se alistaban para ir a la guerra en defensa del suelo que los vio nacer.

“Fui yo uno de los testigos presenciales de estos hechos, porque en el cuartel de la ciudadela, al que pertenecía, se afiliaron cientos de personas de todas las clases sociales, hombres jóvenes, viejos y aún ancianos.

“Presuntamente se les daba instrucción militar y se les enseñaba el manejo de armas.

“Una tarde, el día preciso en que se completó el número de mil reclutas que se habían dado de alta para ir a hacer frente a los americanos en Veracruz, el general Benjamín Argumedo, ya a bordo de mi Prothos, me ordenó que de prisa, y por el camino más corto, lo llevara a la Dulcería de El Globo, sitio al que concurría a toda hora el presidente Huerta y al que iba a entrevistar por haberlo llamado éste con urgencia.

“Llegamos en el preciso momento en que el tirano salía del establecimiento e iba a abordar su automóvil, cosa que no hizo porque nos vio llegar, y de pie sobre la banqueta esperó a que se acercara el general Argumedo.

“Hablaron unos 5 minutos y se despidieron, pero el general Argumedo venía visiblemente contrariado, al grado de blasfemar en forma desusada para él.

“De regreso en el cuartel, a la entrada de la oficina estaba el coronel Benito Higareda, jefe de su Estado Mayor, a quien dijo por todo saludo: ‘Benito, hay que hacer entrega de esta gente al general Luis Medina Barrón, por órdenes de mi general Huerta.

“Y fue todo de lo que pude darme cuenta respecto de la entrevista de Huerta y Argumedo”.

Continuará...


Extracto de Choferes de la Revolución.
Autor: Luis Jiménez Delgado.
Biblioteca de la Crónica del Estado





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