Saturday 10 de December de 2016

Impunidad

Elizabeth Sánchez Garay      6 Nov 2014 21:29:25

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Como ya sabemos, hay historias de la vida real cuya crueldad superan, en creces, los relatos de ficción. Ésta es una ellas y me la narró una mujer de 80 años muy pobre, de una ciudad del sur del país.

Según me contó, vivió durante muchos años en un peligroso barrio de gente de escasos recursos. Allí se casó, tuvo hijos y nietos. Sabía de los riesgos de vivir en el lugar, pero nada podía hacer, pues los ingresos del esposo, de oficio albañil, y de ella, empleada doméstica, no les permitían cambiar de residencia.

Además, por mucho tiempo las pandillas respetaron a los vecinos más antiguos, pero eso cambió de una noche para otra, cuando los jóvenes maleantes se involucraron con la delincuencia organizada.

Una tarde, cuando se encontraba sola en la casa preparando la cena familiar, entraron varios hombres armados y a gritos sacaron los muebles y le dijeron que se tenía que ir para siempre de su hogar, que ahora les pertenecería a ellos.

No le permitieron llevarse nada. Allí se quedó todo: ropa, remembranzas, fotografías del hijo fallecido por una enfermedad. Ella sólo recuerda su llanto y los gritos de los desalmados hombres. Así, de pronto, la mujer y su esposo se quedaron en la calle, pero no hubo denuncia por miedo a las amenazas recibidas.

Afortunadamente para la anciana, un familiar les prestó una casa, en un pobre pero tranquilo barrio de la misma ciudad sureña, donde ahora vive con su marido, la cual poco a poquito han ido amueblando con cosas que la gente les ha regalado: un viejo colchón, una parrilla, una mesa de lámina y varias sillas desvencijadas.

Ese tipo de situaciones sólo pueden existir donde hay un alto grado de impunidad, donde las leyes no funcionan y donde se implanta la arbitrariedad del más fuerte.

El caso de los jóvenes de Ayotzinapa es un claro ejemplo de ello. Para que alguien haya sido capaz de ordenar el secuestro de 43 personas es porque tenía la certeza de que podía hacerlo sin consecuencia alguna, indudablemente por muchas experiencias previas.

La impunidad siempre va acompañada de prepotencia. Si se comete un delito y no hay sanción, nada detendrá a quien delinque. No hay otra forma de comprender lo sucedido en Iguala.

Si unos pandilleros pudieron quitarle la casa a una pareja de ancianos sin secuelas, ¿qué no puede hacer quien está el poder y ostenta un cargo público?

Las marchas de miles de personas que se han realizado en estos días no sólo responden a la exigencia de la aparición de los jóvenes normalistas, también es un grito para acabar con tanta impunidad, tanto cinismo, tanto agravio.

Miembro del SNI




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