Wednesday 07 de December de 2016

Mi delito... drogarme 

Ivonne Nava García      22 Feb 2014 20:30:05

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Un joven es detenido en posesión de sustancias ilícitas. Enfrenta un proceso penal que lo dejará privado de su libertad varios años. Sin embargo, este joven narra cómo es que su vida se fue involucrando con las drogas.

La vida familiar
“Mi mamá y mi papá siempre tenían muchos problemas. Todo era por el dinero y el vicio de mi jefe. Cuando estaba borracho, contra todos se iba; parecía que nos odiaba a todos. De la nada nos metía unas friegas que hasta nos dejaba los moretones.

“Somos ocho de familia. Mi jefe chambeaba en la obra de albañil. Con eso nos mantenía más o menos bien. Mi jefa a veces se iba a ayudar en casas para completar la compra del abastos. Mi jefe cada vez se fue metiendo más en el vicio. Cada sábado se iba desde que le daban la raya y ya no llegaba a la casa hasta el domingo o a veces hasta el lunes.

“Yo me di cuenta de que de ahí se empezó a venir todo pa’bajo. Cuando mi jefe llegaba el sábado, mi jefa le reclamaba que de dónde venía y se peleaban muy feo. Yo me agarraba de las cobijas porque se oía cómo le metía sus fregazos a mi jefa. Yo estaba morrillo, tenía como 11 años de eso.

“Yo me fijaba que mi jefe andaba mal y fue para cuando se descubrió que andaba con una vieja. Hasta le tenía un cuarto y ahí se metían los sábados. Todo eso se supo porque una vecina le contó a mi jefa. Cuando se pelearon y mi jefa lo corrió de la casa, los problemas se nos vinieron encima”.

Sentía mucha tristeza
“Para esos días yo todavía iba a la escuela. Cuando mi jefe se fue de la casa, llegué a la escuela y me sentía muy triste. Yo nada más tenía ganas de llorar. Me fui para el patio cerca de una barda y ahí me estuve. Todos los días me iba para allá para que no me vieran llorar. En la escuela en uno ni se fijan, nada más si hace uno algo malo. No le puedo decir ni lo que sentía porque es algo muy feo que se siente en el pecho.

“Después de que se fue mi jefe, mi mamá casi nunca estaba en la casa porque salía de trabajar a las 6 y llegaba como a las 7. Apenas la veíamos. Mis hermanos entre todos nos cuidábamos. Mi hermana, la más grande, es la que nos daba de comer a todos. Para ese entonces ella tenía 14 años. Con mis hermanos yo qué podía hablar.

“Unos estaban bien morrillos y otros no sabían ni qué. Mejor me salía a la calle. Cuando acabé la primaria ya no me metieron a la secundaria porque no había dinero. Me la rolaba en el barrio. Me salía a la calle a ver a qué compas me encontraba y ahí me estaba”.

A ver qué se siente
“Los compas del barrio eran más grandes que yo. Yo quería ser como ellos. Yo quería ser de grande cholo. Había un compa que con él me entendía muy bien. Me preguntaba que por qué estaba triste. Yo le decía que porque mi jefe se había ido con otra vieja y que tenía hambre. Él me dijo una vez: ‘Yo no tengo comida, pero tengo esto’.

“Yo ya lo había visto que se las tronaba con mota. Me dijo ‘pruébala, verás que es mejor, con esto se te quita la pinche tristeza que traes. Llégale, nada más para que veas qué se siente’. Me empezó a dar mucha risa. No paraba de reírme. Me sentía bien feliz. Luego me sentí muy relajado. Lo malo es que me daba mucha hambre y eso era un problema porque en mi casa no había qué comer.

“Cuando se pasó el efecto, me sentía peor de triste. Me sentía desesperado y mejor fui a buscar a mi compa. Me vio y se agarró a reírse. Me dijo ‘¿ya ves?, ya encontraste tu medicina’. Me dijo que la agarrara tranquilo para que no me metiera en problemas, pero que sí tenía que sacar el varo para pagarla porque la neta no la regalaban y era un lío conseguirla.

“La primera vez que me dieron a probar la mota tenía como 13 años. Le empecé a decir que la medicina. Yo sentía que la necesitaba para sentirme bien ese rato. No importaba que luego me sintiera para la fregada, el chiste era estar bien un rato”.

Trabajar por el vicio
“Se me volvió una necesidad. Cuando la fumaba estaba muy bien, feliz, contento, me reía, me sentía fuerte, luego me relajaba muy a gusto y a dormir.

Se me olvidaban todas las broncas de mi casa. Se me olvidaba la miseria en la que vivíamos. Yo me dormía arriba de un cartón. Nada más para que vea cómo estamos de jodidos.

Bien muertos de hambre, no hay ni para dónde hacerse uno. Vivo en la África en un cuarto. Cuando mi jefe se largó con la vieja, nos dejó en la calle.

Mi jefa tuvo que vender algunos muebles que teníamos para podernos dar de comer. Usted no sabe lo que es eso. Ver a la gente de uno estar bien fregado de hambre. Y no es que uno sea huevón, lo que pasa es que no hay jale.

“Aun así, de morrillo me metí a lavar carros. Pues de qué más la puede hacer uno sin escuela y sin nada. Uno no pasa de gato de ricos. Lo ven a uno mugroso y piensan que uno es un ratero. Pero aunque sea un drogadicto, nunca he agarrado lo que nos es mío”.

Un fuerte adicción
“Se me hizo un vicio. De lo que sacaba del jale, le daba una lana a mi jefa y lo que me quedaba lo usaba para mi ‘medicina’. Yo sé que cuando andaba marihuana me ponía mal, porque luego le empecé a meter alcohol. Ya de más grande me llegaron a ofrecer mota por sexo y ya enviciado, uno le atora.

“Como las cosas ya se estaban poniendo más canijas, se me ocurrió decirle a uno de los compas que si jalaba con él, pero que me diera algo más fuerte. Yo ya le traía ganas a la coca. Esa fue mi primera vez. También me gustó.

"El vicio me pegó muy duro. Y es muy difícil lo que uno sufre por andar en eso. Se mete uno en un mundo de mucha maldad, de gente muy insana de cosas que ni se imagina”.

Detención, la salvación
“El día que me agarraron dijeron que yo andaba vendiendo. Yo no le hago a eso, sí compraba, pos’ si no cómo le hace uno. Unos compas me encargaron que les llevara y traía una bolsita. No sé cuánto era, pero cuando me registraron dijeron que la quería para vender y verdad le digo que nomás era para mí.

“Pero le digo, lo ven a uno jodido y más le cargan la mano. Ya hasta pienso que está mejor así, que me hayan agarrado. Yo sé que le di problemas a mi jefecita y que ya no la voy a poder ayudar con dinero, pero mi vida se estaba poniendo cada vez peor.

“Yo sé que si no me moría de un pasón me iban a matar o a pegar una enfermedad. Nunca se me ha quitado esa méndiga tristeza. Llegué a pensar que así es como vivimos los jodidos, sintiéndonos tristes siempre y por eso o le entramos al chupe o a la mota o así. A ver cómo me va encerrado”.

La familia como soporte
Las consecuencias de la violencia infantil sobre la salud y el desarrollo de los menores maltratados persisten durante la edad adulta y están relacionadas con un amplio abanico de comportamientos de riesgo, como el abuso de drogas y alcohol, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

El impacto de la violencia durante la infancia provoca cerca del 6% de los casos de depresión y de abuso o dependencia de narcóticos. Otros tantos ingresan a las drogas por influencia de amigos o familiares con la simple excusa de “probar a qué sabe”, o “qué se siente”, o “para pasar un buen rato”.

En otros casos, los menores ingresan porque en sus hogares sus padres no les dan afecto, o sus opiniones no son tomadas en cuenta y al sentir este tipo de discriminación, buscan encontrar ayuda, satisfacción y algún tipo de placer en las drogas.

Otro de los factores primordiales es el económico: la necesidad de las personas ha sido el principal factor para aumentar los índices de mendicidad, robos, homicidios y consumo de drogas.

En los peores casos los menores están sustituyendo la comida por drogas y para acceder a estas, recurren a cualquiera de los anteriores métodos.




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