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Mi delito... confiar 

Ivonne Nava García      26 Apr 2014 21:00:05

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Dos jóvenes al salir de la preparatoria son golpeados por un grupo de sujetos. Todo parecía un asalto. Sin embargo, después de golpearlos, los suben a la fuerza en una camioneta tipo minivan y los llevan a un lugar desconocido, después de haberles quitado sus pertenencias.

Salida de la escuela
“Ese día, como siempre, salimos de la prepa y nos dirigimos a la parada del camión. Solo íbamos mi amigo y yo. Ya faltaba poquito para las 8 de la noche y estaba oscuro. Cerca de donde está el gimnasio nos salieron varios vatos, no estoy seguro si cinco o seis. Estaban chavos, o sea, no eran viejos o señores. Flaquillos y andaban vestidos con pantalones aguados y sudaderas con cierre y capucha.

“No nos sacaron pleito, solo llegaron a golpearnos. Nos dieron baje con nuestras cosas. Ahí por donde íbamos pasando estaba una camioneta como minivan, vieja, con vidrios polarizados. Nos subieron a esa camioneta y nos echaron para el asiento de atrás, luego nos agacharon. Yo no les vi armas, pero sí eran más que nosotros. En la camioneta iban más.

“Se estaban comunicando por radio y le preguntaron a alguien que a dónde nos llevaban. Anduvimos un rato y finalmente me llevaron a una casa. Me separaron de mi amigo y me dejaron en esa casa con otra persona.

Yo no sé si estaba secuestrada o qué. Cuando nos traían en la camioneta, estos vatos me taparon los ojos con cinta. Casi no podía ver, pero yo reconocí a uno por la voz.

“Estaba seguro que era el novio de la hermana de mi amigo y a otro vato. Esos son los que durante el tiempo que me tuvieron ahí me daban de comer. Esos días fueron muy horribles. No sabía que hacer, solo una vez pude hablar con mi mamá y todos los demás me maltrataban, me golpeaban y no me decían nada de mi amigo”.

Juraron que me iría
“Solo tengo de familia a mi mamá y con ella estuvieron hablando desde mi teléfono para gestionar que me liberaran. Uno de esos vatos me dijo que en cuanto pagara, me dejaría libre. Cuando pude hablar con mi mamá, le pedí que les diera lo que pedían. Yo sabía que mi jefa no tiene dinero, nomás tenemos lo de su trabajo. Yo no tengo papá y la familia de mi jefa no tiene tampoco.

“El día que me dejaron libre, me dijeron que ahí me quedara y que contara hasta 5 mil, que cuando acabara me quitara la cinta de los ojos y me fuera a mi casa. Me dijeron que estarían vigilando y que si no lo hacía, se regresaban y me meterían una madriza. Me dejaron 100 pesos y escuché la troca que se retiraba de ahí.

“Me puse a contar y cuando acabé, me quité la cinta. Me dolían mucho los ojos porque ya tenía varios días con los ojos tapados. No sabía dónde estaba. En eso pasó una troca, le pedí rait y me fui en la parte de atrás. Me sacó a una avenida y de ahí me fui a mi casa. Yo nunca les dije nada de que les había reconocido la voz”.

No llegaba
“Eran las 9 de la noche y mi hijo nada que llegara de la prepa. Siempre llegaba a más tardar a las 8 y media.

Le marque a su teléfono y me mandó a buzón. Se me hizo raro. Le marqué a su amigo y me dijo que estaban en la parada del camión y que los habían secuestrado varios sujetos y que se los llevaron a una bodega, que los habían separado y que a él lo habían dejado libre.

“En eso estaba cuando sonó mi teléfono del número de mi hijo. Cuando contesté, me di cuenta de que no era él y otra persona me dijo: ‘ya tengo a tu hijo, quiero 2 millones de pesos’. Sentí que se me heló la sangre y apenas iba a decirle algo y me dijo que me llamaría al día siguiente. Le dije que no tenía dinero, pero que les podía dar cosas y mi carro, pero me dijo que no le interesaba, que quería el dinero. Me colgó.

“Me estuvo llamando constantemente para ver si ya tenía el dinero. Yo le decía que no, que estaba vendiendo mi carro para juntar y que me esperara poquito, pero me amenazaba con matar a mi hijo, maltratarlo y torturarlo. Una de esas llamadas me pasaron a mi hijo al teléfono y escuché que él mismo me dijo “ma’, dales lo que piden”, “ya me quiero ir a mi casa”.

“Estaba llorando y escuché cómo lo golpeaban. Como me estaba tardando en conseguir el dinero, me empezaron a decir que si no conseguía el dinero lo iban a matar, que me lo iban a torturar, que me lo iban a mandar en pedacitos y también me dijeron que me mandarían un dedo de mi hijo”.

Vendió todo
“Vendí mi carro y otros muebles de mi casa. Conseguí un préstamo y como pude les junté 150 mil pesos.
Me dijeron a dónde se los iba a entregar y que ellos liberarían a mi hijo. Les entregué el dinero y ese día en la noche llegó mi hijo. En la familia pensábamos que ya no lo volveríamos a ver. Nos imaginábamos lo peor y en qué se había metido.


“Cuando mi hijo regresó y nos contó todo, nos dimos cuenta de que todo era de muchachos conocidos. Cuando ya los agarraron, nos sentimos tranquilos. No he recuperado mi dinero ni la tranquilidad. Una no sabe con quiénes se juntan los hijos o a quiénes conocen. No sé cómo se les ocurre hacer esas cosas.

“El tiempo y el teléfono se convierten en los peores enemigos; quisiéramos que en cada llamada o en cada comunicación se resolviera el secuestro. Todos nos preguntamos si seríamos capaces de resistir tanto, tanta incertidumbre, desasosiego y dolor”.

Las consecuencias
En las familias víctimas de secuestro se produce un impacto emocional traumático. El efecto perturbador se hace extensivo a la actividad laboral y a la familia.

Antes de que la psicología lo formulara conceptualmente, era sabido que el comportamiento humano bajo presión sufre modificaciones sustanciales.

Cuando ocurre un secuestro, la actividad diaria y la vida familiar se desorganizan. Aparecen dificultades para dormir, para concentrarse, para comer... Generalmente la memoria se altera y hasta los detalles más obvios se olvidan.

Los miembros de la familia reaccionan a la situación y la asimilan de forma diferente. Esto puede generar conflictos por el distinto grado en que cada uno siente la ausencia del secuestrado.

En estos momentos, la normalidad y la tranquilidad se rompen y el equilibrio de la familia desaparece. Papá o mamá no saben cómo asumir su nuevo rol familiar, laboral, social y los hijos pueden convertirse en una carga más.

No se tienen la disponibilidad ni la energía para continuar con las actividades que se venían desempeñando y simplemente no se puede y no se quiere hacer nada. Los problemas familiares que existían antes del secuestro se agudizan en estos momentos y, en consecuencia, las peleas aumentan.

Todo este drama continúa con altibajos; unos días es más intenso; otros, menos. Solo hasta que el secuestrado aparece, se desvanece.

En los primeros momentos prima la confusión, el aturdimiento, el desconcierto, la angustia, el miedo y la desesperación, pero siempre se mantiene la esperanza de que el ser querido vuelva al hogar (Fundación País Libre, 1999).

Seis años
Quiero aprovechar para agradecer infinitamente a todos mis gentiles lectores que durante estos seis años me han regalado un poco de su valioso tiempo y atención para leerme.

Estoy sumamente agradecida porque sin el favor de su lectura esto no hubiera sido posible. 312 historias han dado forma a esto.

Espero de corazón que estas experiencias de vida nos sirvan a todos para prevenir ser en algún momento víctimas o victimarios.

“El lobo siempre será malo si solo escuchamos a Caperucita”.
 




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