Tuesday 06 de December de 2016

Jesucristo, luz del mundo y el ciego de nacimiento

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba      30 Mar 2014 00:00:06

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Dentro de un ambiente adverso, Jesús efectúo un milagro a favor de un hombre ciego.  (Cortesía)
Dentro de un ambiente adverso, Jesús efectúo un milagro a favor de un hombre ciego. (Cortesía)
INTRODUCCIÓN
Estamos avanzando en la segunda parte de la Cuaresma de este año.

El domingo pasado nos ofreció para reflexionar el tema del agua viva, que es Jesucristo dialogando con la samaritana junto al pozo de Jacob, en Sicar, tierra de Samaria.

En este domingo el contexto de las lecturas que le dan sentido litúrgico y espiritual a nuestra contemplación de oración y fe, es: Jesucristo es la luz del mundo, que ha venido para iluminar a los hombres que yacen en las tinieblas del pecado y de la muerte para liberarlos de este estado de miseria y postración e introducirlos al reino de la luz y del amor dichoso.

Esta iluminación es un tránsito de la obscuridad a la claridad de la luz y se efectúa con un milagro a favor de un hombre ciego de nacimiento dentro de un ambiente adverso a Jesús por parte de los fariseos incrédulos y obstinados en su soberbia y autosuficiencia que los lleva a condenar a Jesús y a separarse de él rechazándolo.

JESUCRISTO ES LA LUZ DEL MUNDO Y SE MANIFIESTA COMO TAL, CURANDO A UN CIEGO DE NACIMIENTO
Jesús nos dice: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no caminará a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).

El evangelio de este día subraya esta afirmación de Jesús.

Efectivamente Jesús se nos muestra como camino para pasar de la oscuridad a la luz, de la ceguera a la visión, del miedo a la fe incondicional, como don que Dios confiere a través de nuestro bautizo.

El evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma, nos narra la curación de un hombre ciego de nacimiento, que recibe de Jesús el milagro de la visión ocular, tanto en los ojos corporales como en los ojos del alma.

Esta historia nos afecta a todos de alguna manera, ya que nacemos ciegos y desamparados de por sí.

Es bajo los cuidados intensos y solícitos de nuestras madres y de otras personas, que colaboran activa y efectivamente, para que desde nuestra infancia vayamos creciendo y seamos introducidos poco a poco en la luz del misterio del mundo.

Venimos a este para conocerlo y desvelar la verdad de este mundo material y espiritual, a la luz de la revelación de Dios, tanto en la manifestación de las cosas creadas como en la manifestación sobrenatural que nos es dada por Cristo, verdadera luz del mundo que brilla para liberar a todos los seres humanos de la ceguera y oscuridad del cuerpo y del alma.

DEBEMOS CAMINAR COMO HIJOS DE LA LUZ DE CRISTO A LO LARGO DE NUESTRA EXISTENCIA EN LA TIERRA, ENCAMINADOS HACIA LA LUZ IMPERECEDERA DEL CIELO 

Desde el inicio de nuestra vida bautismal con Jesucristo, luz del mundo, debemos caminar a lo largo y ancho de nuestro peregrinar sobre la tierra y hasta alcanzar la meta de nuestro destino, que es la vida eterna en la casa de nuestro Padre Dios por Cristo y su espíritu, como hijos de la luz, rechazando las tinieblas del pecado y la miseria y ceguera que acarrean.

¿Cómo realizar este peregrinar iluminados constantemente por Jesucristo, su gracia y la iluminación de su evangelio?

¿Cómo ir superando la oscuridad de las tentaciones adversas a nuestra fidelidad y desarrollo de nuestra vida cristiana firme e inconmoviblemente arraigados en Cristo, luz del mundo y de nuestras vidas para el tiempo histórico y la eternidad que esperamos alcanzar y que nos aguarda?.

Aquí hago unas sugerencias tratando de responder a los anteriores interrogantes que constantemente nos impiden alcanzar la verdad de nuestra presencia en la tierra y siempre bajo el horizonte del más allá:

Reconocer que Dios está p resente y actúa, sobre todo en los enfermos, pequeños y marginados de nuestros pueblos y ciudades.

Con una fe viva, dejar que Jesús nos toque para que con la brillantez de su amor y su luz quite todo aquello que empañe nuestra visión en el presente y hacia el futuro.

Que Jesús nos recuerde siempre nuestro compromiso de bautizados y la urgencia y necesidad de una constante conversión de nuestras mentes y corazones.

Creer en Cristo y dar testimonio de él con pensamientos, palabras y obras.

No claudicar ante las dificultades de la vida y ante los insultos e incomprensiones de vecinos, familiares o autoridades.

Dar razón de la verdad del evangelio sin avergonzarnos de él, aunque nos cueste e incomode a los demás que no piensan y actúan como nosotros que somos cristianos.

Que nos dejemos iluminar por Jesús, quien le da sentido pleno a nuestras vidas del presente y para el más allá.

Que nos mantengamos unidos como hermanos con la luz y la fuerza del evangelio en compañía de María y los Santos.




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