Sunday 04 de December de 2016

Jesucristo resucita a su amigo Lázaro

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba      5 Apr 2014 20:00:06

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Luego de cuatro días de haber fallecido, Jesús resucitó a Lázaro. (Cortesía)
Luego de cuatro días de haber fallecido, Jesús resucitó a Lázaro. (Cortesía)
INTRODUCCIÓN
Con este quinto domingo de Cuaresma del presente año, estamos entrando a la etapa final de la Cuaresma.

Uniendo este domingo con los dos anteriores, la Iglesia nos hace descubrir tres aspectos de la vida de Jesús que se conectan entre sí fuertemente hasta llegar a la manifestación de Jesucristo como plenitud de vida.

En efecto, hace dos domingos hemos contemplado a Cristo como agua viva que ofrece a la mujer samaritana en el pozo de Jacob.

El domingo anterior Jesús se revela como luz del mundo al dar la vista milagrosamente a un ciego de nacimiento.

En este domingo, Jesús brilla como resurrección y vida perdurables, para llenar de paz, gozo, esperanza y alegría a todo hombre que ponga su confianza en su ser divino humano.

Jesús resucitó a su amigo Lázaro, que ya tenía cuatro días de muerto y bajo la circunstancia de que ya olía mal al descomponerse sus restos mortales.

Las lecturas bíblicas de hoy nos hablan de la vida que se infunde en los restos mortales de los hombres, como despojos que son asumidos por el poder divino como signos de nueva vida insospechada y trascendente.

Estos textos nos enseñan, más allá de todo cálculo y conocimiento meramente humanos, una nueva dimensión existencial, a la cual se accede por la fe y que se llama resurrección de los muertos, como meta definitiva del peregrinar de los hombres mortales, llamados a esa vida nueva, insospechada, brillante y definitiva.

Adentrémonos, pues, en la contemplación del misterio de Jesucristo como resurrección y vida y como aliento y estímulo de estos días cuaresmales que nos preparan a la gran celebración de la Pascua de resurrección.

LES INFUNDIRÉ MI ESPÍRITU Y VIVIRÁN 
La primera lectura de este día, tomada del libro del profeta Ezequiel, nos revela: “Esto dice el Señor Dios: pueblo mío, yo mismo abriré vuestros sepulcros, los haré salir de ellos y los conduciré de nuevo a la tierra de Israel.

“Cuando abra sus sepulcros y los saque de ellos, pueblo mío, ustedes dirán, que soy el señor.
Entonces les infundiré mi espíritu y vivirán, los estableceré en su tierra y ustedes sabrán que yo, el Señor, lo dije y lo cumplí” (Ez 37, 12-14).

Este texto maravilloso nos enseña, que Dios a través de su pueblo elegido de Israel, nos habla a todos los hombres, de todos los pueblos, razas, naciones y lenguas.

Es una señal segura de que el nuevo pueblo de Israel, que es la Iglesia de Jesucristo, está también llamado a recibir la vida nueva de la resurrección de los muertos que el autor de la vida, Jesucristo, promete y lleva a cabo su promesa al ser él mismo resurrección y vida para todo aquel que crea en su revelación.

En esta plenitud de los tiempos, en los cuales vivimos, Jesucristo es el camino hacia la vida del cielo en donde se ha de llevar a cabo este misterio total y absolutamente inédito, inabarcable e insondable.

La resurección no es producto de las fuerzas y de la mente humana, sino que es un don que Dios, libre y gratuitamente, da a lo hombres, sus hijos adoptivos que crean en él y en su hijo hecho hombre, Jesucristo resurrección y vida nuestra.

JESÚS, AL RESUCITAR DE LOS MUERTOS A LÁZARO, RECORRE EL VELO DE LA MUERTE COMO RESURRECCIÓN Y VIDA 
Indudablemente, la resurrección de Lázaro narrada por el evangelista San Juan, es una catequesis sobre la fe en la resurrección de los muertos, como acción omnipotente de Jesucristo.


Refuerza la fe de Marta, afirmándole que él es “la resurrección y la vida”; que quien cree en su persona recibe el don de una vida insospechadamente nueva e indestructible.

Muestra que él es más fuerte que la muerte. Jesús le hace ver a Marta que quien cree en él, es apostar por la vida plena.

Cristo proclama su divinidad y poder supremo, al resucitar a su amigo Lázaro, hermano de Marta y María.

Al mismo tiempo, descubre su humanidad, al conmoverse hasta las lágrimas por la muerte de Lázaro; solloza y rompe en llanto por la muerte de un amigo entrañable.

Aquí descubrimos que la conciencia de su filiación divina no aminora su solidaridad con los hombres, sus hermanos, con quienes ha compartido la fragilidad y caducidad de la naturaleza humana.
Jesucristo se ha hecho hombre igual a todos los humanos, menos en el pecado, del cual nos ha venido a salvar.

Por eso, y lo debemos tener muy claro con la fe que profesamos, el entender el hecho de la resurrección de Lázaro es signo también, de la restauración integral del hombre sujeto inevitablemente a la muerte.

SENTIDO DE LA VIDA Y DE LA MUERTE PARA TODOS LOS QUE CREEMOS Y TENEMOS PUESTA NUESTRA CONFIANZA TOTAL EN CRISTO 
Por experiencia constante y sin faltar, todos constatamos el hecho de las enfermedades, accidentes y fuerzas adversas que acaban con nuestra corta presencia en este mundo.

La muerte siempre es, ha sido y será un hecho ineludible y muy doloroso.

Podemos afirmar con realismo verdadero, que el hecho de la muerte constituye el más punzante de los problemas humanos.

Hasta ahora, a lo largo de la historia de la humanidad y de generación en generación, las ciencias del hombre no la han podido erradicar.

La muerte entra de lleno y definitivamente en el plan de Dios, quien no quiere nuestra muerte corporal y espiritual.

Cristo ha venido a liberarnos de este pesado yugo y solo con su poder y perdón divino, podremos superarla ofreciéndonos en total oblación de fe, esperanza y amor.

Todo para que él nos transforme y nos haga acceder a la plenitud de una vida que jamás podrá ser destruida y que será llena de gozo para toda la eternidad en la casa de Dios Padre, por Cristo y con toda la fuerza del Espíritu Santo que nos ha sellado en nuestro bautismo, precisamente para llegar a ser antorchas lucientes en el firmamento de la luz divina en el cielo.

¡Renovemos hoy nuestra fe en la resurrección de los muertos al hacer nuestra profesión de fe con el Credo del pueblo de Dios, que dentro de unos momentos recitaremos juntos, cuando digamos plenamente convencidos, en el seno de esta hermosa Eucaristía dominical:

“Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Creo que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén".




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