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La aparición de una niña aterra

Francisco Vargas      30 Oct 2014 19:29:34

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Desde que empezó a trabajar en septiembre del año pasado, Martín se sintió asechado por alguien, pero se hacía a la idea de que todo estaba en su cabeza hasta que aquella extraña presencia lo tomó por sorpresa en uno de los escalofriantes pasillos del lugar.

Construida en 1568, el palacio de gobierno ha tenido diversos usos, desde cuartel militar hasta cárcel y recientemente presidencia de Fresnillo.

Martín sabía poco de la administración pública y en contadas ocasiones había pisado la presidencia de Fresnillo.

En una fría noche de diciembre, el joven se quedó hasta tarde para terminar reportes de fin de año. Las agujas del reloj casi golpeaban las 2:30 de la madrugada y el frío era insoportable.
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El joven salió a tomar un poco de aire a los pasillos centrales y entró al baño a mojarse la cara para no caer dormido en su escritorio mientras terminaba su trabajo.

Cuando dejó de oírse el agua resbalando por la vieja tubería de los baños de la alcaldía, escuchó a lo lejos una tenue canción acartonada que parecía ser reproducida en uno de los antiguos equipos del inmueble.

Martín recorrió los pasillos siguiendo la canción de arriba abajo, hasta que al llegar a uno de los pasillos las luces se apagaron y de las ventanas comenzaron a dibujarse amenazantes rostros que pareciese que le miraban rencorosamente por estar en el edificio.

Con la mirada al suelo, Martín corrió por el pasillo hasta llegar a donde hubiera luz y, cuando se sintió a salvo, se metió las manos a las bolas para sacar un cigarro y tranquilizar los nervios que se lo comían sin piedad.

Fue entonces que descubrió en el borde de su camisa huellas de manos pequeñas, como si varios niños hubieran intentado detenerlo cuando atravesó aquel oscuro pasillo que casi le corta la respiración.

Una vez más, Martín no prestó atención de algo que sabía que era imposible. Tras caminar un par de metros, Martín llegó a su oficina y pensó en terminarse el cigarro antes de continuar el trabajo.

Pero, cuando estiraba sus brazos frente a uno de los espejos de las puertas de madera, un frío escalofriante recorrió su cuerpo al ver en el reflejo que una niña de alrededor de 6 años caminaba a escasos metros de su espalda.

Hasta ese momento, Martín no había hecho caso a todos los que le dijeron que al recorrer la presidencia de noche debían mantenerse todas las luces encendidas porque la oscuridad atraía a seres que ya no pertenecen a este mundo.

No apaguen las luces
Con casi una década trabajando como guardia de seguridad municipal, María aún recuerda el horror que vivió en sus primeras noches como vigilante y jamás olvidará cuando se vio cara a cara con el espectro de una niña.

La curiosidad y el sentimiento de cumplir con su deber son dos cosas que siempre han caracterizaron a María, quien recuerda el día que parecía que la presidencia estaba de cabeza.

Primero fueron los ruidos de muebles y puertas, moviéndose como si a la medianoche se estuviera en horas de oficina.

María tomó la lámpara de mano y subió al segundo piso por el insoportable ruido que daba la impresión que tenía como fin llamar su atención, pues cuando llegaba al lugar de donde pensó oír los sonidos, no había nada.

Con los años, María se acostumbró a los ruidos y empezó a hacer caso a las recomendaciones de vigilantes que estuvieron antes que ella, “no apagues las luces, porque así es como el lugar se vuelve aterrador. Cuando se está en la oscuridad, hay manos que te jalan, voces que te llaman por tu nombre y es cuando se presentan las apariciones”.

Una noche, un comandante de la Policía Municipal se quedó a hacer guardia con María y casi a las 4 de la madrugada se levantó de sus silla para ir al baño, la mujer aprovechó la ocasión para ir al tocador y esperó en los sanitarios hasta que escuchó que su superior también salió, pues no pensaba pasar ni un minuto sola en los pasillos del edificio.

Al salir al patio, los oficiales se encontraron justo en la parte trasera de las escaleras y fue entonces cuando escucharon el sonido de las cadenas del elevador.

Sorprendidos, los policías se pararon junto al dispositivo con miedo esperando que verían algo salir del elevador.

Pero cuando se abrieron las puertas, no había nada, nada más que aquel sentimiento de asecho y frialdad aferrándose a sus espaldas.

Las puertas se cerraron y los agentes se sintieron a salvo; sin embargo, la cadena volvió a escucharse, el elevador iba hacia arriba.

Después la campana del dispositivo se escuchó, las puertas se abrieron y mientras miraban al techo, los oficiales escucharon el sonido de alguien caminando en el segundo piso.

Hace ocho meses, la oficial recibió una orden de uno de sus superiores: apagar todas las luces que no se usan de la presidencia.

María pensó en advertir la presencia de fenómenos paranormales, pero tratar de explicar el tema la haría parecer que estaba loca.

Recorrió los pasillos de la solitaria presidencia y uno a uno empezó a bajar los interruptores.

De pronto, la sensación de que alguien la veía le congeló la sangre a la oficial y, cuando levantó la cabeza al segundo piso, ahí estaba una niña de entre 6 y 7 años observándola fijamente desde arriba.

Rápidamente, María sacudió la cabeza y cerró con fuerza los ojos, pero al volver a enfocar su mirada...
ahí estaba, quieta, con unos ojos negros, vacíos y una expresión fría, observando a la mujer policía.

Las voces
El crujido de la madera debido a la antigüedad de la presidencia era algo que tenía acostumbrados a los trabajadores del municipio, pero apenas caía la noche otro ruido invadía una de las oficinas ubicadas al fondo, el quejido desgarrante una persona.

Desde que se vieron obligados a soportar del terror a solas, los lamentos de una mujer retumbando en las viejas paredes de la oficina se volvieron el centro de atención de los empleados que se quedaban al final del día.

Varias semanas después, el ruido se volvió ensordecedor y aunque trataban de hacerse a la idea de que los lamentos y sollozos venían desde afuera del edificio, las tranquilas noches les revelaron lo contrario, pues aquel sufrimiento se vivía desde dentro del inmueble.

Sin dar descanso al temor y sin importar el paso del tiempo, los trabajadores del ayuntamiento decidieron enfrentar ese dolor y compraron una grabadora de voz para escuchar si es que había un mensaje entre los ruidos de lamento.

Aunque algo les decía que no, en un arrebato para despejarse de las dudas, el grupo de trabajadores colocó la grabadora en la oficina antes de irse.

Al día siguiente, cuando el personal de la presidencia llegó a trabajar se reunió a escuchar la grabadora.

En la grabación, primero se escucharon murmullos, luego lamentos, pero poco a poco los ruidos empezaron a ir en aumento, hasta que lo que oían ya no parecía humano.




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