Thursday 08 de December de 2016

La Cantadora y sus clientes

Javier Torres Valdez      30 Jun 2014 21:40:12

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La actividad más antigua del universo es, ha sido y será la que ejercen las sexoservidoras, que han sido llamadas de diferente forma: desde mesalinas, aludiendo a la famosa cortesana romana hasta bagaza, barragana, gamberra, grofa, meretriz, puta, ramera, buscona, golfa, hetaira, milonga, trota, turra, zorra, piruja o la definición de moda, que resulta infinitamente hipócrita: sexoservidora.

El Jerez de hace medio siglo ya tenía mujeres dedicadas a ganarse la vida con el sudor de su espalda, iniciando en esos lúbricos y libidinosos trances a los adolescentes y jóvenes ávidos de conocer los secretos de alcoba.

Existía por el callejón Angosto (Allende) una señora de edad avanzada, a quien jóvenes y viejos conocían con el apodo de La Cantadora o La Cantariola, famosa por su predilección en los jóvenes, a quienes decía que les enseñaba los secretos para que fueran felices en la vida.

En necesario señalar que por aquellas fechas casi no se conocían las llamadas enfermedades venéreas. La vida trancurría feliz, sin mayores incidentes y los jóvenes ya mayorcitos que habían sido iniciados en el arte de Afrodita se encargaban de contar a otros sus experiencias aprendidas dentro de una casa pletórica de imágenes religiosas.

Cierta vez, un presidente municipal con pensamientos puritanos, la mandó detener, por “iniciar a jovencitos en el camino del pecado y la perdición”. Ubicados en su despacho, el presidente, dijo a la cortesana: "Señora, vamos a detenerla hasta que no se comprometa a dejar esa actividad ilícita por la que la buscan tantos jóvenes".

—Mira presidente, de tu nombre no me acuerdo, pero yo te conozco y te conozco bien. Tienes dos lunares juntos en la nalga izquierda y ahora resulta que te “escamas” cuando tu eras uno de mis mejores clientes, el que por cierto me quedó a deber 10 pesos, pues fueron cinco veces las que me dijiste que después me pagabas. Si me vas a cobrar una multa, pues que quede en esos 10 pesos y así quedamos a mano, pero no me obligues a que abra la boca, por donde se pueden salir muchas cosas, entre las que se incluye un muchachito que dicen que es hijo tuyo, - le dijo la mujer. Y aquel presidente jamás volvió a molestar a aquella señorona.

La Cantadora, pese a sus actividades siempre fue una mujer profundamente religiosa, encargada de organizar cada dos o tres meses una peregrinación a Temastián con el Señor de los Rayos y en las puertas de su casa siempre lucían letreros que decían: “Se solicitan pasajeros a Temastián, con el Señor de los Rayos”.

En uno de los pequeños cuartos que se encontraban por la calle de la Acordada, casi esquina con la Emilio Carranza, vivía una fulana de nombre desconocido a la que todo el mundo conocía como La Zanfarinfa, pero al paso del tiempo le acortaron el apodo y solamente fue La Zanfa. Era una dama, viuda de un militar de bajo rango, que al quedarse sola decidió ganarse la vida cumpliendo con las obligaciones conyugales a la que estaba acostumbrada con su marido, solo que ya no lo tenía.

Por las noches en esa calle oscura solían pasar los jóvenes o viejos, ávidos de las engañosas caricias de aquella mujer que era un aficionada a las corridas de toros y cuando las había, compraba su boleto de primera fila y grotescamente pintada aguantaba los gritos de la palomilla, quien desde sol gritaba: “Ya llegó La Zanfa”, entonces ella tranquilamente se levantaba y alzando los brazos, saludaba mandando besos “a la raza”.

Otras mujeres que estuvieron entre los comentarios de los inquietos jovenzuelos de aquellas fechas fueron una morenaza de musculoso cuerpo a quien apodaban Nalguefierro y se hacía acompañar de una jovencita conocida como Coquito; a ella nunca se le conoció ninguna relación, aunque de ella estuvieron enamorados varios jerezanos y no pudiéndola convencer con el valor de sus billetes, quisieron conquistarla llevándole serenata.

Lo cierto es que entonces, igual que ahora, había lo mismo, solo que con el cambio de los tiempos nadie se asusta como en aquellas fechas.

Los templos de Eros, Baco y Afrodita, se llamaban: Las Olas Altas, por la calle 5 de Mayo, Salón Oasis por la calle del Sol y uno que sin título exterior era conocido como Aquí amanece.

Años después fue conocida La Negra y después de ella todo es reciente.




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