Saturday 10 de December de 2016

La cura en salud

J. Luis Medina Lizalde      13 Nov 2013 22:30:05

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La declaratoria del 2013 como el año del Centenario del Ejército Mexicano ha propiciado que el gobierno de los civiles y la clase política en general muestren su pequeñez ante la difícil realidad en la que sumergieron al país. 

Pudieron poner en marcha un programa conmemorativo que promoviera fundada admiración social por una insitución cuyo mejor rostro es el de su papel de asistencia abnegada y eficaz a los damnificados de grandes desastres, por la composición social popular de sus mandos, que lo hace diferente a los golpistas ejércitos oligárquicos que fueron la pesadilla latinoamericana durante el siglo XX, por su inquebrantable subordinación a un poder civil que lo usa para el trabajo sucio cada vez que se le vuelve inmanejable una realidad. 

En vez de eso, se desató una epidemia de inscripciones con letras de oro en muros legislativos y de discursos confeccionados con lugares comunes.

Lo más desafortunado de la celebración estriba en que el discurso de elogios en almíbar se concentra en encomiar la única tarea que los militares cumplen a disgusto: cumplir funciones que la Constitución asigna a la policía.

Saben del desgaste de la institución castrense cada vez que se le aparta de su legítima misión, como en los años 50 del siglo pasado, cuando le fue ordenada la ocupación de las instalaciones del Politécnico Nacional, o cuando ocuparon en los años 60 la Universidad Nicolaíta o cuando se les llevó a derramar la sangre estudiantil durante el 68.

Michoacán, el espejo 
El mes próximo se cumplen 7 años de la trágica orden al Ejército emanada del gobierno civil de ocupar Michoacán con muy malos resultados a la vista y con acelerado deteriorio social del Ejército, acusado, como los polícias, de complicidades con los narcos por sectores empresariales, líderes sociales y última y dramáticamente, por los obispos de la región. 

De entonces a la fecha se han producido muertes contra inermes civiles por balas militares en todo el territorio nacional, Zacatecas incluido.

 Los organismos internacionales más prestigiados en la defensa de los derechos humanos denuncian a la tropa, jefes y oficiales por torturas y desapariciones, las prisiones de alta seguridad albergan no pocos militares acusados de nexos con el crimen organizado. 

Las divisiones entre los altos mandos se han dirimido mediante la fabricación de delitos en contra de elementos de mediano y alto rango y muchos de los adolescentes reclutados para carne de cañón han perecido ante implacable fuego militar.

De la descomposición de las instituciones no se salva el Ejército; de algún modo, el  crimen organizado entró a una fase de complejidad operativa sin precedente como consecuencia del involucramiento de elementos de élite del Ejército mexicano en la nómina del capo ahora en prisión estadunidense Ossiel Cárdenas. 

Todo lo hasta aquí señalado invalida la superficialidad celebratoria de una institución digna de nuestra mejor consideración, pero por motivos distintos al irreflexivo discurso de los civiles, cuya incapacidad para gobernar con legalidad, eficacia y justicia ha provocado el desgaste que ahora sufre el Ejército mexicano. 

Evidencia de un fracaso 
Vaya paradoja que envolvió el homenaje de los tres poderes en Zacatecas al Ejército, el martes 12 del presente en que tiene lugar la ceremonia en la que se devela la inscripción de homenaje al Ejército con motivo de su primer centenario, las páginas de los periódicos y los medios electrónicos dan a conocer la petición desesperada de los ganaderos de Fresnillo de que les permitan poseer armas para defenderse del abigeato, las voces más destacadas proceden del municipio en el que se construyó un batallón como parte fundamental de la estrategia de seguridad pública del sexenio.

 El posterior acontecer delictivo en los dominios del Santo Niño de Atocha da la razón a los que desde siempre han sostenido, dicho sea de manera esquemática, que los ejércitos son para la seguridad nacional y los policías para la seguridad pública. 

Los militares lo saben y lo dicen a su modo, pero su sentido de las jerarquías no les permite externarlo con la naturalidad con que los civiles podemos hacerlo.

El contenido del discurso de los gobiernos civiles es un alarde de inconciencia de su propia responsabilidad. 

 Un auténtico homenaje a las fuerzas armadas necesita partir del honesto reconocimiento de que la corrupción e ineptitud de los civiles ha montado en “puerca pinta” a nuestro Ejército, al menos que no se sientan responsables de la infiltración del narco en los cuerpos policiacos o de la descompuesta cotidianidad del sistema carcelario o de la prostituida justicia que encierra inocentes y libera culpables.
Nos encontramos el lunes en el Recreo.  
 




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