Monday 05 de December de 2016

La devoción de una zacatecana a San Juan Pablo II

Lucía Dinorah Bañuelos      12 Feb 2016 00:23:53

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  • EL 12 DE MAYO DE 1990 el Papa ofició misa en Lomas de Bracho. (Cortesía de la Diósesis de Zacatecas.) (Cortesía) EL 12 DE MAYO DE 1990 el Papa ofició misa en Lomas de Bracho. (Cortesía de la Diósesis de Zacatecas.) (Cortesía)
  • ÉSTA ES LA ÚNICA OCASIÓN en que un Pontífice visita el estado. (Cortesía de la Diósesis de Zacatecas.) (Cortesía) ÉSTA ES LA ÚNICA OCASIÓN en que un Pontífice visita el estado. (Cortesía de la Diósesis de Zacatecas.) (Cortesía)
  • Lorena era la cuarta de las jovencitas, de derecha a izquierda. (Cortesía de Lorena Haro Márquez.) (Cortesía) Lorena era la cuarta de las jovencitas, de derecha a izquierda. (Cortesía de Lorena Haro Márquez.) (Cortesía)
  • “Cuando vi su mano derecha sobre la mía y el anillo papal, haz de cuenta que sentí como si se detuvo el tiempo por unos segundos, lo recuerdo muy bien, y  al sentir que estaba por soltarme besé su mano. ¡Fue muy lindo la verdad!”, 
Lorena Haro Márquez
, empresaria radicada en Texas, EU. (Cortesía) “Cuando vi su mano derecha sobre la mía y el anillo papal, haz de cuenta que sentí como si se detuvo el tiempo por unos segundos, lo recuerdo muy bien, y al sentir que estaba por soltarme besé su mano. ¡Fue muy lindo la verdad!”, 
Lorena Haro Márquez
, empresaria radicada en Texas, EU. (Cortesía)
Imagen de


MCALLEN, TEXAS.- “Estaba por cumplir 18 años cuando empezó esta historia de amor”, dice contundente Lorena Haro Márquez.

Era el último año de la prepa (que estudió en el Colegio del Centro), precisa al empezar el relato de la experiencia, que, aunque no sabe cómo explicar, sí está segura de que es algo que marcó su vida para siempre.

“Estoy nerviosa”, exclama al tiempo que se preparaba para iniciar un maravilloso viaje al pasado: a 1990, cuando tuvo el privilegio de tener muy cerca a Su Santidad Juan Pablo II, verlo a la cara, tomarlo de la mano y besarle el anillo papal durante su visita a Zacatecas. 

Trabajo voluntario
En ese entonces, refiere Lorena, era parte de Reignum Cristi, un grupo de jóvenes de los legionarios de Cristo, que tenían juntas semanales y retiros como parte de su formación espiritual.

“El padre encargado de estos grupos en Zacatecas nos invitó a colaborar en los preparativos para la visita del Papa de manera voluntaria. Éramos un grupo de mujeres de aproximadamente 32 o 35 miembros”, platica.

Por supuesto que ninguna dijo que no a tal ofrecimiento y se organizaron para entre todas atender la tienda que se abrió exprofeso por la visita de Juan Pablo II, que fue instalada junto al Obispado.

Ahí vendían pósters y monedas conmemorativas y todo tipo de propaganda de la visita del Papa, de donde se surtían todos los municipios.

En ese momento ninguna de las voluntarias tenía idea de lo que les esperaría el 12 mayo; recuerda que fueron seis meses de trabajo voluntario. 

A Lorena le tocaba atender la tienda por las tardes, después de salir del colegio, con horario de entre 5 de la tarde a 8 de la noche dos o tres días por semana.

“Tres meses aproximadamente antes de la llegada (del Papa) el padre nos pidió que mandáramos a hacer un uniforme porque nos dijo que ‘había la posibilidad’ de que pudiéramos asistir a la misa en Bracho y que si se hacía, pues quería que resaltáramos”, explica.

La sola posibilidad de asistir a una misa oficiada por el Pontífice llenó de alegría a las jóvenes, “lo sentíamos como un regalo de su parte -del padre- hacia nosotras por nuestra labor en  la tienda como parte de los preparativos”, expresa emocionada.

El primer encuentro
Cuando el grupo de legionarios de Zacatecas se enteró que Juan Pablo II tendría un encuentro con jóvenes en San Juan de los Lagos, Jalisco, no perdieron tiempo y organizaron un viaje. 

“Esa fue toda una odisea, muy cansado, pero también muy bonito porque convivimos con miles de jóvenes de otras partes del país y del mundo”, dice.

Y fue el 7 de mayo cuando vio por primera vez a Juan Pablo II, en el encuentro con los jóvenes. 

“Durante esa misa estuvimos muuuuuuuy lejos (del Santo Padre), pero al terminar lo vimos pasar en el Papamóvil como a 6 metros de distancia, fue muy breve. Aún así nosotros estábamos llorando de la emoción”, relata.

Misterio, expectativas y sorpresas 
Cuando ya tenían listos los uniformes, el padre que las organizaba, “nos iba soltando a cuentagotas la información y un día dijo: ‘si van a poder estar en la misa, pero no sabemos qué lugares les toque…’.

“Luego dijo: ‘no pues que parece que van a ser buenos lugares’, y pasados unos días que nos la suelta, ‘ya me confirmaron que estarán muy cerca’. Y así...”.

Lorena ahora hace conjeturas y cree que el padre batalló mucho “para irnos acomodando o de plano pensó que le diríamos a todo el mundo y se haría una revolución”.

Y agrega: “Todavía el día anterior nos dijo, ‘bueno, es posible que podamos hacer ‘valla’ por la parte de atrás (de la capilla de Bracho) después de la misa, pero no es seguro’”.

Tanto suspenso, ahora Lorena lo justifica: “Creo que habían muchos factores que podrían cambiar los planes del padre y pues no quería que nos agüitaramos”.

Llegó el gran día. “El padre nos consiguió un camión escolar donde pasamos la noche, ya vestidas y toda la cosa… hacía mucho frío”, recuerda.

La medida se tomó, según explica, porque iban a cerrar todos los accesos a Bracho el día de la misa, “y nos quería seguras allá”.

Esa fue una noche que tampoco olvidará: “Casi no dormimos. Esa noche todavía fue el padre al camión y nos dio instrucciones: ‘Si nos dan permiso de hacerle valla al Papa les voy a hacer una señal y durante la comunión se paran y se van para la parte de atrás en vez de comulgar’”, les dijo.

También aclaró que si no les decía nada era porque por algún motivo no se pudo hacer.

El encuentro
Llegada la hora de la comunión, estuvieron más que atentas y el padre les dijo que se fueran a la parte posterior de la capilla; “claro que no sabíamos si llorar o correr”, lo recuerda entre risas.

“Estábamos súper nerviosas y emocionadas. Total que atrás pasamos otra hora fácil. Nos formaron a los dos lados de la puerta de salida. Yo era como la cuarta del lado derecho (del Papa al salir).

“El padre nos tenía bien instruidas de no apalancarnos sobre el Santo Padre, de no abrazarlo, de no hablarle mucho o casi nada a menos que nos hable... Pero con mucho cariño nos trataba el padre, así que fuimos bastante bien portadas.

“Había mucha expectativa de que si saldría por esa puerta, de que si saldría por otro lado... Entonces de repente llegaron muchos hombres guapotes y trajeados y ahí fue donde supimos que saldría por ahí.

“Todos sus guardias, o lo que sean, estaban cerca de nosotras, pero no nos movieron ni nada por el estilo.

“De pronto se abren las puertas y el Santo Padre con una inocencia nos ve sorprendido...”, dice Lorena al acordarse de cada detalle del encuentro. 

“Íbamos todas de amarillo con sombreros y la verdad nos veíamos muy bonitas. 

Se para a vernos y sonríe. Y nos bendice como tres veces como para abarcar a todas (imagínate que éramos 35 pues eran dos hileras largas).

“Luego comienza a caminar y con él, el señor obispo y otros sacerdotes... y estira sus manos como para poder tocarnos a todas.

“Algunas tomamos su mano y la besamos y otras se hincaron y besaron su mano. Cuando vi su mano derecha sobre la mía y el anillo papal, haz de cuenta que sentí como si se detuvo el tiempo por unos segundos, lo recuerdo muy bien, y  al sentir que estaba por soltarme besé su mano. ¡Fue muy lindo la verdad!”.

Lágrimas de felicidad
Tras el encuentro las jóvenes experimentaron una sensación que nunca habían sentido, y “entre nosotras lloramos de alegría y solo entre nosotras nos podíamos entender”, nadie sabía el por qué de su llanto.

Cuando llegué a la casa mi mamá me preguntó que como me había ido, “se sentaron cerca del Papa verdad, las vi en la tele”.

“Le conté que lo vimos y besé su mano y comencé a llorar.

“Yo solo quería llorar, pero mi mamá se asustó porque estaba llorando y pues dejé de llorar.

“No podían entender algo que ni yo entendía. Fue lo primero que le dije y me puse a llorar y se asustó, entonces ya no volví a llorar frente a nadie”.

Grato recuerdo 
Con el paso de los años Lorena guardó el recuerdo en su corazón; cuando falleció el Papa sintió una gran tristeza que se convirtió en júbilo cuando elevaron a San Juan Pablo II a los altares. 

Cuatro años después de ese mágico encuentro, Lorena se casó y se mudó a Estados Unidos; es esposa, madre de familia y empresaria, pero ni su cambio de ciudad ni su estado civil la han alejado de su fe.

“Sigo muy fiel a la fe católica y la verdad creo que una experiencia así, con el Papa, no se puede digerir en plenitud a esa edad... Pero viendo ahora todo lo que implica el tener un encuentro de este tipo pues veo que soy muy privilegiada”, reflexiona.

“Continúo practicando activamente mi fe católica y esa experiencia me ha dejado un gran compromiso de conocer mejor mi fe para poder vivirla mejor y que como resultado pueda yo ser testimonio del amor de Dios para los demás”, asegura.

Tal parece que Lorena nació para ver y tocar al Papa Juan Pablo II, ya que el Santo Padre y ella nacieron el 18 de mayo.

Por eso ella siempre les dice a sus amistades “que el 18 de mayo hay fiesta en el cielo, en la tierra y en todo lugar”.

Y esta fue la historia de amor entre una zacatecana y San Juan Pablo II, en el lomerío de Bracho el 12 de mayo de 1990, que resumido por su misma protagonista es así:

“Lo conocí por primera vez el 7 de mayo de 1990, lo vi por segunda vez el 12 de mayo y el 18 cumplimos años. Esa es nuestra historia de amor”.

El milagro en Zacatecas

El 12 de mayo de 1990 una mujer y su hijo de 4 años esperaban nerviosos en el aeropuerto de Zacatecas.
Llevaban consigo una paloma blanca y ansiaban ver a quien 24 años después sería elevado a los altares como santo, el Papa Juan Pablo II.

Herón Badillo Mireles era entonces un pequeño de 4 años, enfermo de leucemia y desahuciado por los médicos.

Al pasar junto a él, el Pontífice lo tocó y besó en la frente, le pidió que soltara la paloma.

El Papa Juan Pablo II continuó su camino y uno de los acompañantes les entregó un rosario bendito.

En el camino de regreso a Río Grande, de donde es originario, Herón sintió hambre y les pidió a sus padres de comer, con lo que acabó muchos días de inapetencia debido a la misma enfermedad.

A partir de ese día, el niño empezó su recuperación y sanó por completo, por lo que fue llamado “el milagro zacatecano del Papa”. 




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