Sunday 11 de December de 2016

La expresión de exquisita caridad evangélica es la corrección fraterna

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba      6 Sep 2014 22:30:02

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No es posible corregir a los demás, si nosotros no estamos limpios de pecado y maldad, pero cuando lo estamos y corregimos a nuestros semejantes, entregamos buenas cuentas al Señor. (Cortesía)
No es posible corregir a los demás, si nosotros no estamos limpios de pecado y maldad, pero cuando lo estamos y corregimos a nuestros semejantes, entregamos buenas cuentas al Señor. (Cortesía)
Introducción
La Iglesia como madre y maestra, educa y forma a sus hijos cada domingo con temas evangélicos que progresiva y continuamente propone en los tres ciclos de la liturgia eucarística.

Los discípulos de Cristo, quien vive siempre para interceder por nosotros, están siempre llamados a vivir intensa y profundamente su evangelio, cuyo centro vital es el amor a Dios y a los hermanos.

Por esto, en este domingo en el cual participamos escuchando la palabra de Dios y somos invitados a tener íntima unión con Jesús y los hermanos, la Iglesia nos presenta un tema exigente y comprometedor en lo individual y en lo comunitario.

Este tema se formula así: “Expresión de exquisita caridad es: la corrección fraterna”. Entremos pues, en el contenido doctrinal y práctico de esta enseñanza, para determinar en la presencia de Dios, nuestros compromisos que dimanan de nuestra contemplación y asimilación, como frutos de esta eucaristía dominical.

La caridad que se expresa en la corrección fraterna
Tanto en la primera lectura tomada del profeta Ezequiel, como en el evangelio de San Mateo, aparece esta realidad humana y espiritual que surge de una caridad bien vivida con madurez y solidaridad para ayudar a nuestros hermanos que fallan en la vivencia de la fe cristiana y con la responsabilidad de corregirlos con delicadeza y respeto.

El profeta Ezequiel nos amonesta: “Si yo pronuncio sentencia de muerte contra un hombre, porque es malvado, y tú no lo amonestas para que se aparte del mal camino, el malvado morirá por su culpa, pero yo te pediré a ti cuentas de su vida.

En cambio, si tú lo amonestas para que deje su mal camino, y él no lo deja, morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida”.

Por su parte, el evangelista San Mateo nos presenta la corrección fraterna con diversos pasos que aquí consignamos y recordamos.

“Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano”. Este es el primer paso de la corrección fraterna que enseña Jesús.

Un segundo paso es: “Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por voz de dos o tres testigos”.

El tercer paso es el siguiente: “Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad, y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano”.

Con los estudiosos de la historia de nuestro cristianismo, debemos decir, que la práctica de la corrección fraterna, durante los seis primeros siglos de la Iglesia, el estilo “comunitario” de separar y reconciliar con la asamblea creyente a un pecador público fue lo que se hacía como práctica penitencial. Esta se refería a los pecados graves, cuyo número, se reducía de hecho a tres: apostasía, homicidio y adulterio.

Actualmente ¿De qué manera podremos nosotros llevar a efecto la corrección fraterna?
En primer lugar, cada uno de nosotros debe tener una verdadera y madura formación humana y de fe cristiana.

No es posible corregir a los demás, si nosotros no estamos limpios de pecado y maldad.
Jesús nos previene cuando nos dice que al corregir a nuestro prójimo, no queramos quitar la paja en el ojo ajeno, cuando nosotros mismos llevamos una viga en el propio ojo.

Para corregir en buena ley a los demás, debe ser fruto de oración y examen personal, para poder acometer la corrección fraterna.

Es propio al hacerla, buscar el mejor modo poniendo en juego nuestra inteligencia basada en la certeza de lo que queremos corregir.

El modo de corregir a otros que pecan o fallan seriamente, debe ser con exquisita caridad, con sencillez y humildad. Se debe alcanzar la conversión del prójimo corregido, pero pidiendo a Dios esa gracia.

La imprudencia, la dureza, la altanería y la soberbia al corregir a otros, tendrán como fruto el rechazo y la aversión del hermano hacia quien trata de corregirlo sin lograr absolutamente nada.

Por otra parte, nunca quedarse callado ante muestras públicas de pecados, injusticias y comportamientos graves que hacen tanto daño a las familias y comunidades.

Nuestra tendencia es dejar de lado saber corregir y entonces se toman actitudes cerradas y cómodas. Se dice con frecuencia “allá él o ella es asunto personal”, “a mí no me incumbe meterme en asuntos ajenos”.

Entonces, tengamos claramente en nuestras conciencias lo que hoy nos enseña la palabra de Dios.

Ser valientes, equilibrados y preocupados por el bien de todos y especialmente de los que pecan o fallan, en el hogar, en el mundo del trabajo y el de las relaciones humanas de diverso tipo y según las
circunstancias del momento para obrar con cordura, respeto y verdadera madurez humana y cristiana.

Ojalá que este tema tan delicado y complejo nos haga reflexionar y tomar actitudes maduras y comprometidas para conseguir el bien propio y el de los demás y ante la mirada de Dios que todo lo ve, lo comprende y busca perdonar a quien lo ofende y falla en su vida personal y comunitaria. ¡Dios lo quiera!




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