Thursday 08 de December de 2016
»Sin quehacer, el chofer y su amigo pasean por la Plaza de Armas 

La gente de Tomás Urbina 

Redacción      16 Aug 2014 19:44:03

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(César Navarrete )
(César Navarrete )
Los revolucionarios están en Zacatecas, donde se encontraron con Villa, a quien una mujer pidió ayuda para que le regresaran a su hija, que había sido raptada por uno de los hombres de Natera. 

“Esa misma tarde, después del mediodía, salieron de Zacatecas trenes y trenes militares hacia el sur, con rumbo a Aguascalientes, población que ya estaba en el poder de la División del Norte.

“Pero, al mismo tiempo llegaban convoyes militares, uno detrás de otro, trayendo contingentes de gente villista que se encontraba en diferentes lugares como Cañitas y Torreón.

“La caballada era lo único que había desembarcado de nuestro tren, de manera que toda la impedimenta, inclusive mi coche Prothos, había dejado a bordo en la misma plataforma que venía. 

“Ildefonso y yo habíamos obtenido permiso al mismo tiempo para incursionar por el interior de la ciudad.

Anduvimos de un lado para otro sin encontrarnos nada que pudiera divertirnos ni llamarnos la atención y de esta manera se nos hizo de noche.

“Nos fuimos al barrio de las cantinas y nos metimos en la primera que nos pareció bien. Estaba completamente repleta de gente de la nuestra.

“Pedimos unas copas y no bien habíamos empezado a ingerirlas cuando se produjo un estrépito como de derrumbe, que era que se abría de par en par una de las puertas de gosnes dando paso a un hombre que con todo y caballo se metía al establecimiento, el que pistola en mano gritaba: ‘¡Viva mi general Urbina, hijos…!’

“Ya adentro, el sujeto este empezó a hacer disparos al viento al mismo tiempo que seguía gritando improperios sin ton ni son. Ildefonso seguramente desafecto a toda esta clase de denuestos bélicos, ocasionados por el vino, me dijo: ‘Vamos ya vino éste y la cosa no va a parar bien’.    

“No había acabado de pronunciar estas palabras cuando efectivamente, en uno de los extremos del mostrador, alguien gritó: ‘Oye, tú, venado, aquí no vengas con borlotes ni andes gritando viva Urbina, aquí todos debemos gritar ¡viva Villa!’  

“Entonces el escandaloso de a caballo contestó: ‘¿Y tú quién eres para que me des ordenes? Yo gritaré lo que a mí me dé la gana’. 

“Entonces el que estaba en el mostrador se acercó al de a caballo, al mismo tiempo que Ildefonso me informaba: ‘Es el general Ortiz, que le va a aplacar los humos al venado’.

“Ortiz ya no dijo ninguna palabra, solo que ya junto al provocador venado, tomándolo de un brazo lo arrancó de la cabalgadura al mismo tiempo que decía: ‘Mira cómo te voy a quitar lo borracho y lo borlotero’, y sacando pistola apuntó a los pies del provocativo y tiro y tiro obligó al borracho a esquivarlos tan rápidamente como eran disparados, mientras Ortiz, ya  riendo, volvió a decir:

“‘Qué bien bailes el jarabe, venado, a ver si así se te quita lo borracho y lo valido de la ocasión’. 

“Ildefonso y yo aprovechamos la primera puerta para salir de la cantina sin haber visto el fin del sainete, tan frecuentes estos según supe, que siempre eran provocados por la impertinencia e indisciplina de la gente de Urbina, muy especialmente cuando tropezaban con los Dorados de la División del Norte.    

“Otra vez, andando en las calles y más calles, de pronto nos encontramos en la Plaza de Armas.

Estaban tocando la música del quiosco y éste era el motivo por lo que se venía tan concurrida.

“Las banquetas y los prados estaban materialmente llenos de gente, lo mismo que las bancas. En la concurrencia brillaba por su ausencia el elemento femenino, ya que no se veía por ahí ninguna mujer.   

“Mi amigo y yo, sin otra cosa qué hacer, nos pusimos a dar vueltas en derredor de la plaza y a poco Ildefonso, señalándome a un individuo que estaba acomodado en una de las bancas, me dijo: ‘Mira, ése que ésta ahí es el capitán Manuel Figueroa de la gente de Urbina; es el marido de la Adelita. 

“‘¿De qué Adelita?, contesté. ‘Adelita la de la canción, ésa de la que cantan los de Urbina. 

‘“Pues no la conozco, ni la canción ni a la Adelita, repuse... 

“El hombre señalado por Ildefonso era un muchacho como de 25 años de edad a lo más, delgado, pálido, de buena presencia, pero de aspecto melancólico. En el momento en que lo encontramos estaba en actitud meditativa, con las manos deteniéndose las quijadas.

“Salimos de la plaza otra vez sin rumbo fijo y empezamos a recorrer calles y más calles, aún cuando esta vez con rumbo a la estación. Al pasar por una de las calles y en una casa de humilde aspecto, se estaba efectuando un baile.

“En la sala, lo mismo que en el patio, había un sinnúmero de parejas, mientras que en el pasillo había sido colocada la orquesta que el momento en que pasamos ejecutaba piezas de baile. La casa había sido adornada humildemente con festones de papel de china…”

Continuará...

Extracto de Choferes de la Revolución.
Autor: Luis Jiménez Delgado.
Biblioteca de la Crónica del Estado




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