Tuesday 06 de December de 2016

La importancia del pensar

Elizabeth Sánchez Garay      3 Apr 2014 21:00:06

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Debemos a la modernidad nuestra que tanto el trabajo como la economía se hayan constituido en el eje rector de las sociedades occidentales. Incluso, se les ha dotado de un prestigio desmesurado y de una ética del éxito basada en el progreso material.

Pero históricamente esto no siempre ha sido así. Por ejemplo, para los griegos prefilosóficos, el pensar permitía a los mortales estar cerca de los inmortales, porque los dioses no requerían de la acción y podían dedicarse a contemplar.

Por eso, desde los tiempos de Homero, los aedos cumplían un importante papel, ya que el héroe no tenía tiempo de pensar en torno a sus gestas, ocupado como estaba en el éxito de sus acciones. Era el aedo el que podía observar y organizar los hechos en historias que después eran transmitidas de generación en generación.

Recordemos, por ejemplo, las lágrimas de Odiseo al escuchar, durante su visita al reino de los feacios, la narración de un aedo sobre el enfrentamiento del propio Odiseo con Aquiles, lo que otorgaba verdadero significado a los actos por él realizados.

Después, la idea de la inmortalidad de los dioses fue suplida por la noción del Ser imperecedero. Con ello, Ser y Pensar formaron parte del mismo proceso y la filosofía pasó a convertirse en búsqueda de lo divino que posee lo humano, a través de dos fases: la contemplación de lo eterno y su traducción posterior en palabras, vínculo entre la esfera divina y lo propiamente humano.

A esto se debe que los griegos consideraran las tareas de reproducción básica como necesarias, pero innobles. Eran las artes y el pensamiento los que estaban ligados a formas superiores de reflexión y creación estética, ya que la libertad humana provenía de los ámbitos del Espíritu y del Ser.

Sócrates decía que los pensamientos, de forma semejante al viento, descongelaban lo que el lenguaje había entumecido a través de los años, como las doctrinas, los valores y las reglas de conducta. Al final solo quedaban perplejidades por compartir, siendo éstas el mayor bien que un hombre podía poseer.

Desafortunadamente, como se ha mencionado, con el transcurrir de los tiempos, pero sobre todo con la llegada de la modernidad, el trabajo y el dinero han ido ocupando un lugar preponderante en la escala de valores de la sociedad, al grado en que los lances filosóficos y artísticos son despreciados porque no rinden utilidades tangibles e inmediatas, lo cual constituye una verdadera atrocidad.

La cultura de la banalidad ha sentado sus raíces con desastrosos resultados. Por eso hay que proteger aquellos espacios que todavía no se dejan atrapar por los cantos de las sirenas.







Miembro del SNI




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