Thursday 23 de February de 2017

La moda devora a fauna y a flora Francisco Javier Acuña

Francisco Javier Acuña      4 Feb 2014 21:00:06

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Hace poco más de seis meses la muerte del “solitario George” el último ejemplar de la gigante tortuga de las Islas Galápagos (Ecuador) debió causar un sismo en la conciencia de la humanidad, sin embargo, lo más probable es que haya sido un duelo exclusivo de los zoólogos y los científicos ambientalistas que de verdad sufren la extinción de cada especie animal y vegetal, saben que así se escribe el epitafio del planeta.

La memoria comunitaria se evapora, en la racha del funcionalismo comercial y el efectismo de los negocios, el único fin que mueve intereses y que por ventajas fiscales acaso deja incentivos para que los sectores más sensibles de la sociedad que se valen de esas oportunidades para lograr contribuciones a causas desesperadas como la protección del hábitat, la tierra, el mítico planeta azul (con sus vergeles y desiertos, sus polos congelados y sus ríos y océanos) y con ello las ruinas de las antiguas maravillas del mundo antiguo: aquellas de las que solo se mantienen en pie las fascinantes pirámides de Egipto.

En ese orden acaso las maravillas arquitectónicas y monumentales y naturales del mundo contemporáneo están en mayor riesgo que las más remotas, cientos de ciudades viejas o barrios antiguos de ciudades vivas se carcomen con los flagelos de una destrucción modernista que solo los desfigura y lo peor que, los interviene y transforma para fines “turísticos”.

Y parte de esta tragedia estructural de la humanidad es resultado de que ya nadie memoriza por la confianza extrema en el prodigio de la era digital, para que recordar una oda o un poema, los nombres de las especies o los estilos y de cualquier cosa si en el Internet todo está al instante.

Y eso lo lamenta Mario Vargas Llosa: “en estos tiempos de la virtual reality” el humanista por excelencia, el pensador o el literato se siente como “un dinosaurio con corbata y rodeado de computadoras” en su obra La civilización del espectáculo.

La insensibilidad de la humanidad informada como se presume que habría de estar, ilustrada por las grandes torpezas históricas, reacciona igual ante la guerra o la miseria extrema, con esa indiferencia bárbara aunque entonces por candorosa ignorancia, con la que hace cinco siglos en Nueva Zelanda se extinguió El Moa (el ave más grande de la tierra) una suerte de avestruz que llegaba a medir 4 metros de altura y a pesar 400 kilos; los versados reconocen que esa tremenda ave sin alas desapareció a la llegada del hombre occidental a esa comarca insular en la época en que en el viejo mundo solo pensaba en el descubrimiento de América.

La Tierra transita a su ruina más veloz que la tortuga muerta hace meses en las Galápagos, metafóricamente, la población se regenera en una suerte de Moa, esa temible ave que en el trance de la evolución perdió las alas para volar porque prefirió basar su sobrevivencia en su poderío sobre la tierra a su alcance, que eran islas, en las que no tenía depredadores naturales hasta que surgieron los artificiales: los invasores integrantes de la raza humana, que llegaron a invadir su espacio, a consumir sus huevos y a cazarla para devorarla y la diezmaron hasta sepultarla al grado que solo nos hablan de ella los escasos restos de sus esqueletos.

Así parece que ocurrirá a las nuevas generaciones, los depredadores naturales los exterminamos, pero al habernos vuelto superficiales, cultivamos a los genuinos y eficaces depredadores artificiales y en las gripas aviares y las nuevas bacterias y pandemias cobrarán cara nuestra irresponsabilidad.

En Zacatecas, hace unos días, en IMAGEN aparecía una nota que revelaba que casi trescientos inmuebles del Centro Histórico están seriamente dañados, es decir, estructuralmente afectados y claro está, sin señales de haber en marcha un mecanismo para intervenir de emergencia, salvo que no fuera para permitir en ellos se hagan bares y antros u hoteles al gusto o antojo de los propietarios, el destinos de esas fincas, no pocas de ellas tapias, es venirse abajo.... ¿Y la UNESCO con su nueva oficina regional en Zacatecas? ¿Y el INAH?, al igual que el GODEZAC aportan un silencio ominoso.




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