Thursday 08 de December de 2016
»Arte controlado 

La petición  

Miguel G. Ochoa Santos      24 Nov 2013 22:30:05

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No soy partidario de que el Estado meta las manos en los territorios del arte, el dominio no se lleva bien con las pulsiones libertarias. Siempre colisionan las pretensiones políticas con el reino de la imaginación, pues apegarse únicamente a las necesidades prácticas de la vida es un asunto inaceptable para el lance artístico.

La producción estética trasciende tanto lo dado empíricamente como el determinismo de las convenciones sociales y culturales. A menudo pasa por encima de las regularidades instauradas y los rituales consagrados.

Su origen mismo reside en su capacidad de traer al mundo lo inexistente e improbable. Incluso cuando parece referirse a la existencia, emplea siempre la plasticidad ficcional para fingir una mirada objetiva y realista donde las representaciones lingüísticas de las cosas parecieran asemejarse a los entes físicos.

Mientras que las ciencias se afanan en descubrir las leyes que rigen los fenómenos naturales y sociales, las artes discurren por otra senda distinta, incluso opuesta a la búsqueda de la certeza. Esto no descarta que en determinadas ocasiones los creadores se hayan visto influidos por el espíritu racional de una época particular, como puede apreciarse en aquellas obras gestadas al calor de las ideologías del compromiso político o del realismo a ultranza.

Sin embargo, cuando este giro ha sobrevenido la capacidad delirante y ficcional nunca ha desaparecido, sólo ha menguado la intensidad y orientación suya. Puesta al servicio de intereses ajenos a las operaciones de la imaginación artística, la potencia productiva se ha limitado a simular aquellos paisajes naturales y humanos que la mirada positivista con cándida insistencia ha intentado aprehender con total infalibilidad.

Acaso por ello, hemos sido testigos del rebajamiento de las obras estéticas a meros espejos del mundo, a pálidos remedos de la sociología o de la ciencia política. Hay algunas que intentar venderse como fieles reproducciones de la vida violenta, autoerigiéndose en discursos más reales que las crónicas periodísticas que pueden leerse cotidianamente en los diarios nacionales.

Dudo mucho que el Estado y sus funcionarios sientan simpatía por la capacidad alucinatoria del arte, como la ha llamado mi amigo Antonio Castilla en un notable artículo dedicado a Flan O’Brien, publicado dentro de un libro colectivo que pronto presentaremos.

El ambiente burocrático despide un tufillo nefasto, ese que la ideología utilitaria deja en las cosas que toca.

Todo debe servir, tener un fin práctico, una visión del mundo, un compromiso con el destino nacional. El deliro ficcional escandaliza porque desmiente la aparente solidez de lo real y crea formas alternas de concebir la vida misma.




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