Saturday 10 de December de 2016

La romántica feria de un pueblo

Javier Torres Valdez      3 Mar 2014 22:00:04

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Son muchos los recuerdos que de Jerez tenemos desde hace seis décadas, pero al acercarse la Feria de Primavera resulta tema obligado hablar de la misma, de lo que fue, de lo que ha sido y de lo que puede ser nuestro festejo.

Indudablemente que a los paisanos encargados de la misma les había resultado punto menos de imposible, reinventar el festejo, que fue uno de los primeros de su tipo en celebrarse en la República mexicana.

Hablar de la feria de hace 60 años resulta grato si tomamos en cuenta que para quienes la recordamos fue una experiencia de nuestra niñez o de nuestra juventud, plena de romanticismo, de sueños y de esperanzas. Los festejos de aquellas fechas se realizaban en torno al jardín Rafael Páez. En el lado sur, se instalaban la rueda de la fortuna, las sillas voladoras, la ola, el volantín de Mónico y frente a los portales se colocaban los puestos de artesanías, juguetes de madera, máscaras de papel maché, las demás calles aledañas al jardín quedaban libres; esporádicamente se instalaban los vendedores de canelas. Servían té de canela hirviendo, al que le agregaban una medida de mezcal.

No había terrazas ni tapancos ni teatro del pueblo. La feria la constituía La Partida, las corridas de toros, algún coleadero y el baile que organizaba el Club Rotario, al cual solo se podía acceder vestido con formalidad, teniendo su invitación y pagando su admisión de 15 o 20 pesos los caballeros, ya que las damas no pagaban.

En La Partida, luego de las peleas de gallos, se presentaban en el intermedio Las Cantadoras, guapas hembras venidas de Guadalajara, que eran acompañadas del mariachi. Deleitaban a los varones con su canto y si a uno de ellos se le antojaba otra “cosa”, pues también le cumplían.

Las corridas de toros de la feria jerezana tuvieron fama en el centro de la República, pues a las mismas vinieron los figurones de la época, entre los que recordamos a Silverio Pérez, Luis Procuna, Luis Castro El Soldado, Anselmo Liceaga, Humberto Moro, Calesero y años más tarde Alfredo Leal.

Los toros lidiados eran por lo general de El Saucillo, Valparaíso y de Chucho Cabrera.

La primera corrida siempre fue postinera. La segunda fue a veces corrida y a veces novillada, pero con el mismo entusiasmo característico de los jerezanos.


La Asociación de Charros, creada por don Pepe Acuña Novoa, se encargaba de realizar el elegante baile charro en la Calle Constitución. La directiva de tal asociación avisaba en su publicidad “los galantes charros cuentan con varios automóviles para regresar a las damitas asistentes a sus domicilios”. Como por aquellas fechas el servicio eléctrico era muy deficiente, en los bailes siempre había lámparas de gasolina encendidas en prevención de algún apagón.

Pasada la medianoche, solía escucharse alguna serenata en donde tocaba el conjunto de don Jesús Pérez, padre del también músico Cayetano Pérez. Cuando no era así, las serenatas se daban con música de piano, que era tocado por un maestro de la Escuela Tipo. Entonces, las serenatas con mariachi no eran muy acostumbradas.

En alguna de las cantinas existentes, volvía a escucharse La Típica interpretando música clásica o semiclásica; la música de tambora se escuchaba el Sábado de Gloria no era muy acostumbrada, excepto en las rancherías.

En alguna de aquellas tranquilas calles se oía la voz varonil de José Díaz El Crooner, quien deleitaba a sus amigos cantando las canciones de María Greever, Te quiero, Dijiste, Júrame, Tipitipitin y otras más.

En uno de aquellos años, se incendió el depósito de gasolina del motor que movía la rueda de la fortuna, instalada frente al Cine Rex. El cable que movía este aparato se reventó y entonces empezó a moverse sin control, subiendo y bajando, debido a que tenía ocupantes en un solo extremo. Fue entonces que uno de los empleados de la empresa Atracciones García se colgó de una canastilla a donde le arrojaron una cuerda, pudiendo detener los bruscos movimientos, pero los pocos pasajeros ya eran presa de pánico.

Un jerezano tuvo la idea de tomar unas cobijas de la tienda La Casa del Pueblo, y con otras personas las tomaron de los lados y recibieron a quienes tuvieron el valor para arrojarse.
 




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