Saturday 03 de December de 2016
»Los choferes viven nuevas aventuras en Aguascalientes  

La vida por una gallina 

Redacción      11 Oct 2014 21:13:19

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(César Navarrete )
(César Navarrete )
“El día siguiente nos sorprendió aún dentro de aquella pensión de caballos que ahora servía de garaje a los automóviles de la División del Norte.

“Mis compañeros y yo habíamos pasado la velada alegremente, ya que todos y cada uno nos relatábamos nuestras aventuras durante nuestra aún breve odisea revolucionaria a las órdenes de los distintos jefes de la luchan armada, que habían ‘avanzado’ en los automóviles de que ahora disponían.

“Hacíamos reminiscencias de nuestra vida en la metrópoli, siendo gratos aquellos recuerdos de una existencia tranquila al lado de nuestros familiares, amigos y amigas.

“Menudearon también los cuentos de subido color, al grado de hacernos olvidar que las horas avanzaban rápidamente en esa noche y que la madrugada se nos venía encima y por ende, los momentos al suelo iban a ser cortos.   

El Ratoncito, como cariñosamente apodábamos a nuestro compañero Elías Tolentino, quien llevaba este feo mote impuesto por nosotros a causa de su pequeña estatura, de la viveza de sus ojos y la inquietud de su carácter; aunado a todo esto lo agudo de su nariz, que lo asemejaba a aquellas pequeñas bestiecillas destructoras tan comunes en todos lugares.

El Ratón había sido durante aquella noche uno de los más fértiles en imaginación y por esta causa más prolijo en narraciones de todos colores y según él, uno de los más trabajos habían pasado desde que estaba a las órdenes de la causa revolucionaria.

“La jovialidad de Elías era proverbial, nosotros ya conocíamos debido a que antes y ahora siempre fue alegre en su conversación, satírico en sus apreciaciones y escéptico hasta el grado de no tomar en serio la vida, pero en nuestro humilde concepto ese muchacho nos era muy simpático, un gran compañero, un gran vividor, o lo que es lo mismo, una verdadera ‘trucha’ como nosotros lo conceptuábamos.     

“Como a eso de las 11 de la mañana llegó un capitán trayendo una orden para Elías y su coche, a efecto de que se pusieran ambos a las órdenes del general Rodolfo Fierro.

“El automóvil que manejaba El Ratón era un potente Fiat último modelo, abierto y con una imitación perfecta de bejuco en toda la parte posterior de la carrocería y según supimos, ese coche perteneció a una acaudalada familia metropolitana de apellido Breceda.

“Elías, con ese carácter que lo caracterizó, siempre nos dijo: ‘Vaya, hasta que se le hizo al salado, porque la verdad, ya nos estábamos enmoheciendo mi cucaracha y yo…’

“Y sin abandonar su sonrisa, mitad burlona, mitad escéptica, le dijo al oficial que venía por él: ‘A sus órdenes mi capitán.

El Fiat salió de garaje raudo, llevando a su bordo al capitán y después el silencio volvió a hacerse en aquel recinto. Nosotros por nuestra parte continuamos nuestra interrumpida tarea de asear de todo a todo los automóviles a nuestro cuidado.   

“Serían las 2 de la tarde cuando nos fue presentado un coronel de apellido Aguinaga, persona según supimos que había sido vendedor de automóviles en Monterrey.


“Este coronel venía a hacerse cargo del garaje del cuartel general con triple carácter de proveedor nuestro y pagador a la vez, siendo por esta causa nuestro jefe directo.

“Su aspecto era tanto tranquilizador, ya que al parecer era amable y bondadoso a juzgar por la forma de hablarnos particularmente a nosotros, ya que nos llamaba hijitos. Siempre que quería algo de alguno de nosotros decía: ‘Venga para acá, hijito’, y así por el estilo. 

“El mismo día que nos lo dieron a reconocer como nuestro jefe, se puso a pasar lista y en cuanto nos fue llamando, nos hacía entrega de la cantidad de 100 pesos, en papeles, por supuesto.

“Inmediatamente después de terminada esta formalidad, el coronel nos ordenó que fuéramos a comer y que regresáramos lo más pronto posible. “Alegremente salimos en busca de la fondita que
frecuentábamos y juntos nos pusimos a comer.

“La fondera, una mujer de grueso aspecto y morena mate, de inmediato nos pregunto por El Ratoncito, no quedando satisfecha hasta que le relatamos por detalle la forma en que había tenido que abandonar el garaje, y por ende, la imposibilidad de ir a comer a la fonda como de costumbre. “Naturalmente por tanto interés de la fondera por saber dónde había tenido que ir nuestro compañero, nos pareció sospechoso y seguramente que hicimos alguna demostración al respecto, porque ella se dio por aludida o algo sospechó, porque, volviendo hacia nosotros, dijo a guisa de disculpa: 

‘“Si yo pregunto por él, porque me prometió que en cuanto diera una salidita por ahí me traería una gallina y como le gusta mucho el pipián, le prometí hacérselo en cuanto la trajera…’

“Nosotros nos miramos entre sí sin atrevernos a reírnos en las narices de la buena mujer, limitándonos a comentar el caso con un: ‘¡Ah, vaya!’   

“Pero pasó el resto del día y  El Ratoncito no regresaba y de esta manera se pasó también la noche”...

Continuará... 

Extracto de Choferes de la Revolución.
Autor: Luis Jiménez Delgado.
Biblioteca de la Crónica del Estado




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