Friday 09 de December de 2016
»El Ratoncito se queda con las ganas de su guiso favorito  

La vida por una gallina 

Redacción      18 Oct 2014 22:24:42

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(César Navarrete )
(César Navarrete )
En la primera parte de este capítulo, los choferes, que recién se habían reencontrado, desconocían el paradero de uno de sus compañeros, a quien le apodaban El Ratoncito.

“Por fin, al día siguiente, a eso de las 4 de la tarde, oímos el cancaneo de su coche Fiat y momentos después entraba en el garage como una exhalación.

“Venía como siempre, alegre y bromista; al bajarse del coche se dirigió a nosotros diciéndonos: 'Se los dije, ya estoy de vuelta y con reintegro, miren…'          

“Y nos enseñaba una gallina que sujeta por sus dos patas levantaba en alto a guisa de trofeo. 'Y además
así somos nosotros de raros'. 

“Nosotros, que ya conocíamos la historia de la gallina ofrecida para que hiciera el guiso que tanto le gustaba, le dimos bromas del mismo género del que él las gastaba con nosotros, obligándolo a que nos relatara la causa de su viaje, lo cual hizo diciéndonos que había tenido que ir a cumplir una comisión muy peligrosa en compañía nada menos que de Rodolfo Fierro.

“Que habían ido a un pueblo distante unos 50 kilómetros hacia el sur, que allá habían comido y que ahora en la mañana se habían vuelto rápidos como habían ido.

“Que habían caminado a velocidades vertiginosas como se lo ordenara el general y como ninguno de nosotros hubiera sido capaz de hacerlo; que en el concepto de aquel jefe militar, él, Elías, era hasta ahorita el mejor chofer de la División del Norte y que su coche no tenía competidor de tan bueno que era.

“En fín, un sinnúmero de balandronadas y jactancias en bromas que como de costumbre brotaban a torrentes de su aguza boca, acabando nosotros por preguntarle cuál era el origen de la gallina.

Nos dijo que ya de regreso, “como el general no se le despegaba en todo el camino, no había podido avanzarse ninguna de esas aves de corral en todo el trayecto, pero que una vez ya en las orillas de la población y en la misma casa en que guarda los caballos el jefe Fierro, luego que éste se fue le ordenó que a su vez también se fuera para el garage y que si lo necesitaba, ahí lo mandaría llamar.

“Que ya venía cuando descubrió que dentro del corral había un sinnúmero de gallinas y que aprovechando una descuidadita de la dueña de la casa se había 'avanzado' una de las mejores, que esto nos demostraba a nosotros como éramos unas 'acémillas' que no sabíamos de la Biblia, como él llamaba a su inquieto modo de vivir.

“Todos festejábamos el acontecimiento, felicitándolo por sus rápidos progresos en las prácticas revolucionarias, o sea en el tan vapuleado arte de 'avanzar' las cosas que no nos pertenecen.

El Ratoncito hubiera deseado de inmediato llevar la gallina a quien se la había prometido, es decir, a la fondera, pero el coronel Aguinaga no se lo permitó, sino hasta que llegara la hora acostumbrada para tomar sus alimentos.  

“A eso de las 6 de la tarde se presentó en el garage el mismo capitán que el día anterior había venido por Elías, con sus órdenes del cuartel general, solo que esta vez iba acompañado de cuatro soldados.

“Este oficial habló ante el coronel Aguinaga del garage, y este último, con su amabilidad acostumbrada, llamó a El Ratón por su nombre y con un 'Ven acá, hijito, ponte a las órdenes del capitán'.

“'¿Con mi coche, mi coronel?'. 'No, solito, es decir, con todo y la gallinita que te robaste'.

“Elías no perdió por esta causa su serenidad acostumbrada ni su jovialidad, al grado de que aún tuvo humor para cerrarme un ojo cuando pasó lento hacia su coche en busca del animalito que ahí había guardado.

“Salieron del garage y no volvimos a saber de El Ratoncito hasta el día siguiente al mediodía, en que como de costumbre, fuimos a la fonda para comer.

“Ahí nos encontramos a la fondera hecha un mar de lágrimas, la que entre sollozo y sollozo nos informó que El Ratoncito, tras lo que habían hecho devolver el animalito a su dueña, lo habían fusilado en una de las tapias del mismo corral donde guardaba los caballos el general Fierro, por órdenes expresas de este mismo jefe villista. 

“De esta manera pagó con su vida una promesa, nuestro grande e inolvidable amigo Elías Tolentino El Ratón, que jamás perdió su jovialidad ni aún en los momentos de ser pasado por las armas.

Continuará...

Extracto de Choferes de la Revolución.
Autor: Luis Jiménez Delgado.
Biblioteca de la Crónica del Estado




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