Friday 09 de December de 2016
»Destacó como abogado, orador y consejero de los revolucionarios  

Lauro G. Caloca, defensor de las clases populares 

Ezequiel Ávila Curiel      23 Aug 2014 20:02:03

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  • Recordamos al teulense a 131 años  de su nacimiento. (Las imágenes pertenecen al archivo personal de Ezequiel Ávila Curiel, cronista del Teúl de González Ortega). (Cortesía) Recordamos al teulense a 131 años de su nacimiento. (Las imágenes pertenecen al archivo personal de Ezequiel Ávila Curiel, cronista del Teúl de González Ortega). (Cortesía)
  • Nunca olvidó los ideales que fueron el motor de la Revolución. (Las imágenes pertenecen al archivo personal de Ezequiel Ávila Curiel, cronista del Teúl de González Ortega). (Cortesía) Nunca olvidó los ideales que fueron el motor de la Revolución. (Las imágenes pertenecen al archivo personal de Ezequiel Ávila Curiel, cronista del Teúl de González Ortega). (Cortesía)
  • El teulense fue diputado federal en dos ocasiones y senador en tres. (Las imágenes pertenecen al archivo personal de Ezequiel Ávila Curiel, cronista del Teúl de González Ortega). (Cortesía) El teulense fue diputado federal en dos ocasiones y senador en tres. (Las imágenes pertenecen al archivo personal de Ezequiel Ávila Curiel, cronista del Teúl de González Ortega). (Cortesía)
  • Lauro Gutiérrez Caloca nació el 18 de agosto de 1883 en San Juan del Teúl, en el seno de una familia de valientes que comulgaban con la justicia social. (Las imágenes pertenecen al archivo personal de Ezequiel Ávila Curiel, cronista del Teúl de González Ortega). (Cortesía) Lauro Gutiérrez Caloca nació el 18 de agosto de 1883 en San Juan del Teúl, en el seno de una familia de valientes que comulgaban con la justicia social. (Las imágenes pertenecen al archivo personal de Ezequiel Ávila Curiel, cronista del Teúl de González Ortega). (Cortesía)
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Al  hablar de Lauro, como de todos los Caloca, no se pretende crear más héroes ni mucho menos héroes angelicales, que de sus virtudes y defectos supieron más sus contemporáneos y de las consecuencias de sus actos, sabemos mucho más nosotros.

Aunque la historia no le ha hecho toda la justicia que se merece, es digno de tomarse en cuenta como a otros que quizá para esto tuvieron mejor suerte.

Dice su biógrafo, Ernesto Zertuche, que casi siempre que menciona a los Caloca se le interrumpe para preguntarle ¿Los qué? El lector se hará la misma pregunta, pero hay algo que los Caloca, y en el caso, Lauro, aportó y es muy necesario hacerle justicia, pensemos lo que pensemos aún de la misma Revolución Mexicana.

Lauro perteneció a esa familia, ante todo de revolucionarios honestos, valientes, entregados y apasionados por los ideales democráticos y de justicia social.

Hablar de Lauro Gutiérrez Caloca es hablar del abogado, orador brillante, consejero de los revolucionarios como tantos otros que prestaron sus servicios a la causa, apasionado predicador de las luchas campesinas y el verdadero fundador de la Escuela Rural.

Es hablar del amigo de Villa, de Obregón y de un negociador entre los revolucionarios.

Fue un líder de las causas populares, vivió y actuó en las tres etapas del movimiento revolucionario de 1910, primero en la Escuela Normal  de Zacatecas y luego en el Instituto de Ciencias.

Convocaba multitudes, distinguiéndose por su defensa de las clases populares, señalando injusticias y arbitrariedades.

Manejaba con habilidad y relevancia temas sociales, políticos y económicos.

Durante la jornada dio contenido a la Revolución  en el periódico que él mismo fundó: El Insurgente, órgano de las fuerzas del general Pánfilo Natera.

En él escribía casi a diario y sobre todo en la plana editorial, lo que debía ser el reparto de tierras y en su columna, La pura hambre, mostraba lo que debe entenderse por justicia social, ideales que defendió también con las armas y defendería después con solidez y energía durante toda la etapa postrevolucionaria en sus innumerables intervenciones  como senador y diputado en elocuentes cuentos que le valieron el título de El Cuentista Parlamentario.

Baste leer sus intervenciones en las Cámaras para darse cuenta de su calidad revolucionaria, de su integridad, de sus ideales que mucho ayudarían a tanto falso revolucionario que ya en su tiempo lo consideraban populachero por ser auténtico y claro en sus propuestas y decisiones.

Alguien al aquilatar lo idle  Caloca, exclamó con lo mejor de sus convicciones: “Caloca es el paladín mexicano de las afirmaciones irreductibles” y un periodista que lo entrevistó al salir del Parlamento, escribió: “Cuando el senador zacatecano habla, lo hace para castigar y desvestir; hoy, cuando le preguntamos que si México debía reanudar relaciones diplomáticas con Inglaterra, nos dijo que no, ‘porque las democracias están sumamente agrietadas por su contenido histórico, al grado de que no han sabido si estar con Stalin o estar con Hitler.

‘El defecto de las democracias, cuyo representativo principal es Inglaterra, es que se hallan de rodillas ante el concepto abstracto de libertad.

‘Pero la libertad y la justicia no existen sino sólo para los dioses, al hacer esta afirmación, es preciso aclarar que la fisonomía específica del socialismo es la dictadura, y de la libertad, la anarquía, lo cual, como demócratas nos tiene más que perdidos desde el punto de vista ideológico”’… 

Esto que fue muy comentado a nivel nacional e internacional, pues se estaba en la etapa crítica de la segunda Guerra Mundial, nos puede dar una idea de la calidad de este no solo revolucionario, sino de pensador teulense zacatecano.

La escuela rural
En 1922, el Universal decía: “Hoy salió José Vasconcelos a Tecamachalco, Puebla, para inaugurar una biblioteca que él mandó instituir como secretario de Educación Pública. Lo acompañaban varios colaboradores, entre otros, Aurelio Manríquez. Coincidentemente Caloca, en representación de Ramón P. Denegri, secretario de Agricultura y Fomento, iba en el mismo tren a restituir unas tierras a los habitantes”.

En la plática, según Figueroa Torres, Vasconcelos pregunta a Caloca:


“-¿Qué opina usted de la escuela?

“-¿Qué escuela?

“-La escuela elemental de niños.

“-Hay dos clases de escuela: la urbana y la rural. Desde que Valentín Gómez Farías le quitó al clero la escuela urbana para incorporarla al Estado en 1833, ha sido atendida más o menos; en cambio, la escuela rural no tiene una puerta dónde tocar.

“Por lo tanto, si usted quiere ser realmente un secretario de Educación Pública, debe consagrarse por entero a la escuela rural, dejando la urbana a los gobernadores de los estados”.

Desde entonces, dicen sus biógrafos, Vasconcelos solicitó a Denegri su apoyo a fin de que Caloca se entregara de lleno a la eminente faena.

Luego, Lauro convencerá a cada uno de los diputados para que apoyen el presupuesto de Escuela rural y cultura indígena.

Imposible, contar los pormenores, pero él pensaba que la educación  se debía hacer por misioneros como Motolinía como Bartolomé de las Casas, como Margil de Jesús y por eso pidió y envió 300 misioneros y  3 mil maestros rurales aún contra la voluntad de Vasconcelos.

Cuánto nos ayudaría ahora una reforma educativa con el espíritu de Lauro.

El teulense fue crítico ante los poderosos y con ideas claras sobre las causas profundas de las cosas; cuando Obregón señalaba que el problema de México era agrícola y pidió su opinión a Gutiérrez Calola, le contestó:  “Yo opino como usted, pero el problema del Estado no solo es administrativo, sino también espiritual, histórico y de justicia…

“Como puede ver, al insurgente le debemos el logro del poder público y al reformador la libertad de conciencia. Parecería -tal era la creencia del reformador- que estábamos a mano con España, sin embargo, faltaba recuperar la riqueza del país.

“Más tarde, con motivo de los 30 años del gobierno porfirista, el país se ve envuelto en una lucha de la que somos partícipes. El motivo ya lo conocemos: sufragio efectivo. No reelección.

“Pero ¿se ha fijado en lo que repite aquí y allá el campesino? Dice con el alma hecha pedazos: ‘Yo peleé por la Independencia, me batí en los campos de batalla, pero dígame, ¿qué gané? Heme aquí como en los tiempos de la Conquista y de la Colonia, mugroso, garriento, muerto de hambre, pobre, ignorante, desgarrado y después de tantas aventuras, de tantas tragedias, ¿qué gané?

“’He sido escarnecido, abofeteado, y ahora me traen de nuevo, ¿para qué? Para seguir viviendo como bestia’. ¡No, señores! Ya llegó nuestra hora: pedimos, por la buena o por la mala, tierra y justicia.
El problema sigue siendo espiritual, histórico y de justicia”.

Lauro nace en San Juan Bautista del Teúl el 18 de agosto de 1883. Se inscribió en la hoy Escuela Normal Manuel Ávila Camacho  y en el Instituto de Ciencias.

Fue dos veces diputado federal y tres veces senador de la República, y en varias ocasiones, gobernador de diferentes lugares.




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