Sunday 04 de December de 2016

Los fundados temores del gobernador de California

J. Luis Medina Lizalde      30 Jul 2014 21:00:04

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Gabriela Cuevas, senadora panista, jamás imaginó que su entusiasmo privatizador sufriría un descontón cuando elogió la reforma energética que, según su optimismo, colocará a México “dentro de las 10 economías más poderosas del mundo”.

En el marco de la visita al Senado de Edmund G. Brown, gobernador por segunda ocasión de California, al escucharla, este sugirió al gobierno y al Congreso “mano dura” en la regulación de empresas petroleras y eléctricas que invertirán en México; de no hacerlo, dice el político gringo, “ se los comerán vivos”.

California experimentó en carne propia la entrega a intereses privados de los energéticos cuando el consumidor que pagaba 60 dólares mensuales de súbito tuvo que pagar más de 500 y las arcas de su estado tuvieron que destinar 10 mil millones de dólares a moderar la catástrofe.

Si eso sucede en un país que lleva ante tribunales a los poderosos cuando son pillados cometiendo delitos, ¿podrá un país como el nuestro recurrir a la mano dura para que los inversionistas extranjeros “no nos coman vivos” cuando el estado de derecho es tan solo un buen deseo?

Lo primero que viene a la mente como factor en contra es el hábito de negociar la aplicación de la ley por motivos políticos. Pensemos en el dramático giro que dio el caso de Amado Yáñez, de Oceanografía, cuando el PAN condicionó su apoyo a las reformas al cese de lo que ellos llamaron “campaña de linchamiento”.

Además de la disimulada marcha atrás de la PGR, lograron que la gran prensa dejara de sacar los trapitos al sol que el escándalo puso al descubierto, correspondientes a los 12 años de estancia panista en Los Pinos.

La desaseada exculpación de Mamá Rosa, pese a abrumadoras evidencias incriminantes cuando en su defensa sale Fox y los intereses que representa, es otro ejemplo de torcimiento de la ley.

Les pegan donde más duele
Sobran los ejemplos que demuestran que en México la capacidad de regulación efectiva del Estado es débil no solo ante los poderosos inversionistas extranjeros, sino ante intereses infinitamente menores, debido principalmente a la vulnerabilidad de la clase gobernante ante el chantaje.

El jefe del cártel michoacano Los Templarios, conocido como La Tuta, sobrevive en libertad no gracias a su poder de fuego, sino a su conocimiento de la política a la mexicana.

En estos días circula profusamente por las redes otro video donde se muestra la familiaridad lograda entre el escurridizo narcotraficante y Guillermo Vallejo, hijo del gobernador de Michoacán con licencia, Fausto Vallejo.

No se necesita ser doctorado en ciencias políticas para ver en la filtración del video la clara advertencia que La Tuta les hace a los corrompidos políticos: “si caigo yo, caen ustedes”. Se explica con eso la incapacidad, hasta ahora, de sus perseguidores para echarle “el guante”.


El caso de Fausto Vallejo sirve para ilustrar la debilidad de las instituciones que tanto lucro indebido le brindará a las empresas energéticas que se beneficiarán de las reformas. El político michoacano gozó de muy buena fama pública antes de su desastrosa gestión como gobernador, fama lograda con tres periodos como presidente municipal de Morelia.

Sin duda, los años y las enfermedades le restaron capacidad, pero lo que en verdad lo ató de manos fue la irresponsabilidad de su hijo Guillermo al jugar con fuego y quemarse junto con su papá.

Podemos entender que la conducta de Guillermo Vallejo rebasó a su padre, como sucede en tantas familias; al hacerlo, se facilitó pegarle al gobernador donde más le duele a cualquier mortal.

Su separación del gobierno fue interpretada por muchos analistas como el precio a pagar a cambio de la impunidad del hijo problemático, a lo mejor condicionada a que en lo sucesivo se portara bien.

Fiebre de familias reales
Si a Fausto Vallejo lo rebasó un hijo imprudente, no es el caso de muchos otros gobernantes que también tienen en los parientes su punto débil al permitirles ejercer atribuciones que no les corresponden.

Cuando los seres queridos de un gobernante violan la ley para hacer negocios chuecos, el gobierno pierde capacidad de imponer la ley y cuando la ley no rige, se vive como en la selva: bajo la ley del más fuerte.

Los temores del gobernador de California son compartidos por quienes conocen la debilidad extrema de un régimen que se sostiene en la corrupción. Edmund G. Brown no descubre nada que no sepa el ciudadano medianamente informado.

Su inusual franqueza más bien parece una indignada, pero diplomáticamente envuelta respuesta al cretinismo de una clase política que teje fantasías que Salinas de Gortari vendía con más talento.

Nos encontramos el lunes en El recreo.




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