Monday 05 de December de 2016
»Memorias de un taxista  

Los mártires 

Redacción      23 Feb 2014 00:30:59

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Serían las 3 de la mañana del 21 de febrero de 1913, cuando tocaron la puerta de mi humilde vivienda de la Calle de la Amargura. Las llamadas eran fuertes y precipitadas. Por el momento pensé que los golpes serían en la puerta de al lado, en las de mis vecinos, por lo que regular eran trasnochadores y bullangueros, pero una nueva y más sonora sucesión de golpes dados contra mi puerta disipó mis dudas.

Medio vestido me acerque a la puerta y sin abrirla inquiría: -¿quién?
-Yo- contestaron afuera. Soy Manuel, El Comas, abre pronto. Apenas si había reconocido la voz de mi compañero de trabajo, otro chofer como yo del Sitio de la Avenida Juárez. Abrí sin recelo y pasó Manuel, venía densamente pálido y en
extremo distinto de cómo él era, reposado, juicioso e inalterable.

Ya dentro y tras de recomendarme que cerrara bien la puerta, dijo: -Dispénsame que haya venido aquí a tu casa a estas horas, pero figúratelo que me pasa: ¿Te acuerdas de ayer en la tarde fueron al sitio dos señores y ocuparon mi coche y el de Ricardo El Caloca?

-Si me acuerdo, cómo no- contesté.

-Bien, pues esos dos señores nos llevaron a Palacio nacional ordenándonos que entráramos al Patio Central y que colocáramos los autos junto a la Independencia. Ellos se metieron por ahí, no sé donde y después de largo tiempo de espera, vino un Oficial de Rurales y nos recomendó que siguiéramos esperando, que pronto habrían de desocuparnos.

Esto sucedía como a las nueve de la noche, y tres horas después, como había terminado ya el entrar y salir de los Oficiales en el Patio Central, a la media noche aquello quedó solo y no se oían más que los pasos del centinela de la Puerta Principal.

Momentos después, un grupo de personas, casi todos rurales, apareció en la Arquería entrando al Departamento de Intendencia y poco después volvían a salir con dos hombres a cuestas, como si fueran fardos.

Uno a uno estos dos hombres inanimados fueron introducidos a los autos, uno en cada coche y acomodados en el asiento posterior. Venían envueltos en cobijas y por esta causa nos fue imposible identificarlos. Al lado de cada hombre fardo se acomodaron oficiales de rurales y se nos ordeno partir.

Inmediatamente tomamos la Calle de La Moneda, pasamos por San Lázaro y seguimos camino de Texcoco, hasta antes
de llegar a la Escuela de Tiro, pasamos por frente de la Penitenciaria y le dimos vuelta al Edificio por el lado Norte hasta la espalda; ahí se nos ordenó detenernos. Acto contínuo procedieron a bajar los cuerpos, y ya en el suelo les quitaron las cobijas y les dieron un tiro en la cabeza a cada uno. Hasta entonces pudimos identificar a estas gentes que eran nada menos que el Sr. Madero y el Sr. Lic. Pino Suárez.

Después, un rural de muy baja estatura, gordo y muy moreno que parecía el Jefe, dijo a otro:….Y éstos qué…?

Al principio creí que se refería a los cadáveres, pero nó, era de nosotros de quien se trataba. Entonces el rural aludido contestó: -Ya sabes… y como si todos se hubieran puesto de acuerdo previamente, echando mano de sus armas empezaron a disparar sobre los coches, haciendo blanco en primer término sobre el Pirles-Packar que traía Ricardo y que había llevado la delantera desde un principio. Yo creo que a él lo mataron, porque no lo vi correr, cosa que yo hice saltando fuera del coche por el lado contrario y protegiéndome así mientras me alejaba casi a rastras, ayudado por la oscuridad y el alto zacatón del llano que hay a la espalda del Edificio, y aquí estoy, manito, pero creo que me buscarán para matarme, a fin de que no hable…. 

Procuraremos calmar la excitación de Manuel, asegurándole que ahí estaba bien seguro y que no habría motivo para creer que hasta ahí lo fueran a perseguir.

Duro cinco días en mi casa sin salir para nada, y mientras tanto lo estuvimos interiorizado de los acontecimientos del exterior, y la madrugada del sexto lo acompañe a Santa Clara para que en esta Estación abordara el tren que va a Veracruz sin contratiempo.

Desde entonces jamás he vuelto a vera mi amigo Manuel El Comas, como cariñosamente lo llamábamos en el Sitio.




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