Monday 27 de February de 2017

Los papas

Juan Carlos Ramos León      4 May 2014 20:30:05

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La verdadera grandeza de un hombre radica en la sencillez de su alma. Esta característica ha sido evidentemente un factor de peso en la decisión de los señores cardenales que han elegido a por lo menos los últimos tres papas.

La reciente canonización de Juan Pablo II me hizo recordar gratísimos momentos en los que tuve la oportunidad de asistir a ceremonias públicas con él.

Tenía un carisma inigualable y un halo de santidad siempre lo rodeaba. En la Jornada Mundial de la Juventud en París, en 1997, duplicó la cantidad de asistentes que se esperaban para la misa de clausura desquiciando con ello a los organizadores.

En Cuba, en su encuentro con los jóvenes en enero de 1998 en Camagüey, hubo quienes se treparon a los árboles para poder verlo; durante la homilía, un grupo de mexicanos que estabamos relativamente cerca del altar lo interrumpimos con una porra; no puedo olvidar el momento en que despegó los ojos de los papeles que tenía en sus manos como para buscarnos con la mirada y sonriendo dijo “¡Ra, ra, ra es mexicano!; ustedes, ¿son cubanos que parecen mexicanos o son mexicanos que parecen cubanos?”

Una jovencita cubana que no alcanzaba a verlo cuando arribó al lugar se puso a saltar histérica, me tomó muy fuerte del brazo y me dijo: “grandote, por favor, ¡cárgame!”.

Solo un gigante como Juan Pablo II podía despertar tanta esperanza a un mundo tan ensombrecido por el egoísmo.

Y, después de él, llega otro coloso de la fe: Benedicto XVI. Impresionante teólogo, hombre de gran preparación y conocimiento que, sin tener el carisma de su predecesor, fue el indicado para conducir la barca de Pedro por aguas turbulentas en ese momento de la historia.

Si bien uno de los méritos de Juan Pablo II fue persistir hasta el final, aun cuando los signos evidentes de sus padecimientos no le permitían siquiera hablar, yo opino que el mayor de los méritos de Benedicto XVI ha sido su decisión de retirarse dada la precariedad de su condición física. Se requiere de mucha humildad para reconocer que ya las fuerzas te empiezan a abandonar.

Y ahora Dios coloca al frente de su Iglesia a un hombre de la talla de Francisco. ¡Qué gran regalo para la humanidad!

Es mucho lo que se puede contar de él a apenas un año de su ministerio; a mí en lo particular me impresiona un hecho reciente en el que, espontáneamente, se arrodilló frente a un confesionario para recibir el sacramento de la reconciliación de un sacerdote común y corriente.

Hay muchos necios que son incapaces de ver tanta grandeza detrás de estas sotanas blancas y que solo se enfocan en el escándalo que a veces se cierne en torno a ellas, pero hay que comprender que sus ideas son incapaces de atravesar su corazón en su paso de la mente al papel.




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