Saturday 03 de December de 2016

Manifestaciones de escasa cultura

Éric Nava Muñoz      12 Sep 2013 22:50:02

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La carnicería, Eder Castillo, 2010. (Cortesía)
La carnicería, Eder Castillo, 2010. (Cortesía)
En el número de agosto de la revista Letras Libres aparece un artículo de Avelina Lésper titulado Del pop art al populismo. La intención general, parece, es mostrar que el arte contemporáneo carece de “buena factura” y “talento”.

Más allá de las críticas que recibió la revista por publicar a Lésper (mal haría en excluirla cuando se asume como una publicación liberal) o la superficialidad de sus argumentos, llama la atención un fragmento del párrafo inicial, a continuación:

“[Los artistas contemporáneos] Utilizan taxis, figuritas de santos de plástico, anuncios de carnicerías, que fuera del museo son manifestaciones de escasa cultura, pero que apropiadas por un artista y dentro del museo, se legitiman, se revalúan y son arte.”

Subrayo: Manifestaciones de escasa cultura. Cuánta arrogancia hay en esta frase.

En principio, supone una desigualdad basada en una escala de... ¿conocimiento?, ¿educación formal? ¿Una separación de clase definida por la posibilidad, o no, de tener acceso a las “manifestaciones de basta cultura”?

Vaya usted a saber qué es eso de alta y baja cultura.

Tomemos la música, por ejemplo. ¿Qué es alta cultura, la ópera o el musical de Broadway? ¿Dónde ponemos al rock punk y la polka?

¿Cuál es el criterio para jerarquizarlos? ¿El lugar donde se escuchan? ¿El tiempo que requirió componer una pieza? ¿Su antigüedad?

La historia, gestión y crítica de las artes han creado géneros que no tienen mayor finalidad que la de esquematizar narrativas, segmentar públicos o establecer características generales que facilitan la comunicación.

Gracias a estas categorizaciones, no es necesario explicar qué es un corrido ranchero cada vez que hablamos de ello. Sabemos cuáles son las diferencias entre la salsa y el danzón, un retablo y un exvoto, entre el dibujo y la pintura.

También permiten las comparaciones, siempre subjetivas y parciales: podemos discutir cuál es la mejor marcha militar del siglo pasado, la reliquia más tradicional del barrio o el rotulista más original de la ciudad.

El problema no es que Lésper prefiera la pintura figurativa o que no le guste el arte contemporáneo.

Lo verdaderamente preocupante es la intolerancia, compartida por sus seguidores, frente a lo distinto y, como vemos en el segmento citado, la pretensión de que las artes son, o deberían ser, una manifestación superior al resto de las actividades humanas.

A quienes hacemos gestión artística, nos gusta creer que es así, pero la realidad se encarga contradecirnos. La única tarea de las artes es tomar elementos de la cultura y devolvérnoslos transformados para mostrarnos que el mundo puede ser de otras maneras.

Cultura es identidad, todo lo que nos hace ser quienes somos: comida, vestido, tradiciones religiosas, lenguaje, trabajo, ocio, rituales, etc.

En un universo tan complejo, resulta pedante distinguir entre cultos e incultos.

No son mejores personas quienes van a un museo o los que hacen parkour: son diferentes, y en la diferencia está la riqueza.




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