Wednesday 07 de December de 2016

Me toca a mí 

Juan Carlos Ramos León      25 May 2014 21:40:10

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Esta semana estuvo en boca de todos el despreciable caso de bullying a una jovencita cuyos cobardes agresores, como si de una obra de arte se tratara, tuvieron el detalle de recoger en video y mostrarlo orgullosos al mundo a través de la web.

La noticia acaparó la atención, inclusive, de la prensa nacional, causando total indignación y un sinnúmero de condenas públicas.

De entre los muchos comentarios que se vertieron al respecto, me llamó particularmente la atención uno que leí por ahí que decía más o menos así: “esto ya se está saliendo de control, alguien debería de hacer algo”.

Como siempre, los seres humanos adoptamos la postura de “ahí está el problema, pero pues que lo resuelva alguien más, ¿no?” Yo tengo la firme convicción de que si todos somos parte del problema todos debemos de ser parte de la solución y, en esta materia ese “alguien debe de hacer algo” lo transformo en un yo debo de hacer algo y tal postura me lleva necesariamente a preguntarme ¿qué estoy haciendo o qué debería de hacer al respecto?

Me resulta increíble de creer que en pleno siglo 21 todavía existan cavernícolas que les aplauden a sus hijos cuando humillan e incluso agreden físicamente a otros niños. “¡Ese es m’hijo!” le dicen orgullosos. Y es que en bajezas como esta hay dos partes: una victimada y otra victimaria, y el bullying solo nos preocupa cuando estamos del lado de la víctima, pero nunca nos detenemos a pensar si en algún momento, voluntaria o involuntariamente hemos sido nosotros los victimarios o si, por ejemplo, un hijo u otro familiar nuestro lo está siendo para los demás.

Estas conductas torcidas difícilmente pueden enderezarse; más bien suelen castigarse, pero pues el daño ya está hecho. Lo ideal es que se eviten y esto solo se logra mediante la educación en el respeto a los demás, la tolerancia y la formación de la virtud de la humildad.

No hay peor condicionante de la conducta que un mal ejemplo. Si frente a nuestros hijos le gritamos al que nos atiende mal, por ejemplo, en un restaurante, y adoptamos constantemente actitudes altaneras con los que, derivado de las circunstancias son más débiles, lo único que conseguimos con ello inflar el ego de nuestros hijos hasta llegar a hacerles creer que son superiores a los demás convirtiéndonos así en autores intelectuales de fechorías como ésta que tan mal sabor de boca nos deja.

Si hoy, ciudadano de a pie, te indigna también lo sucedido, no pases por alto el hecho y dedica a revisar qué es lo que tú estás haciendo al respecto. No solo te lamentes y esperes a que “alguien haga algo”. Te toca a ti. De ti depende.




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