Monday 05 de December de 2016

¿Menos mal…?

Mara Muñoz Galván      2 Sep 2014 21:30:01

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La infibulación o mutilación genital femenina es una clara aberración promovida por grupos islámicos extremistas, sobre todo en países de África como Sudán.

Sin embargo, ha surgido la noticia de que el llamado Estado Islámico quiere que se extienda al norte de Irak, en donde este grupo pretende instalar su ley, en contra del intervencionismo extranjero en este país de oriente, ahora en ruinas tras años de ocupación y guerra interna.

Diversas voces se han levantado en todo el mundo en contra de estos grupos que pretenden instalar sus prácticas religiosas como ley, en clara violación a los derechos humanos, fundamento del desarrollo de las sociedades occidentales.

Poner el dedo en la llaga desde países tercermundistas levanta sospechas en muchos analistas: no son pocos los que dicen que es un error ver la paja en el ojo ajeno antes de ver la viga en el propio.

El relativismo en el análisis sobre derechos humanos de las mujeres no tiene sentido. Decir que es peor o mejor lo que sucede en sociedades amenazadas por leyes de carácter religioso que violentan a las mujeres que los feminicidios en México es una falacia.

Las mujeres no estamos mejor en México porque podamos usar minifalda en las calles. De igual manera, las mujeres bajo leyes de estos grupos, las cuales ordenan sean mutiladas en sus órganos sexuales desde niñas para disminuir su libido, no están peor que los cientos de mujeres mutiladas y asesinadas en nuestro país.

Las mujeres en cada parte del mundo se enfrentan a realidades diversas que las condenan a la discriminación y violencia.

En México las mujeres nos enfrentamos a la imposición de un modelo de desarrollo que ha generado la ruptura de vínculos sociales en un ambiente de violencia institucional, social y doméstica.

Mientras, en países como Irak las mujeres tienen que enfrentar la violencia de grupos radicales surgidos en parte por el intervencionismo occidental.

Pensar que las mujeres en el Tercer Mundo no podemos levantar la voz contra la violencia hacia las mujeres en otros lugares es un recursos retórico que desconoce la universalidad de nuestros derechos.

El movimiento de mujeres, así como el feminismo, han servido como punta de lanza para condenar aberraciones de todo tipo.

No importa que el agresor se disfrace de religión exigiendo pureza y virtud o de patrón en una maquila imponiendo horarios de 12 horas en condiciones que condenan a la pobreza, marginación y violencia.

Algo que tenemos en común las mujeres que viven bajo leyes islámicas y aquellas que vivimos bajo la ley del libre mercado y la corrupción es que nuestros verdugos se disfrazan de bondad: te mutilo de niña para que seas “buena” mujer o te pago una miseria para poder sostener tu fuente de empleo y no despedirte.

En todo caso el patriarcado dice protegernos bajo sus reglas del juego. No hay que estar en los zapatos de las mujeres que sufren abusos para practicar el afidamento -solidaridad entre mujeres- o defender los derechos humanos de las mujeres.

Una vez que observamos bajo el enfoque de derechos humanos de las mujeres, ¿Quién se atrevería a decir: menos mal que estamos en… cualquier lado?




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