Sunday 04 de December de 2016

Mi delito... no quererme 

Ivonne Nava García      23 Aug 2014 19:26:54

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Las relaciones de pareja complicadas son muy frecuentes.

Desgraciadamente, muchas de ellas se tornan violentas y terminan en la comisión de un hecho delictivo, por lo general por lesiones, violencia familiar, inclusive en contra de la integridad sexual y en el peor de los casos, existen hijos que, a fin de cuentas, son los más afectados.

Esta historia habla de una pareja que destruyó no solo su relación, sino también a su familia. El “amor” obsesivo de él hacia ella culminó con un delito de consecuencias muy lamentables.

Dependencia
“’No puedo vivir sin ti, no soportaría tenerte lejos’. Me parecía muy romántico que me lo dijera. Después de ir a terapia, comprendí la situación en la que estaba. Sé que tengo la autoestima muy baja, me consideraba muy poca cosa y yo temía perderlo.

“Me daba mucho miedo que se fuera porque sentía que nadie se iba a fijar en mí. Él me decía constantemente que yo le gustaba mucho como mujer y sé que eso es lo que lo tenía a mi lado.
“Había ocasiones que yo no quería cumplir mis obligaciones maritales con él. Empezaba a chantajearme, a decirme que si ya no lo quería, se hacia el ‘molesto’ porque ‘no lo amaba lo suficiente’.

“Muchas veces terminaba cediendo a lo que él quería y parecía que eso lo ponía más frenético porque mientras más me negaba, más insistía. Lo peor del caso es que me obligaba muchas veces a tener relaciones sexuales, él me forzaba o me chantajeaba.

“A decir verdad, muchas veces no lo deseaba y no disfrutaba estar con él, por cómo se ponía. Me sentía usada porque terminaba haciendo cosas que me parecían muy desagradables. Llegué a traicionarme a mí misma porque yo en verdad no quería hacer lo que me pedía, pero cedía por su insistencia y por ese miedo a perderlo y que fuera a buscar a otra parte lo que él necesitaba.

“Me llegó a decir muchas veces que desde que nos casamos éramos uno solo y que mi cuerpo le pertenecía; me decía ‘ya no es tu cuerpo, es de nosotros’. Todo eso me ponía mal, me hacía sentir triste.

Para todo le tenía que consultar: para la ropa que debía usar, para salir le tenía que pedir permiso. Me obligaba a estar encerrada con llave y con cadena en la reja de la casa. Me decía que yo era una tentación para cualquiera y que mejor así”.

Ropa seria
“Solo pantalones negros y mangas largas podía usar. En tiempo de calor le decía que quería ropa fresca; me compraba ropa más grande para que me quedara holgada y no me diera calor. No me permitía maquillarme, solo en la noche, cuando él iba a llegar.

“Pero en el día tenía que estar con la cara lavada. En la habitación me obligaba a usar tacones altos y minifaldas. Me decía que solo para él. Cuando nos conocimos, yo era una muchacha normal. Usaba ropa como todas, pero cuando nos casamos cambió drásticamente”.

Los golpes
“Él decía mucho ‘amar es ser sumisa y esclava’. Un día se me ocurrió decirle que eso no era verdad. No me lo esperaba, simplemente me dio una cachetada de ida y otra de regreso diciéndome ‘te atreves a contradecirme’. Me agarró del cuello y con uno de sus dedos me picó con mucha fuerza debajo de la garganta.

“Me dolió muchísimo y sentí mucho miedo. Me jaló del cabello y me llevó a la recámara. Me aventó a la cama y me empezó a pegar con el puño cerrado. Después de eso, se salió del cuarto y yo me quedé ahí llorando.

“No sabía qué hacer, quería irme lejos de ahí divorciarme, dejarlo para siempre. En eso regresó. Se mostró tan arrepentido, se hincó de rodillas para pedirme perdón. Me decía que nunca jamás lo volvería a hacer y su frasecita: ‘no puedo vivir sin ti, no soportaría tenerte lejos’. Lo perdoné”.

La reconciliación
“Un tiempo estuvimos muy bien. Platicábamos mucho, me contaba de su trabajo y me decía que yo era lo mejor de su vida. Yo pensaba que me decía eso por lástima. Yo me vía fea y flaca, no me gustaba mi cuerpo, ni mi cara. Me sentía tonta y también ignorante.

“Para ese tiempo él estaba estudiando una maestría y yo solo tenía la prepa. Aun así, estaba feliz de que un hombre como él me tuviera a su lado. Estábamos en plena reconciliación y todo era muy bonito. Él hacía todo lo que yo no podía hacer y yo me encargaba de tener la casa limpia y siempre hacerle su comida favorita.

“Sin embargo, cuando él se iba, yo me sentía muy sola y muy triste. Empecé a beber. Eso me hacía sentir mejor, más animada y con euforia para cuando él llegaba. Sí lo notó, pero le pareció muy bien. Me dijo que si eso me hacía sentir mejor, que no importaba”.


El embarazo
“Me embaracé y por fin sentí que todo iba a cambiar, que mi matrimonio iba a mejorar mucho. Me dijeron que serían gemelos. Conforme avanzó mi embarazo, me fui poniendo delicada y tenía que estar mucho tiempo en reposo.

“Al principio él estaba feliz, pero después me tenía que cuidar mucho y no podía tener relaciones con él. Eso ya no le gustó. Empezó nuevamente a estar muy enojado conmigo, cada vez más. Yo sentía mucha necesidad de tomar, pero quería que mis hijos estuvieran bien”.

Las agresiones
“Un día llegó borracho y a fuerzas quería estar conmigo. Me negué por el riesgo que existía. Nunca creí que fuera capaz de golpearme. Un cable de la plancha fue lo que usó. Yo tenía miedo de que me pegara con la plancha. Tuve que gritar para pedir ayuda. Unos vecinos escucharon y fueron, pero mi marido tenía todo cerrado hasta con candados.

“Mi vecino se brincó a la cochera y fue cuando salió él a abrir la puerta. Yo grité ‘auxilio’, mi vecina le llamó a la policía. Llegó la preventiva y se armó un escándalo afuera de la casa porque mi esposo estaba literalmente atrincherado en la casa. Mi vecino dijo que yo pedía auxilio y temían por mí.

“Fue muy vergonzoso todo. En la madrugada se resaltaban tanto las luces de las patrullas. Mi esposo desde la puerta les decía que ya se había calmado, pero los policías decían que me querían ver a mí para constatar que estuviera bien. Fue por mí y me dijo al oído que si decía algo me iba a matar.

“Me llevó a la puerta de la entrada de la casa pero en eso sentí mucho dolor en el vientre. Tenía siete meses de embarazo. Se me corrió un hilo de sangre por las piernas y los policías se brincaron para ayudarme. Me desmayé y no supe qué pasó. Cuando desperté, estaba en el hospital.

“Me hicieron una cesárea porque los bebés estaban en peligro. Uno de ellos no sobrevivió. Les pedí que me lo entregaran para darle cristiana sepultura. El otro bebito sí, pero duró 40 días en el hospital. Sus pulmones aún no estaban listos ni sus riñoncitos”.

Cuidados intensivos
“Después de la cesárea me puse más grave. Tenía peligro de un infarto y me dio preeclampsia. Estuve tres días en cuidados intensivos. Cuando por fin me dieron de alta, inmediatamente fui a ver a mi bebé.

“Verlo ahí tan pequeñito y tan indefenso, lleno de tubos y con sus ojitos cerrados me partían el corazón. Le tomé una foto para írsela a enseñar a su padre que estaba en la cárcel y viera el daño que nos había hecho”.

Lesiones calificadas
“Le dieron ocho años por lo que ocurrió. Estuve mucho tiempo en terapia psicológica para volver a creer en mí. Mi familia me apoyó para estudiar una carrera y por fin estoy trabajando en un hospital.

“Me ha causado mucho dolor ver a tantas mujeres que llegan como yo tan golpeadas por sus maridos, siempre hago todo por ayudarlas porque me veo en ellas”.

Baja autoestima
Las personas que suelen involucrarse en una relación en la que existe violencia son las que poseen baja autoestima, tanto por parte del agresor como del agredido. “Las relaciones en las que existe violencia, abuso físico o psicológico, están conformadas por personas con baja autoestima, que necesitan dominar al otro para validarse o dejarse dominar, ya que sienten que lo merecen”.

“Son personas inseguras, con falta de control de impulsos o que fueron abusados de pequeños las que tienen mayor predisposición a caer en una relación de codependencia y abuso”. La falta de lazos afectivos y algún trastorno en la personalidad también pueden ser factores que lleven a desarrollar una relación de abuso.

Desgraciadamente vivimos en una sociedad que nos bombardea con frecuencia con violencia justificada y aceptada en las familias. Es la educación que recibimos, el machismo como cultura en todos los niveles y si los problemas entre autoridades, países y medios se arreglan con violencia, es difícil romper con esos paradigmas.

Sin embargo, la mejor forma de combatir esos preceptos es siendo congruentes entre la forma en que queremos ser tratados y la forma en la que actuamos y convivimos dentro de la sociedad.




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