Wednesday 07 de December de 2016
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Mi delito... tener miedo

Ivonne Nava García      30 Nov 2013 15:20:21

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El pasado 25 de noviembre se conmemoró el  Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer; sin embargo, existen muchas mujeres sumidas en la desesperación y miedo al ser violentadas por sus parejas. La mayoría no se atreve a denunciar por infinitas razones emocionales.
Esta historia es de una mujer que, en tres años de relación, vivió lo que ella llama un infierno.

El inició
“Soy mamá soltera, tuve a mi hijo a la edad de 18 años. A él lo conocí cuando tenía 22. Me lo presentó una amiga. Fue un chispazo cuando lo vi. Me dijo que tenía 30 años, estaba muy bien vestido y olía muy rico. Intercambiamos números de teléfono. La verdad no pensé que me llamaría, yo era una simple estudiante, mamá soltera. Él, ejecutivo con un carro muy bonito y un futuro prometedor.
“Dos días después me llamó, sentí que mi vida cambió para siempre y, de hecho, cambió. Fueron interminables llamadas y la conquista de lo que yo creí todo un caballero. Flores, salidas, hasta regalos para mi hijo. No lo podía creer. Y además de todo muy guapo.
“Iniciamos una relación de noviazgo. Era mi sueño hecho realidad. Él trabajaba en un juzgado federal, llevábamos escasos tres meses de noviazgo cuando a él lo cambiaron de ciudad. La despedida a mi me dolió mucho, me prometió volver mientras yo terminaba la licenciatura.
“Me llamaba diario y al año exactamente me dijo que vendría por nosotros. Le pedí que me diera tres meses más para titularme, pero no quiso. Al día siguiente estaba aquí. Con prisas y de mal humor llegó. Me dijo que estaba muy cansado por el viaje y yo lo justifiqué”.

Nueva vida
“Él había cambiado muchísimo, ya no era ni remotamente el hombre que conocí. Siempre estaba de mal humor. Tenía momentos muy bonitos y se ponía muy cariñoso. Me decía cuánto me amaba y de hacerme sentir en las nubes, las cosas se iban dando de tal manera que terminaba sintiéndome culpable de no sé qué y hasta perdón le pedía por ello.
“Yo fui aprendiendo a calmarlo y aunque me sentía muy mal, fingía ser feliz. Allá yo quería trabajar en mi carrera, primero le dije que si podría conseguirme un trabajo donde él trabajaba. Me contestó que esos trabajos eran para gente inteligente, no para estúpidas como yo. Pensaba que era broma.
“No sé si eso fue el parteaguas para que las cosas empeoraran. Comenzó a limitarme muchísimo con el dinero y me tenía prohibido hacer amistad con las vecinas; sólo podía hablar con la señora que nos rentaba el departamento. Después supe por ella misma que él le pagaba para que le dijera todo lo que yo hacía: a qué hora salía, cómo iba vestida, o sea, si iba muy arreglada y maquillada, si me visitaban hombres”.

Prohibiciones
“Cuando llegaba de trabajar, me interrogaba sobre lo que había hecho, con quién había hablado, cuánto había gastado. Se tornó algo muy incómodo porque le molestaba que fuera a la escuela a recoger a mi hijo. Me prohibió maquillarme, dijo que ahí no se necesitaba porque hacía mucho calor. Pero la contradicción es que no me permitía usar bermudas o faldas cortas, sólo pantalones y blusas sueltas.
“Cuando salíamos, tenía prohibido mirar al frente; caminaba agachada, porque si por algo algún hombre se me quedaba mirando, me decía que yo lo provocaba, que seguro le hablaba con la mirada. Me jalaba de un brazo y mi hijo y yo teníamos que caminar aprisa para retirarnos. Me sentía muy frustrada y prisionera, empezaba a tener miedo y a sentirme mal conmigo misma”.

Golpes
“Un día compré unas revistas. Me las rompió, las tiró, dijo que eso era basura, que no quería volver a verme leyendo ni eso ni nada, que yo nada más estaba ahí para servirle. Esa fue la primera vez, ni siquiera sé cuánto me dolió. El desconcierto, la sorpresa, la desilusión me desestabilizaron por completo.
“No sabía qué hacer, yo había criticado tanto a las mujeres que se dejaban golpear y ahora me estaba sucediendo a mí. Inmediatamente empezó a arrepentirse, a decirme que lo perdonara, que nunca volvería a pasar, que me amaba demasiado y que los celos lo cegaban. Eso se repitió muchas veces, no sé cuantas. Lo peor es que yo siempre perdonaba”.

Pánico

“Tenía permiso de él para usar blusas sin mangas. Con los moretones tuve que empezar a utilizar blusas de manga larga y cuello alto. Las marcas de la cara no las podía ocultar. En la escuela de mi hijo trataban de hablar conmigo, pero yo me iba porque me daba miedo que me fuera a ver hablando con algún maestro y de ahí se hiciera un gran problema.
“El problema es que mi hijo empezó a tener malas calificaciones, me decían que estaba como ausente, que estaba triste. Yo sabía que era por lo que veía en casa. En esa escuela cada mes había juntas y hacían escuela para padres y daban pláticas. Yo iba a escondidas porque a veces salía muy tarde del trabajo. Me empecé a dar cuenta de lo mal que estaba, pero no sabía cómo podía salir de ahí. Le tenía mucho miedo, es más, podría decir que pánico. No era infundado”.

Aislada
“Aunque él me quería tener aislada, tuve la suerte de hacer una amiga en la calle donde vivía. Era una buena persona que me encontraba cuando salía a la tienda. Platicábamos cualquier cosa, pero yo sentía apoyo de ella. La veía como a mi mamá. A mi familia le podía hablar, pero me advertía que si hacía o decía algo, así me iría.
“A pesar de todo, yo sentía que lo amaba, no me imaginaba mi vida sin él. Yo pensaba que él cambiaría, que volvería a ser como era al principio conmigo. El día de nuestro aniversario preparé una cena especial. Estuve juntando dinero como desde tres meses antes. Compré vino, hice una cena italiana y me puse un vestido para esperarlo.
“Desde que entró, vi cómo se le descompuso el semblante. Me dijo que con quien había estado, le dije que era una sorpresa de aniversario. Me dijo que no estábamos casados, que cuál aniversario y que a quién quería hacer tonto. Así me fue, me mandó al hospital. Me rompió un brazo y tenía muchos golpes en la cara. La vecina me cuidó a mi hijo y él mismo me llevó al hospital; me advirtió que debía decir que chocamos con otro vehículo”.

El fin
“En el hospital nos creyeron. Deseaba con todas mis fuerzas que no. Me había fracturado la nariz, un brazo y tenía muchos golpes en todo el cuerpo por las patadas. Resultó que también me había roto el diafragma y me tenían que operar. Tuve que hablarle a mi familia para que me ayudaran a cuidar a mi hijo. Me amenazó que si les decía algo, cualquier cosa, jamás volvería a ver a mi hijo.
“Estaba aterrorizada, no sabía qué hacer. Uno de mis hermanos me dijo que él no se tragaba el cuento del choque, que si eso me lo había hecho ese desgraciado, se arrepentiría porque lo iba a matar. Les conté lo que había sucedido, les pedí que no volvieran a la casa y que sacaran a mi hijo de ahí.
“Días después a él le volvió a llegar cambio de su trabajo a Guanajuato. Me regresé con mi familia con el pretexto de recuperarme, pero me amenazó. Nos regresamos para acá, pero aquí no pudimos poner la denuncia porque los hechos ocurrieron en Tabasco. Aquí en Zacatecas me ayudaron mucho a salir adelante de eso.
“Aún vivo con miedo de que venga y nos haga algo. Ya pasaron dos años, lo denuncié por amenazas porque me llamaba por teléfono para decirme cosas terribles. Él se me mueve bien en ese ambiente y saca amparos. Nunca pensé que me sucedería a mí. El miedo me paralizó, sé que estuve en peligro de que me matara”.

Consecuencias psicológicas
Las investigaciones indican que las mujeres maltratadas experimentan enorme sufrimiento psicológico debido a la violencia. Muchas están gravemente deprimidas o ansiosas, mientras otras muestran síntomas del trastorno de estrés postraumático.
Es posible que estén fatigadas en forma crónica, pero no pueden conciliar el sueño; tienen pesadillas o trastornos alimenticios, recuren al alcohol y las drogas o medicamentos para disfrazar su dolor, o se aíslan y se retraen, sin darse cuenta que se están metiendo en otro problema, aunque menos grave, pero dañino igualmente.

Efectos en el niño
Los menores que presencian actos de violencia en el hogar suelen padecer muchos síntomas que tienen los niños que han sido maltratados física o sexualmente. Las niñas que presencian a su padre o padrastro tratando violentamente a su madre, tienen más probabilidad de aceptar la violencia como parte normal del matrimonio que las niñas de hogares no violentos.
Los varones que han presenciado la misma violencia, por otro lado, tienen mayor probabilidad de ser violentos con sus compañeras como adultos.




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