Sunday 11 de December de 2016

Milagros que suceden

Juan Carlos Ramos León      27 Apr 2014 22:10:07

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Dicen los que saben que cuando a Dios se le implora para que suceda un milagro pueden recibirse de Él tres posibles respuestas: ‘Sí’, ‘todavía no’ o ‘tengo algo mejor para ti’.

Hace poco más de una semana se presentó una desgracia que nos puso a muchos a suplicarle a Dios por un milagro: un grupo de valientes jóvenes misioneros zacatecanos sufrió en Oaxaca un accidente que, hasta el momento, tiene pendiendo del hilo la vida de por lo menos tres de ellos.

No pretendo entrar en detalles por temor a cometer alguna imprecisión, al fin los medios ya se han ocupado de encargarse del asunto. Yo solo quiero compartirles que, por lo menos, un milagro ya sucedió.

Desde que el lamentable suceso comenzó a volverse público una extraordinaria telaraña de oraciones y ofrecimiento de ayuda se comenzó a tejer no solo en nuestro querido Zacatecas sino también en otras partes de este gran país que es México, dejando asomarse ese maravilloso sentimiento de generosidad y amor al prójimo que los que poblamos este pedazo del planeta llevamos en el alma.

Cada quien, según sus posibilidades, ha querido colocar una pieza en este incomprensible rompecabezas, a veces sin conocer los nombres ni las condiciones de los desafortunados protagonistas de esta historia: yo he sabido de negocios que ofrecen la venta de un día para solventar los carísimos gastos médicos que se han derivado; de un grupo de reconocidos estilistas que llevaron su arte y oficio a la vía pública para ofrecer cortes de cabello a precios muy accesibles para donarlos a la causa y hasta de quien, desde el anonimato, ofreció ocuparse de todos los gastos que se lleguen a originar por trasladar a uno de los más graves a Estados Unidos para que los mejores especialistas le arranquen de las garras de la muerte.

Hay cuentas bancarias dispuestas para quien tenga la voluntad de sumarse a lo que es ya un esfuerzo compartido y estoy muy seguro de que se ha logrado acopiar un importante volumen de gestos de desprendimiento, no importa si los montos son altos o bajos, ya que el amor no sabe de medidas.

En este momento yo sigo orando, primero, para que no se extinga la vida de quienes se encuentran luchando de un modo admirable por aferrarse a ella; segundo, para que la rehabilitación de los que resultaron dañados evolucione de la forma menos dolorosa posible y, por último, para que sus familias encuentren un consuelo en la certeza de que su profundo padecer ha representado para todos los que hemos sido tocados de una o de otra manera por este hecho un auténtico milagro de generosidad, empatía y amor sin precedentes, y que así como sus lesiones dejarán irremediablemente una huella en sus cuerpos, también lo harán en nuestros corazones. ¡Fuerza y fe!




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