Saturday 10 de December de 2016

¿Muera la austeridad, viva el derroche?

J. Luis Medina Lizalde      12 Mar 2014 23:00:05

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La cultura de la racionalidad administrativa es decisiva en la economía de los pueblos, las familias y los individuos. La jerarquización de las necesidades como sustento de la escala de prioridades del gasto y la compatibilización de lo de hoy con el mediano y largo plazo resultan de un buen sentido previsor.

La disponibilidad de riqueza suele ser efímera y hasta contraproducente cuando se carece del grado de racionalidad indispensable para lidiar con la misma. Les pasa a los pueblos cuando son gobernados por derrochadores o ineptos; les pasa a las familias y a los individuos.

Desde el lado de los que se insertan en la vida económica como vendedores, nace un interés lógico en influirlo a usted para que compre. En las sociedades contemporáneas, los grandes medios de comunicación se emplean para sembrar en la gente la fiebre consumista que la lleva a comportarse en contra de su propia racionalidad económica.

Tal vertiente de la realidad inspira los esfuerzos de educación masiva que preserve a la gente de inducciones perjudiciales en sus más variadas posibilidades. Lo anterior nos conduce a preguntarnos sobre el grado de racionalidad que se practica desde la administración pública en Zacatecas. ¿Es la insuficiencia de recursos la única razón de las abundantes carencias?

La respuesta es importante por sus efectos directos en la capacidad del gobierno de cumplir sus obligaciones ante la sociedad, pero hay otra razón quizás más importante: el modo de gastar de un gobierno crea mentalidad social a ese respecto.

Lo que premia el ciudadano
En Sombrerete, cuando ocurrió la trágica muerte de su presidente municipal, Juan Ángel Castañeda Lizardo, todo mundo pudo advertir el impresionante duelo popular. Siendo conocido, al igual que Juan Pablo, su hermano y sucesor en el cargo por la participación en las luchas de agricultores y ganaderos; tal reconocimiento parecería natural.

Pero lo que me impactó, al dialogar con amigos vecinos de Sombrerete, fue que todos invocaron la exitosa feria como el argumento que primero se les ocurría para calificar satisfactoriamente el desempeño del edil fallecido, mencionando los nombres de las bandas y grupos musicales programados y los miles de asistentes a los eventos programados.

El presidente municipal de Jerez anuncia el gasto de 35 millones de pesos para la famosa feria; las voces opositoras han calificado de desmesurado el gasto programado, pero Pepe Pasteles, al parecer el más afortunado cultivador de popularidad, intuye que sus bonos crecerán como espuma si la feria satisface las expectativas.

Benjamín Medrano Quezada cimentó su carrera política labrándose una reputación de excelente organizador de ferias en Zacatecas, Nayarit y, sobre todo, Fresnillo hasta llevarla a competir exitosamente con la de Zacatecas. Al capitalizar Benjamín y no el presidente municipal la realización de la feria, se convirtió en figura política por encima de quien lo designó y le suministró los recursos.

Desde hace más de dos décadas, Zacatecas capital es sede del denominado Festival Cultural. Por muchos conceptos, la iniciativa merece perdurar; sin embargo, no podemos dejar de advertir la proclividad del gobernante en turno a “echar la casa por la ventana” contratando figuras comerciales de incierto perfil artístico, pero de asegurada convocatoria por tratarse de personajes de la industria del espectáculo.

La motivación de tales contrataciones, como sucede con las de la Feria del Patrocinio, es la misma que impulsa a Pepe Pasteles a anotarse un éxito rotundo en la cercana fiesta jerezana.


¿Adictos al circo sin pan?
¿Habría una reacción popular adversa si se impusiera una estrategia de austeridad, consistente en hacer lo mismo, pero apoyándose más en la imaginación y talento organizativo que en el dinero?

Es posible que una porción de la sociedad confunda lo caro con lo bueno; son muchos años de promoción de la cultura del derroche. Se nos hace normal que cada vez que inicia un presidente municipal, se compre vehículos de los más apantallantes y que los renueve cada año; que remodele las oficinas, que estrene muebles.

Estos complejos de nuevo rico a los que nos han acostumbrado, los reivindican con el verbo “dignificar”, como si la sencillez fuera un antivalor. Hasta en campañas electorales cuyo caballito de batalla es la denuncia de la pobreza es frecuente escuchar oradores incendiarios rodeados de marginados sociales, que al terminar su intervención se trepan en vehículos de lujo para continuar su labor redentora en el siguiente núcleo de potenciales votantes.

Son muchos años de desprecio por lo austero; como el antiguo pueblo romano, hemos sido educados para gratificar a quienes nos ofrecen espectáculos de goce momentáneo al precio de sacrificar lo urgente y lo importante, pero todo tiene un límite.

Nos encontramos el lunes en El recreo.

 




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