Monday 05 de December de 2016

Muerte cerebral 

Antonio Sánchez González      14 Aug 2014 21:00:07

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El caso reciente de Jahi McMath, la adolescente californiana, fue publicitado extensamente en algunos medios de comunicación masiva y objeto de múltiples discusiones médicas a propósito del sentido del término muerte cerebral. McMath es una joven de 14 años que experimentó daño neurológico devastador después de complicaciones de una amigdalectomía, tras de lo cual adquirió criterios de muerte cerebral. Sin embargo, continuó recibiendo respiración mecánica y alimentación a través de una sonda en su domicilio con financiamiento de fondos privados.

Virtualmente todos los comentarios hechos sobre el caso versaron sobre lo irracional que parecía que su familia insistiera en sostener el soporte vital.

Sin embargo, es probable que esos comentarios hayan ignorado una importante distinción entre lo que significa muerte cerebral desde la visión del fenómeno biológico y el estatus legal. Por más de 200 años, las características esenciales de los organismos vivientes fueron objeto de investigación científica. Hoy, entendemos vida como la capacidad de los organismos de utilizar energía para mantener un estado estable interno.

Cuando un organismo pierde esa capacidad, ha muerto. Esta definición aplica en todo el espectro biológico, desde células simples hasta animales complejos.

La historia de esta joven demuestra la continua y repetitiva falla para conectar los conceptos de muerte cerebral con la definición biológica de vida y muerte.

Desde 1981, se acepta que el término “muerte cerebral” cumple con la misma acepción, porque los humanos en esta situación han perdido la integridad funcional de un organismo como tal. Sin embargo, en las últimas décadas se tienen evidencias incontrovertibles de lo contrario. Muchos individuos con diagnóstico de muerte cerebral pueden mantener funciones “vitales” integrales por periodos prolongados, incluso años. Estas funciones incluyen circulación, alimentación, cicatrización de heridas, lucha contra infecciones, crecimiento y gestación de un feto.

Finalmente, sabemos que la integridad funcional un organismo todo no depende de un organizador central como un cerebro. El extremo se ejemplifica cuando pensamos que el diagnóstico de muerte cerebral no se sostiene en las personas que necesitan una máquina para respirar porque sufrieron una lesión cervical alta que nos les permite respirar espontáneamente pero que sin duda están vivos.

Sin embargo, hay buenas razones para aceptar la extendida definición de muerte cerebral tal como está. Antes del advenimiento de la medicina de cuidados intensivos, cuando la mente cesaba sus funciones también el cuerpo paraba su funcionamiento, por lo que es claro que aunque los medicamentos y los respiradores permiten al cuerpo mantener sus tareas vitales, las capacidades mentales del paciente se han perdido para siempre. Entonces, el individuo en estas condiciones está biológicamente vivo pero psicológicamente ha muerto.

La mayoría de las familias de enfermos en estas condiciones no tienen interés en continuar el soporte biológico cuando comprenden que su ser querido está inconsciente irreversiblemente. Pero, siempre es difícil responder a familias como la de McMath que desean mantener el soporte vital de las funciones biológicas, aunque estén legalmente sin vida.




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