Tuesday 06 de December de 2016

Ni intransigentes ante el mal ni indiferentes ante el mal

Sigifredo Noriega Barceló      22 Jul 2014 22:00:06

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Pudiera ser la lección -en vacaciones- que nos ofrece la Palabra de Dios del domingo. Qué bueno que el Señor nos habla en parábolas. A nosotros, racionalistas (cientificistas, esencialistas, puristas, del todo o nada, jueces implacables…), nos hace bien asomarnos, desde el corazón de la fe, al corazón de Dios para ser compasivos con el corazón humano.

En las comunidades cristianas primitivas hubo quien pretendía que solo los intachables (los puros, los perfectos) podrían formar parte de las mismas. En este contexto hay que leer y releer las parábolas evangélicas del trigo y la cizaña, del grano de mostaza y de la levadura.

Ayer como hoy, hay criados (del momento) que sugieren al amo (del momento) arrancar la cizaña, mejorar la semilla de mostaza para que crezca más rápido, fabricar seres humanos en serie para evitar gente defectuosa. ¿Quién va a dirigir los controles? No es fácil controlar a los que controlan. Más en tiempos de incrédulos y desconfiados. El sueño utópico de la raza perfecta, de la limpieza étnica, de la religión ideal es admirable, pero muy, muy peligroso. Es un mal tratar de exterminar a los malos. La parábola no da la razón a los intransigentes, que quisieran terminar inmediatamente con el mal.

Pero tampoco se la da a los indiferentes, que ya no hacen distinción entre el bien y el mal. A unos y otros nos enseña que no somos los jueces definitivos de la historia.

Hace falta mucha claridad para distinguir el bien y el mal. Así que es preferible que el trigo y la cizaña crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha. Hace falta saber discernir.

“Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha”. No tienen razón los indiferentes. El bien y el mal no se confunden. La cizaña no se convierte en trigo porque le cambiemos de nombre o porque las leyes le concedan un lugar en la sociedad.

La realidad es más terca que nuestras etiquetas. Pero nuestras etiquetas no nos dan derecho a destruir la realidad. Porque nuestros juicios son provisionales e inciertos.

Todos podemos equivocarnos y arrancar el bien cuando pretendemos arrancar el mal. Hace falta un poco de paciencia.

¿Qué paciencia? La de Dios, siempre paciente y misericordioso. Jesús educa a sus discípulos en la paciencia. Les advierte que su Palabra no siempre producirá buenos frutos… Y contra la tentación de arrancar, cortar por lo sano, aplicar la pena de muerte… Lo verdaderamente novedoso es dar tiempo a todos. Al trigo para que sea trigo, a la cizaña para que cambie, al grano de mostaza para que crezca, a la levadura para que fermente.

La paciencia no es para estar con los brazos cruzados. En una sociedad plural en su forma de pensar y de hacer, la paciencia es seguir dando los frutos del Reino en medio de un campo donde hay de todo.

¿Somos así? Dejen que crezcan juntos es novedad divina, no ejercicio de marketing humano. ¡Esperen! Hay que ser muy divinos para ser pacientes activos. Buena tarea para vacaciones y todos los momentos de la vida.




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