Saturday 03 de December de 2016

No es problema técnico, es de voluntad política

J. Luis Medina Lizalde      23 Mar 2014 21:10:07

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El creciente descontento popular contra las manifestaciones de corrupción hace imposible que los gobiernos ignoren el tema cuando menos para dar la apariencia de que la combaten. Se crean leyes, se inventan instancias apoyadas en la fantasmal participación ciudadana y nos recetan una gran cantidad de “estrategias” que pronto son olvidadas hasta por sus promotores.

La semana anterior, Guillermo Huizar Carranza, secretario de la Función Pública, anunció la creación de un mecanismo de registro de la declaración de situación patrimonial más eficiente que los existentes a la hora de descubrir enriquecimiento no justificado de los servidores públicos.

Era tal el éxito de la aportación zacatecana, según su decir, que el gobierno de San Luis Potosí le pidió que compartieran con ellos tan promisorio avance tecnológico. La elocuencia verbal del alto funcionario de Miguel Alonso, vertida en el programa radiofónico Enlace, fue tan contundente, que su entrevistador Francisco Esparza Acevedo de plano le preguntó la razón por la cual el Gobierno del Estado compartió la innovación tecnológica sin cobrar algo a cambio.

Carezco de la información y de la cultura cibernética indispensables para emitir un juicio sobre las virtudes del programa en cuestión, pero donde no tengo duda alguna es en mi convicción de que no es técnico y sino de voluntad política afrontar el reto de la corrupción.

Técnico y no de voluntad política sería el desafío de la corrupción si la misma permaneciera oculta; en ese caso, lo primordial sería el diseño de mecanismos eficaces para la detección oportuna de este agobiante mal social.

Pero la historia nacional y local dan muchos ejemplos de que cuando se difunden señalamientos de suma gravedad que involucran a individuos con poder económico, político o social la respuesta es “echarle tierra al asunto”.

El sistema político establece veredas de acceso a los puestos de mando pavimentadas por la corrupción al hacer del dinero el factor decisivo de triunfo electoral.

La compra de votos, la utilización ilegal de recursos públicos, los pactos de futuros contratos con aportantes privados y demás formas de potenciamiento subterráneo se expandieron a todo el sistema de partidos. La decepción ciudadana que eso generó, facilitó el agravamiento de la descomposición en curso.

La corrupta manera de instrumentar la corrupción

La clase política no lucha contra la corrupción, simula hacerlo. Lo que sí hace con singular empeño es utilizarla para combatir adversarios. Por tal razón, agudos analistas del acontecer nacional hacen notar la detonación de escándalos en el justo momento que surten efectos debilitantes sobre las fuerzas adversarias a Peña Nieto y sus aliados del Pacto por “México” (Oceanografía versus Ernesto Cordero, Línea 12 del metro versus Marcelo Ebrard, extesorero de Michoacán versus Cuauhtémoc Cárdenas).

Un gobierno honesto corre el gran riesgo de la desestabilización promovida por los poderosísimos intereses creados, afectados a menos que disponga de un gran respaldo ciudadano. Algo difícil de lograr en un país donde se promueve el alejamiento de los mejores ciudadanos de la actividad política, al presentarla como incompatible con la ética y al tildar de ingenuos o soñadores a los que insisten en la honestidad como valor irrenunciable de la vida pública.

El trago amargo de optar “por el mal menor” afecta a amplios sectores de la sociedad mexicana, abriéndole paso a la cultura de la tolerancia a la corrupción. Pongamos el caso del litigante que “gratifica” jueces para no afectar a su cliente, o al constructor que opta por pagar el “diezmo” para no cesar trabajadores.

La corrupción no es un proceso degenerativo del individuo en solitario, como el cáncer; es un proceso que, para que tenga lugar, requiere inexorablemente de la participación de otros. Eso la hace incómodamente visible y si no la erradican es porque no hay voluntad de hacerlo.

La escoba viene de abajo, pero barre desde arriba
Llegamos a la situación límite: la paz social está severamente comprometida, la desigualdad alcanzó niveles de escándalo, la atrofia es evidente, no hay políticas públicas que lleguen a buen puerto con corrupción, no hay reformas privatizadoras que cumplan su cometido con corrupción, no hay estatizaciones estratégicas que funcionen con corrupción. Capitalismo más corrupción es la selva, socialismo más corrupción es cautiverio colectivo.

Solo la rebelión ciudadana permitirá desaparecer la corrupción como cimiento del sistema político, desde abajo, desde los diferentes credos políticos, desde las trincheras partidistas. La lucha por venir no es de clases, sino ciudadana, recuperadora del pacto social. En ella bien pueden confluir pobres y ricos, derechas e izquierdas ideológicas. Es hora de alentar la rebelión radicalmente respetuosa del derecho, radicalmente opuesta al ejercicio delictivo del servicio público.

Nos encontramos el jueves en El recreo.




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