Friday 09 de December de 2016

No se siente nunca 

Antonio Sánchez González      16 Jan 2014 21:00:06

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Seguramente no existe enfermedad sobre la que pesen tantos falsos testimonios y mentiras como las que se han proferido contra la hipertensión arterial. A pesar de su extraordinaria frecuencia, de que cuando menos un cuarto de los adultos en el mundo tienen la presión alta, de que es la primera causa de infartos cerebrales en hombres y del corazón en mujeres postmenopáusicas, y que está íntimamente asociada a diabetes, nefropatía, obesidad y otras cardiopatías, es un trastorno incomprendido por la opinión pública, y a veces también por nosotros, los médicos.

Tener presión alta no causa síntomas. No, la presión por si no causa brincos, mareos, palpitaciones, falta de aire, sangrados ni dolores. No existe texto de medicina que tenga algún capítulo referente a los síntomas de los hipertensos que se extienda más de unos cuantos renglones usados para decir que no se siente, nunca. Por eso, muchos de ellos siguen mareados, con palpitaciones o jaqueca, independientemente de lo cara que sea su medicina. Por eso, la mitad de la gente que tiene presión alta no lo sabe, de ahí el apelativo de “asesino silencioso”: hay que medirla anualmente aunque uno no sienta nada.

Hace mucho que sabemos claramente que la vida se pone en peligro cuando el primer número que aparece cuando medimos la presión arterial está encima de 115. Hace mucho que existen medicamentos, ahora una multitud de ellos, que sirven para bajarla. También es bien conocido que reducir la presión con medicinas disminuye el riesgo de complicaciones para la salud. Si, sin duda hay que bajar la presión, el problema es que a pesar de décadas de investigación científica, los médicos todavía no tenemos perfectamente claro en qué momento empezar el tratamiento y cuán intenso éste debe ser.

En el momento en el que hacemos una receta o recomendamos algún cuidado, los médicos no nos mandamos solos. Si así fuera, los enfermos estarían a merced de la buena voluntad y de la labia de la persona a quien confiaron su dolencia. Para hacer una receta es necesario que el paciente y su médico sepan que esperar de lo escrito en ella, lo bueno y lo malo. Una receta debe estar soportada por investigaciones rigurosas que aseguren que es mejor el remedio que la enfermedad.

En diciembre de 2013 una comisión de expertos publicó, después de gritos y sombrerazos técnicos, una actualización de las guías que los clínicos debemos seguir a la hora de tratar a un individuo hipertenso.

En ella se describen las maneras de diagnosticar, investigar, seguir y tratar a quien amerita medicinas para esto. El problema es que la mitad de los médicos “especialistas” en hipertensión que la avalaron, un mes después se han retractado de su firma. Es la primera actualización en 10 años y se publicó después de tres de trabajos. Y no salió muy bien.




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