Tuesday 06 de December de 2016

No son testigos silenciosos 

Antonio Sánchez González      20 Mar 2014 20:10:06

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A los médicos nos anima buscar activamente evidencias de violencia doméstica como parte esencial de la evaluación de todas las mujeres. Esta recomendación tiene el ánimo de mitigar los efectos que provoca sobre la salud individual.

Más de 10 millones de niños en México viven en familias donde se da violencia intrafamiliar, la mitad de ellos han sido testigos de acciones violentas graves, como cuando un padre amenaza al otro con un arma. Sin embargo, cuando se discute el papel del personal sanitario y su grado de compromiso al investigarla en el momento de la consulta, se olvidan los profundos efectos sobre la salud de los niños cuando se les expone como testigos de violencia doméstica. Los niños pueden sufrir exposición directa, pero también pueden ser víctimas de sus efectos, como, por ejemplo, a consecuencia de depresión materna o divorcio de los padres.

Los niños expuestos a situaciones de terror dentro del hogar muestran índices altos de una miríada de problemas de salud. La respuesta física a través de mecanismos hormonales y neurológicos puede estar alterada. Por ejemplo: los niños expuestos a violencia intrafamiliar tienen más frecuencia y cuadros más graves de asma mediados por alteraciones en el sistema inmunitario que conducen a respuestas inflamatorias exacerbadas, además de que los niños asmáticos sometidos a situaciones crónicas de estrés tienen peores respuestas al tratamiento convencional con medicamentos inhalados.

La salud emocional y social de los niños expuestos crónicamente a violencia intrafamiliar también se afecta de forma adversa. El 63% de estos niños tienen peor salud emocional a través del aumento de la actividad neuronal en las regiones del cerebro por medio de las cuales sentimos miedo, además de pérdida de células cerebrales en una región del encéfalo llamada hipocampo: una especie de daño que se asocia a problemas de aprendizaje y a la pérdida de la salud emocional.

Cuando se descubre un escenario de violencia intrafamiliar, los programas hospitalarios y sociales son partes esenciales de los planes sanitarios destinados a proteger a las mujeres y la seguridad de los niños. Sin embargo, aunque se reconoce a la terapia cognitiva como indispensable en la atención de los niños víctimas de la violencia entre sus padres, existe evidencia científica que soporta la necesidad de evaluaciones físicas sistemáticas hechas simultáneamente.

Los sistemas de salud han atacado eficazmente problemas sanitarios críticos y han puesto la atención comunitaria en múltiples problemas de salud pública. Los médicos tenemos la oportunidad y obligación de identificar a mujeres y niños que experimentan violencia intrafamiliar y promover acciones para, al menos, atenuar sus consecuencias físicas y emocionales.

Fallar en la búsqueda de síntomas de violencia intrafamiliar en la consulta de cada mujer puede convertir a los hijos en testigos silenciosos y condenarlos a padecer sus efectos el resto de sus vidas.
 




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