Thursday 08 de December de 2016

Nuestra religión cristiana se centra en la plenitud de la ley, que es el amor a Dios y a nuestros prójimos

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba      25 Oct 2014 21:29:42

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Si se cumple el mandamiento de amarás a Dios, se cumplirán los demás que son amarás al prójimo﷯. (Cortesía)
Si se cumple el mandamiento de amarás a Dios, se cumplirán los demás que son amarás al prójimo﷯. (Cortesía)
INTRODUCCIÓN
A la luz de la revelación divina, ordenada para dar gloria a Dios y salvar a los hombres, tiene su plenitud de perfección y realización en el amor a Dios por encima de todas las cosas y en el amor a nuestros
prójimos.

En este domingo la Iglesia nos propone entender y asimilar en qué consiste la esencia o última razón de ser de nuestra religión cristiana.

Se trata del amor a Dios con toda la fuerza de su plenitud y el amor a nuestros hermanos. Estos dos amores son inseparables y no puede darse uno sin el otro. Son como las dos caras de una misma moneda.

Por esto, San Pablo nos enseña que “la plenitud de la ley es el amor o caridad” (Rom).

Meditemos y asimilemos espiritualmente esta plenitud de la ley de la cual nos habla el evangelio de este domingo y recobrar nuevas fuerzas para practicar correctamente nuestra religión cristiana y católica y ser testigos auténticos de la voluntad de Dios.

Voluntad que nos hace ser verdaderos hijos adoptivos suyos; hermanos de Jesucristo el primero en amarnos al hacerse hombre y morada del Espíritu Santo. Sabiendo que Dios es amor (Primera Carta de San Juan, cap. 4, 8) y que de aquí procede el amor a nuestros prójimos.

Hoy pedimos a Cristo nos dé su gracia para ser heraldos y testigos de su amor en y para la Iglesia y también para el mundo tan lleno de guerras, discordias y divisiones.

LA PLENITUD DE LA LEY CRISTIANA CONSISTE EN EL AMOR A DIOS Y A LOS HERMANOS
El evangelio de esta misa, tomado de San Mateo, nos dice cómo un grupo de fariseos, habiéndose enterado de que Jesús había dejado callados a los saduceos, que era un grupo que no creía en la resurrección de los muertos, se acercaron a Jesús y uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?”.

Este doctor de la ley de Moisés, quiso poner a prueba y hasta ponerle una trampa a Jesús, porque en esa ley contaban 613 preceptos, de los cuales 248 eran prescripciones positivas y 365 eran prohibiciones, tantas como días tiene el año.

En el ambiente de los peritos de la ley, en sus tradiciones y sus acuerdos sobre cuál precepto era el mayor resultaba ser muy difícil dar una respuesta atinada y correcta. De hecho esos doctores nunca se ponían de acuerdo.

Jesucristo se ha manifestado con verdadera sabiduría divina, siendo también hombre, ha brillado como revelador del Padre eterno y lleno del Espíritu Santo, dio una respuesta al doctor de la ley, que nos consigna San Mateo:

“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos”. Jesús citó el Libro del Deuteronomio (6, 5).

Con esta respuesta cabalmente respondió al doctor de la ley, pero fue más adelante, diciéndole: “y el segundo es semejante a éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Esta respuesta daba a entender que citaba el libro del Levítico (19,18).

Y puso fin a su admirable y sabia respuesta al doctor de la ley, enseñándole: “En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”.


De las palabras de Cristo podemos concluir, que el cristianismo, es decir, tanto el mensaje como el seguimiento de su persona, es fundamentalmente amar; encontrarse con Dios en el amor a través de la fraternidad con nuestros semejantes.

Amar a Dios sin amar al hombre es una utopía, algo que no se realiza de verdad. Sin este amor la práctica religiosa queda vacía y sin sentido.

Así, Jesús da primacía al amor como el marco, el contexto y la esencia de la entera ley de Dios y de sus aplicaciones concretas al cumplir los diez mandamientos, de los que los tres primeros se refieren a amar a Dios y los siete restantes, para amar a nuestros prójimos.

EN LA FUENTE DE LA CARIDAD
Entonces, Quiero concluir mi homilía, citando un denso y hermoso pasaje bíblico tomado de la Primera Carta de San Juan:

“Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.

En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación de nuestros pecados.

Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado a nosotros en su plenitud” (1ª. Jn 4, 7-12).

Con toda esta iluminación evangélica acerca del amor a Dios y a los hermanos, nos damos cuenta y tomaremos conciencia, de que en el mundo de anteriores generaciones y en la nuestra, urge poner en práctica la plenitud de la ley divina en su doble vertiente: amar a Dios y amar a los hermanos.

Si los hombres y mujeres de este mundo se dejaran invadir en sus almas y cuerpos por este amor, se reducirían los odios, la soberbia y el orgullo. No habría tantos crímenes y asesinatos.

Las obras de caridad en el cumplimiento de la ley divina en toda su plenitud brillaría como un sol de justicia, concordia, perdón, tolerancia y entrega para servir a todos los hermanos y especialmente a los más débiles.

CONCLUSIÓN
¡Que este amor divino humano reine en los hogares, las oficinas y demás centros de trabajo.

En el ejercicio de las profesiones para servir a los demás y entonces habrá paz y gozo para este tiempo y espacio y todo esto como arras y adelanto de la futura gloria en la comunión de los santos en el cielo por toda una eternidad!

Obispo emérito de Zacatecas




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