Saturday 03 de December de 2016

Pláticas de antaño

Javier Torres Valdez      28 Apr 2014 22:00:08

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En el año de 1946, íbamos al Colegio Daniel Márquez Medina que estaba ubicado en la calle Hidalgo, casi esquina con la calle “de los Fustes”, hoy calle de Las Artes. La gente la conocía por el primer nombre porque en esa esquina se encontraban unos hermanos cuyos apellidos no recuerdo, que se dedicaban a la fabricación de fustes que luego pasaban a la talabartería de los hermanos Barajas: Antonio, Joaquín y Domingo, para salir convertidos en elegantes sillas de montar bordadas con pita, grabadas a golpe o “chumitiadas”.

Los hermanos Barajas a más de ser unos verdaderos artistas en las artes manuales de la talabartería eran dueños de un humor negro y con ingenio hacían mofa de todos los personajes del pueblo, a quienes bautizaban con apodos irónicos y crueles. Ello no impedía que su trabajo fuera ampliamente solicitado, pues hasta de Zacatecas venían personajes a mandarles hacer trabajos muy elaborados, como unas botas vaqueras pitiadas al relieve, que les mandó bordar don Justo Bretón Tumbull, quien era comandante de la Policía Federal de Caminos en la ciudad de Zacatecas. Botas como aquellas jamás he visto, pues primero se buscó el corte en el que se hicieron los dibujos, posteriormente se bordó el relieve de camaza y luego se bordaron los dibujos y grecas del tubo de la bota.

Contaba el maestro Antonio Barajas que el costo de aquel extraordinario par de botas llegaba a más de tres mil pesos.

Quien se encargó de bordarlas fue un personaje cuyo nombre desconozco, pero que todavía me encuentro a veces en su pequeña motoneta, en aquellas fechas era conocido como La Pantomima no sé si aún trabaje la pita, pero su habilidad era extraordinaria.

Los hermanos Barajas eran también unos excelentes curtidores de pieles de cualquier tipo de animal. El presentado final era con o sin pelo, al “timbre” y al color, usaban corteza de árboles para teñir y curtir; su trabajo era buscado por los fabricantes de botines charros, que eran casi el único estilo de zapatos que se fabricaban en Jerez.

Existía por la calle García Salinas otra curtiduría, propiedad de una familia de apellido Prieto, otra más por el callejón Angosto, una por la calle del Panteón y otra por la calle Rayón, si existían más no las conocí, aunque mis infantiles correrías me llevaban a soltar el eterno ¿porqué?...

A mediados del siglo 20, las gentes de Jerez eran muy dadas a los apodos y pocos eran los que se les escapaban: si alguien cojeaba,le decían El Chueco, o El Canteao; si le faltaba la vista, era El Ciego o El poca luz, si le faltaba un ojo era pirata o linterna sorda.

Algunos apodos más salieron de la talabartería Barajas, bautizada por ellos mismos como “El Sesteo de las Águilas”.

Existían en Jerez no más de cinco tractores, pues al llegar el tiempo de la siembra, esta se hacía con yuntas de mulas, burros, caballos o bueyes, por tal razón desde las 6 de la mañana, las calles de las Fraguas, hoy calle Reposo, ofrecían un concierto de acompasados golpes en el yunque, donde se “calzaban rejas” de arado, se “encarroñaban” barras y talaches, se componían azadones, se herraban caballos, pero cuando pasaba un cortejo fúnebre rumbo al panteón de Dolores, cesaba todo el ruido en señal de respeto.

Herreros existían muchos, pues el oficio pasaba de generación en generación, de padres a hijos, los más conocidos por su calidad y buen oficio eran los Torres y los Rodarte. Todavía algunos de ellos conservan la tradición, pero ya con la técnica del torno, la soldadura eléctrica y la cerrajería.

Cuando acompañado de algún grupo de alumnos, tomábamos la lejanía del cerro del Montecillo, o los llanos de Ciénega, veíamos docenas de conejos, liebres, techalotes, ardillas, y con algo de suerte hasta coyotes.

En cierta ocasión, el maestro Alfredo Márquez, con un rifle calibre 22, mató de un certero balazo a un gato montés, a menos de 500 metros del ranchito Guadalupe. Un labriego de ese rumbo lo ayudó a montarlo sobre una rama y lo trajeron cargando hasta el domicilio del maestro, que en aquellos años estaba a un costado del Salón Carta Blanca. El mentor buscaba un taxidermista que pudiera arreglar el cuerpo del felino, le indicaron que la única persona era Antonio Barajas.

Por aquellas mismas fecha Simplicio mató a un tlacuache, que colgó de la cola de un árbol, hasta que la policía lo obligó a quitarlo.




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