Sunday 19 de February de 2017

Queremos jugar, profe

Huberto Meléndez Martínez      13 Oct 2014 20:59:59

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Dedicado a Juan José Borjas R. porque sin ser normalista, tiene espíritu docente.

Prácticamente todos los grupos representativos de las escuelas de aquellas zonas escolares de telesecundaria, habían viajado en camionetas pickup o de redilas. La mayoría recorrieron varias decenas de kilómetros por terracerías en pésimo estado. Llegaron a la escuela sede empolvados por completo, pero contentos y eufóricos para asistir a la concentración deportiva convocada por sus supervisores.
Los entrenamientos en deportes de conjunto se habían realizado de manera combinada con los adultos. En aquellas comunidades rurales todas las tardes se reúnen en la improvisada cancha, las personas mayores a practicar béisbol, volibol y a veces basquetbol.

Las prácticas de atletismo habían sido variadas, dadas las características propias de cada escuela. Mientras algunos solo aprovecharon los espacios en que se practicaba el béisbol, otros profesores trazaron canchas y circuitos para las carreras de velocidad y resistencia. Hubo quien cavó fosas y rellenó con arena para ejercitar los saltos de altura y longitud.

Los estudiantes siempre entrenan por cuenta propia cuando les entusiasma la actividad, esto aplica tanto en los asuntos académicos, como deportivos y culturales. Así que aprovechando cualquier barranco de los estanques saltaban de un montículo a otro, pretendiendo mejorar sus marcas.

Cualquier arroyuelo u obstáculo de gobernadoras o arbustos que encontraban a su paso, era saltado con gradual destreza, no sin antes haberse ido frecuentemente de bruces y en otras haber resultado arañado con las ramas enredadas a sus pies. La menor porción de arena en las acequias o los mismos bordos de las parcelas agrícolas, representaban un tentador reto para saltarlas.

Con alegre jovialidad, caían dando vueltas o maromas al final del salto. Era caricaturesco ver cómo les brillaban solo los ojos cuando se levantaban de entre el polvo.

Unos cuantos planteles lograban adquirir playeras para uniformar a sus contingentes, era más barato y práctico conseguirse una camiseta blanca para marcarle con pintura el nombre de la escuela.

Carreras, saltos, juegos, eran ejecutados descalzos, decían sentirse con mayor comodidad los estudiantes.

Se jugaba la final de basquetbol entre dos escuelas. Había sido difícil conseguir quién asumiera las funciones de árbitro, argumentaban los maestros falta de conocimiento de las reglas.

En determinada jugada el arbitrante cometió un error marcando una falta en la que el público quedó en desacuerdo. Las porras y los asesores reclamaron airadamente invadiendo la cancha. Irónicamente los inconformes habían resultado expertos en el arbitraje, dado el énfasis de sus argumentaciones.

La reyerta se prolongaba, los ánimos se encendían y las discusiones se encrespaban. Ningún bando cedía a la titubeante expresión del árbitro.

Serenamente y con encomiable madurez, un puñado de integrantes de los equipos rivales se aproximó a sus maestros. Con respetuosa fuerza les fueron empujando hacia afuera de la cancha diciéndole tranquilamente al árbitro: “Queremos jugar, profe”.

Los entrenadores se quedaron extrañados de la petición, pero siguieron la discusión fuera de la cancha. Los muchachos prosiguieron el juego con la animosa complacencia del árbitro.

Presidente de la ANPM




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