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Reclutas a la fuerza

Redacción      10 May 2014 19:29:24

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La vida del taxista dio un giro inesperado. Ahora permanece en un cuartel en contra de su voluntad, donde le es difícil hacer amigos.

“Ya al pardear la tarde vino otra vez a hablarme el mismo oficial que me invitó a comer diciéndome: ‘Mi general lo está esperando a usted en la oficina.

“Salté del Prothos (auto) y me llegué hasta el escritorio del general, que hasta esta ocasión se encontraba solo y sin su inseparable texano.

“Cuando estuve frente a él, empezó a indicarme un asiento. Me senté y acto contínuo inició la plática en estos términos: ‘Le he llamado, amigo, para preguntarle, primero, ¿usted es hombre…?”’

‘“Mi general, usted me ofende, ¿que tengo cara de otra cosa?’, contesté resuelto. ‘No, pero quiero saber si se puede contar con usted para una hombrada’, añadió.

“‘El cuartel general necesita de los servicios de un chofer y usted está a mis órdenes. Pero lo han traído a la fuerza y a mí no me conviene que ande usted en estas condiciones; yo necesito que siga aquí, pero por su propia voluntad, porque hay cosas graves y delicadas que es necesario que sepa y un forzado no es un hombre de confianza, de tal manera que yo lo invito a que forme parte en este cuartel general; lo hago teniente de Estado Mayor y estará usted exclusivamente a mis órdenes, porque manejará el coche de mi servicio; qué dice amigo; ¿acepta o no acepta?”’.

“‘Mi general, pero yo nada sé de estas cosas. Nunca he manejado un máuser ni sé nada de milicia; además que mi familia no sabe nada”’.

“‘Por su familia no  se preo- cupe, vaya a avisarles y lléveles este dinero’. Y abriendo uno de los cajones de su escritorio sacó un fajo de billetes y entregándomelos continuó: ‘Vaya y regrese, pero antes pásese por la Proveeduría y le dice a Ramitos que le entregue un uniforme nuevo”’.

“Y ya ni me dio tiempo a replicar, porque levantándose al mismo tiempo que yo, me acompañó hasta la Proveeduría pasando su brazo sobre mi espalda.

“Ramitos era nada menos que el oficial que me había conducido al comedor. Cuando pasé por la puerta del cuartel, los soldados de guardia y aún el mismo subteniente encargado, me vieron de hito en hito un tanto intrigados; pero eso no los eximió de la obligación de hacerme el saludo militar en homenaje a mis flamantes dos barras que ostentaba en la moscovita.

“ En mi casa, claro está, que no me dieron su consentimiento para que yo fuera a la Revolución en calidad de teniente-chofer del cuartel general y hasta me conminaron para que de ninguna manera aceptara las proposiciones que se me hacían, pero, en honor a la verdad, yo ya había aceptado en mi fuero interno y de esta manera desobedecí las insinuaciones de mi familia, al grado de decirle al general, en cuanto volví a verlo esa misma noche, que todo estaba arreglado y que me ponía incondicionalmente a sus órdenes.

“Al general le dio gusto y me felicitó al mismo tiempo que me hacía muchas promesas, pero también me dijo que esa misma noche tendríamos que cumplir una pequeña misión difícil y que quería ver mi comportamiento, que pusiera a alistar el coche y que ya en su oportunidad mandaría las órdenes de la comisión.

“Poco antes de las 10 de la noche vino el capitán Arévalo, lo supe porque en la orden para él y para mí estaba escrito y me ordenó que nosotros, al frente de cuatro soldados, fuéramos a la calle y recogiéramos a como diera lugar a cuanto vago y trasnochador encontráramos, que los obligáramos a subir al coche y que los condujéramos al cuartel.

“Ya formada toda la comisión y dentro del auto, salimos a la calle y directamente llegamos a la Plaza de San Juan; había ahí cuatro borrachitos trasnochadores, los llevamos al cuartel, los encerró la guardia y volvimos a ir por más, solo que ahora nos fuimos al Mercado de la Lagunilla.

“Ahí, en distintos lugares, hicimos subir a miserables borrachitos que corrieron igual suerte que los primeros, pero ya a las altas horas de la noche y seguramente por haber corrido la voz de alarma, no encontramos a ningún borrachín en las plazas que recorrimos y entonces el capitán me ordenó detenerme en las afueras de una cantina que estaba en el cruzamiento de las calles de Apartado con Santo Domingo.

“En la puerta discutían algunas personas de humilde aspecto, aún cuando distintos de los que antes habíamos llevado y por la fuerza los obligamos a subir al Prothos.

“Sus protestas en el sentido de que ellos eran trabajadores, que no habían cometido delito alguno y que no había derecho de que los ‘encerraran sin causa justificada’ de nada valieron y, como los demás, también fueron con sus huesos al cuartel y al encierro.

“A esas horas dejamos ya de salir a recoger personas en las calles de la ciudad y el capitán Arévalo y yo nos fuimos a la oficina para hacer el parte.

“Ahí estaba un mayor que era también del cuartel general, quien al vernos, dijo dirigiéndose al capitán: ‘Quihúbole, capitán, ¿cómo le fue con la ‘leva’…?”

“A lo que contestó el aludido, diciéndole que bien; que ahí tenía ya para formar una fajina de “voluntarios”.
 Continuará...


Extracto de Choferes de la Revolución.
Autor: Luis Jiménez Delgado.
Biblioteca de la Crónica del Estado





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