Saturday 03 de December de 2016
»Sigue el desenlace de este capítulo el próximo domingo 

Reclutas a la fuerza

Redacción      3 May 2014 22:10:58

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Luego de haber presenciado el asesinato de un humilde joven y forzado a reparar un automóvil, el taxista fue regresado al cuartel de sus secuestradores.

“Mi cautiverio en aquel cuartucho nauseabundo del cuartel de la ciudadela se prolongó hasta el día siguiente por la mañana, hora en que de mala manera me fue ofrecido el ‘rancho’ después de 24 horas de no probar alimento.

“Este consistía en un plato de carne cocida con sal y una pequeña ración de frijoles a medio cocer y tres tortillas semiduras.

“Durante mi encierro había agotado totalmente una cajetilla de cigarros a medio empezar, que por mi buena estrella conservaba en la bolsa del pantalón a la hora que mis aprehensores habían ido al sitio de taxis a aprehenderme.

“Después del ‘rancho’ traté de entablar conversación con alguno de los individuos de ropa que también habían ido por la miserable comida del cuartel, pero parecía como si de antemano éstos me hubieran señalado, porque no iniciaba yo la conversación y daban media vuelta y me dejaban con la palabra en la boca.

“De esta manera opté mejor por no dirigirles la palabra, y por ende, perdí toda esperanza de conseguir de ellos un mísero cigarro. En estas condiciones me arrinconé por ahí, procurando no hacerme notable.
“A eso del mediodía, vino hasta mí un sujeto a quien antes no había visto y me dijo: ‘Venga para acá, amigo’”.

“Lo seguí hasta una especie de caballeriza y ahí, en medio de un gran número de soldados y mujeres soldaderas, haciendo tortillas y fritanga, me entregó a uno al que llamó sargento, pero no ostentaba ninguna insignia, diciéndole: 

“‘Que dice mi general que arregles a este rotito’”. 

“El sargento aludido, poniéndose de pie, sin más ni menos me ordenó: ‘A ver señorito, quítese esa gorra de cocinero; esa camisa de señorita y esos pantaloncitos brinca charcos que trae y póngase este uniforme de hombre’”.  

“Y me alarga una jerga de uniforme de color indefinido y de una limpieza más indefinida aún.
“Mi situación en estos momentos se agravaba porque francamente sentía que con esa forma tan despectiva de tratarme, toda la sangre afluía a mi cerebro y ésta fue la causa por la que, lejos de obedecer semejante orden, me rebelé y le dije al sargento todo un gran repertorio de improperios, acabando por dar media vuelta con el propósito de salir de aquella caballería, dejando a mi vestidor un tanto asombrado de aquella rebeldía, pero me salió al paso uno de los soldados que había ido conmigo el día anterior a traer el automóvil y quien no había visto, y encarándome, dijo:

“‘No cuate, aquí haces lo que te manden, o si no te lleva…”’ 

“‘¿A quién, a mí? ¿A mí…?”’.

“Y diciendo y haciendo, loco de furor, asenté en la cara del soldado tan tremendo golpe, que lo hice tambalearse y dejarme el paso franco; sin embargo, un grupo de individuos que llegaba en esos momentos, me interceptó otra vez en el camino y uno de ellos, tomándome por el cuello de la camisa con rudeza, me dijo:.

“‘Con que es usted bravucón, ¿no?”’.


“Cuando me vi nuevamente detenido y en esa forma, lo primero que se me ocurrió fue volver a golpear, pero mi buena estrella me hizo ver antes de hacerlo y, cuál no sería mi sorpresa al encontrarme con que el que me sujetaba era nada menos que el general en persona, y entonces todavía más jadeante, respondí: 

“‘No mi general, pero estos animales querían que me quitara la ropa y me daban un uniforme, diciendo que era por orden de usted”’.

“Y sucedió un fenómeno que me expliqué después. El general, dejando en paz el cuello de mi camisa, dijo dirigiéndose al sargento.

“‘¿Con que otra vez en las andadas, charrasqueado…? ¿Hasta cuándo vas a dejar de despojar a los ‘voluntarios’…? A ver tú Manuel”’, gritó dirigiéndose a uno de sus acompañantes, arrésteme a este ahí en el sótano.

“Y y dando media vuelta dijo dirigiéndose a mí: ‘Y usted, amiguito, para qué anda metiéndose en las patas de los caballos…? Váyase al coche y espere órdenes”’.

“Y se alejó, dejándome sorprendido del primer mejor tratamiento que recibía. Naturalmente que obedecí y me arrellené en el auto, que aún seguía en el mismo lugar donde lo había dejado el día anterior.

“Por horas más tarde vino hasta mí un oficial uniformado más correctamente que los demás y con palabras corteses me dijo: ‘Dice mi general que pase usted a comer”’.

“Mi asombro iba en aumento, pero eso no obstó para que no siguiera a mi invitante. Entramos a la oficina que yo ya conocía y que a esas horas estaba desierta, siguiendo por un pasillo hasta llegar a un salón que también era oficina, pero que se hallaba convertido en comedor.

“En uno de los amplios escritorios estaba el general rodeado de su Estado Mayor, según supe; y a mí se me señaló otro en el que ya comían dos oficiales, en el cual nos sentamos mi acompañante y yo.
“Terminada la ‘pitanza’ me volví al auto, no sin antes dar las gracias y dejar buena impresión a mis acompañantes de mesa, que platicaron conmigo de todo”.

Continuará...  


Extracto de Choferes de la Revolución.
Autor: Luis Jiménez Delgado.
Biblioteca de la Crónica del Estado




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