Friday 09 de December de 2016

Reelección, otra calamidad que nos imponen

J. Luis Medina Lizalde      22 Dec 2013 21:00:05

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Coincido con la opinión que rechaza que la relección se asuma como dogma, pero en el México de hoy, la relección legislativa y de alcaldes constituye un retroceso mayúsculo.

Las razones que explican la enfática oposición popular a la repetición consecutiva en los cargos de elección popular no están en las repetidas ocasiones en que Porfirio Díaz celebró eleciones para prolongar su mandato de tres décadas, sino en el hecho de que dichos procesos electorales se caracterizaron por un uso brutal y descarnado del poder contra la más modesta expresión de oposición al dictador.

Los zacatecanos perdimos en tal travesía a dos proceres del liberalismo decimonónico, el general Trinidad García de la Cadena y Juan Ignacio Lizalde, cuando un sector de mexicanos, entre ellos Irineo Paz, abuelo de Octavio Paz, concibió la quimera de llevar a Palacio Nacional a García de la Cadena, cercanísimo del ya para entonces fallecido J. Jesús Gonzáles Ortega y compadre del dictador Porfirio Díaz.

Los que se alzaron en armas al grito de “Sufragio efectivo”, “No relección”, una vez que triunfaron cambiaron de opinión, no permitieron en 1924 la elección para un periodo entonces de cuatro años al presidente interino Adolfo de la Huerta, quien en 1920, en seis meses que duró encargado se desempeñó con talento sobresaliente, pero ya para 1928 solo las balas detuvieron la relección del general Álvaro Obregón.

Dicho acontecimiento dio paso a un prolongado periodo en que la relección adquirió connotación de tabú que no pudieron derrotar algunos obsesos del poder que mal disimularon sus anhelos de perpetuarse. Es hasta ahora cuando aprovechando el viaje de las “reformas estructurales” que la clase dirigente ha emprendido el retorno al porfiriato al introducir a partir del 2018 la relección consecutiva de legisladores y ediles inicialmente.

Catálogo necesariamente incompleto
El abuso del poder para determinar los resultados de una elección es la constante. Al igual que durante el porfiriato, sus modalidades han sido reseñadas hasta el hastío, habrá evolución en algunas de las formas, pero en escencia es el autoritarismo de viejo cuño el que da vida a semejantes “rutinas”.

Repasemos las más obvias.
En los prolegómenos del proceso electoral, el gobernante en turno convoca a los miembros del gabinete y colaboradores “de confianza” reparten responsabilidades territoriales distrito por distrito y municipio por municipio.

Los dirigentes formales del partido en el gobierno aportan la lista de “gestores” que servirán como discretos enlaces entre el candidato y los administradores de programas sociales para las dádivas destinadas a la compra de voluntades de “líderes” y votantes.

El gobierno en turno paga gasolina de campaña, manda hacer la publicidad del candidato con cargo a erario, financia “el buen trato” a los candidatos de su contentillo, compra toneladas de cemento, de varilla y cal. Cobijas, despensas y electrodomésticos.


Facilita la libertad anticipada, condona adeudos, hace aprobar cuentas públicas dudosas, renta autos para operadores de campaña, paga servicios de hotel y alimentos a las legiones de operadores enviados por gobernantes afines. Huelga decir que estas y otras rutinas son con cargo al erario.

Otras formas de abuso de poder que forman parte de nuestra normalidad autoritaria consiste en obligar a que se “porten bien” las empresas cuya solvencia depende del trato que reciban del gobierno en su carácter de cliente. La lista incluye constructoras, gasolineras, periódicos, radiodifusoras, televisoras, empresas de publicidad y comercios de diversos giros, etcétera. Cada sexenio tiene su lista de premiados y castigados.

La integración de los órganos electorales en lo formal es tarea del congreso local, pero es el secretario general de Gobierno el que cabilidea con la oposición antes de transmitir los nombres por los que habrán de votar los diputados del gobernador.

El día de la elección las policías tienen la misión de vigilar a los contrarios e impedirles cualquier operación y, cuando el descuido del adversario lo permita, usan las patrullas para el traslado de votantes. Los jefes de oficina reúnen al personal para reclamarles lealtad al “proyecto del gobernador” mediante su voto y el de sus familiares.


La reafirmación autoritaria
Mientras no logremos elecciones democráticas, las relecciones son fruto del abuso del poder tal como lo fueron durante el porfiriato.

Aún sin la posibilidad de la repetición consecutiva se registra el salto de una cámara a otra de algunos portadores de la peor fama pública como el líder petrolero Carlos Romero Deschamps o el de ferrocarrileros Víctor Flores, o la perpetuación de los “orgullos de su nepotismo” a que es tan proclive la corrupta clase dirigente.

La relección será un paso adelante cuando logremos elecciones verdademante democráticas y aún entonces será impensable sin introducir su indispensable contraparte: La revocación del mandato.Nos encontramos el jueves en El recreo.
 




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