Saturday 10 de December de 2016

Rezando y tirando “cuetes”

Javier Torres Valdez      18 Aug 2014 20:30:07

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El primer recuerdo que tuve del Santuario de la Soledad fue cuando mi tía Guadalupe Valdez me llevó a un servicio religioso aplicado por el eterno descanso de un fallecido del que jamás supe su nombre.

Tomado de la mano me llevaron al templo y me enseñaron a santiguarme. Ahí me tuvieron por cerca de una hora, pero ese tiempo me pareció una eternidad, dado que buena parte de ese lapso me tuvieron de rodillas.

En consecuencia no me era muy grato visitar de nuevo ese lugar, pero faltaba la opinión de mi madre, quien para hacer de mi un buen muchachito me inscribió en el colegio de las monjas de la Orden del Sagrado Corazón, ubicado en la calle Hidalgo, casi esquina con calle de las Artes.

En ese lugar me enseñaron las primeras oraciones y me prepararon para la primera comunión, siendo mi padrino Jesús Sotelo Carrillo, dueño de la ferretera La Flecha, persona de la que guardo un buen recuerdo.

A los alumnos del colegio nos enseñaban no solo a rezar, sino también a cantar en italiano y latín.

Nuestras voces acompañaban frecuentemente las misas y era obligatoria la confesión cada viernes primero.

El capellán del Santuario era un anciano, mejor conocido como el padre Panchito, su nombre era Francisco Acosta.

Los alumnos del colegio hacían largas filas para esperar su turno y contar sus presuntos pecados o faltas; sus penitencias obligadas eran rezar un padre nuestro y hacer el esfuerzo de no volver a cometer la misma falta.

Apreciado y respetado por todo el pueblo, el padre Panchito fue separado de su encomienda y enviado a Zacatecas, donde falleció rodeado solamente de algunos de sus familiares.

En aquellas fechas, el sacristán de ese templo cobraba 50 centavos a cada uno de los menores que quisieran conocer el pueblo desde las alturas.

Ahí, en las torres del santuario, más de cuatro nos enseñamos a tirar cohetes y a ver la pólvora desde las alturas; pero sucedió que un día no le pagamos al sacristán el acceso a las alturas y sin aviso bajó y cerró la reja que conduce al campañario.

Éramos cuatro menores que estábamos encerrados llorando hasta que pasó don Pedro Dena y hecho una furia fue a buscar al sacristán, al encontrarlo le dijo: — Oye cabrón, ¿Por qué dejaste encerrados a esos niños en la escalera de la torre?

— Es que nomás estaban de traviesos.
— Pero, ¿por qué los dejaste entrar, que no comprendes que por su edad pueden sufrir un accidente?
— Abre la reja y deja que salgan y subes y revisas que no se encuentre nadie más, ya mañana nos veremos frente al padre Acosta.

Pasados los años, don Pascual Torres, que fue el encargado del mantenimiento del reloj de la torre norte, me enseñó unas inscripciones que estaban en el armazón de madera del órgano del templo, diciéndome que la caligrafía pertenecía al poeta Ramón López Velarde.

Ignoro que tanta veracidad tuviera esa afirmación, pero lo cierto es que al paso de los años, se mandó restaurar el órgano y las inscripciones desaparecieron.




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