Wednesday 22 de March de 2017

Saber mover los pies

Antonio Sánchez González      28 Nov 2013 21:10:04

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Conversando con mi amigo Hernán, no recuerdo bien cómo llegamos a hablar de él. Seguramente por la fecha, porque con mucha probabilidad don Arturo fue el mexicano que más cerca estuvo del cadáver de Kennedy, recién asesinado. Ésa historia hoy no viene al caso, las circunstancias lo pusieron ahí. En mi caso, la fortuna.

Moreno, bajito de estatura como muchos potosinos, corto y delgado el cuello que aparentaba con trabajos sostener su calva cabezota, con anteojos negros de armadura gruesa montados sobre una gran nariz, el brazo izquierdo un poco corto, distinguido por sus trajes a cuadros de color verde profundo o naranja visible desde lejos. Toda esa envoltura contenía al genio quirúrgico que sacaba la puntita de la lengua al calarse el estetoscopio para escuchar los secretos del paciente al que otros no podíamos acercarnos; de los muy pocos que al aparecer en el auditorio podían acallar el murmullo siempre precedente a la sesión de patología del hospital donde me hice médico. Imposible olvidar sus manos y sus dedos, al hablar, en el quirófano.

Aunque nunca lo decíamos, algunos internistas íbamos a la sesión para saborear su inteligencia, que ferozmente aparecía a través de la voz bajita y poderosa que usaba para literalmente trepar en puerca pinta al pobre aprendiz de médico que tenía la desventura de haber tratado al paciente del caso en discusión.

Había paradojas en su personalidad, porque siendo el cirujano de tórax de su época, dedicado al tratamiento de las cavernas tuberculosas, traumas torácicos, enfermedades vasculares, cáncer del pulmón y empiemas propios de los pobres en los que aprendimos, fumaba, un poco.

Pero su genio se volvía calor de cerca. Me tocó oír al maestro explicar que para identificar a un buen cirujano bastaba verlo bailar: “desconfía de aquél que sabiendo mover las manos, no sabe mover los pies”. Excepcional conversador, con él si se podía hablar de los fusilamientos del 2 de Mayo como del error de diciembre, de Goya, Ramón y Cajal, Napoleón, Cortázar o Salinas, aptitud no muy común entre doctores. “Los médicos debemos leer los periódicos, todos los días”, porque es la única forma de saber de las cosas cotidianas, del precio del arroz o de la luz, de lo que está en la mesa y el buró de los enfermos.

Si alguien vino a verte “pregunta quién le trajo”. No era raro saber que el jefe de cirugía de mi hospital llevara en su auto al paciente a quien él mismo había operado, dada el alta, a tomar el autobús de regreso a la Huasteca. “Para ser médico -decía- hay que ser buena persona”.

La medicina se puede leer en los libros, pero a ser médico se aprende de otro modo. Finalmente, la medicina trata de las vidas de la gente, no sólo de sus enfermedades.




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