Thursday 08 de December de 2016

Salió el sembrador a sembrar la semilla

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba      12 Jul 2014 19:20:07

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Introducción
El mundo de hoy y de todos los tiempos necesita constantemente de la iluminación de la sabiduría divina para que logre la paz, la concordia fraterna y la auténtica felicidad que los hombres y mujeres tanto necesitamos siempre.

Sobre todo en la actualidad con las situaciones tan complejas y difíciles de nuestra sociocultura.

La buena nueva del Reino de Dios es el evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. Los valores que propone basados fundamentalmente en el amor a Dios y a nuestros prójimos, indican el camino que hemos de seguir con el ejercicio de nuestra entera libertad.

Ya que Dios por Cristo, nos llama a participar de su vida divina purificándonos del pecado y librándonos de la “muerte eterna”.

Dios Padre, no quiere nunca la muerte de sus hijos adoptivos por el bautismo. Él nos ha creado y nos ha elevado al consorcio de su vida divina, no por nuestros méritos propios, sino de acuerdo a su absoluto y divino querer.

Motivado por el Amor que nos tiene con todas las cosas que nos da en este universo, que es nuestra casa de peregrinos y caminando sin cesar hacia la meta final de nuestras vidas y proyectos, que es nada menos, la vida del cielo que con la gracia divina con firme esperanza queremos alcanzar.

Sin desentendernos, desde luego, de la hora presente y sus grandes compromisos que debemos asumir cada día en el estado de vida que cada uno tiene y de acuerdo a su vocación individual y particular.

Salió el sambrador a sembrar la semilla
El evangelio de este domingo, décimo quinto de nuestro tiempo ordinario en el ciclo A, nos habla con la parábola del sembrador quien esparce la semilla en el campo, con el fin de obtener una buena cosecha.

Sabemos que Jesús nos comunica la sabiduría divina con su admirable pedagogía, manifiesta a través de las parábolas o comparaciones sencillas y claras que todos podemos entender para aplicar sus enseñanzas en nuestras vidas personales y comunitarias.

Cristo mismo nos explica hoy el contenido de su doctrina evangélica por medio de esta parábola. El sembrador que esparce la semilla en el campo, es Cristo mismo.

El, abundantemente nos ilumina con las enseñanzas acerca del Reino de Dios, presente en su Iglesia, con sus luces y sombras de ésta, que todos podemos constatar.

Cristo y su Iglesia nos invitan a incorporarnos a su acción evangelizadora que se lleva a efecto como un sembrador que esparce la semilla en los campos.

La semilla en este caso es la Palabra de Dios, que contiene toda su fuerza salvadora para el tiempo de nuestra estancia en la tierra y para conquistar el premio de la vida eterna en el cielo.

Las diversas clases de terreno en las cuales cae la semilla de la Palabra divina, representan a todos los hombres para que, según sus posibilidades y respuestas libres, hagan fecundizar la semilla esparcida para que dé mucho fruto en sus almas y en la vida de cada uno y la de los demás.


Jesús nos dice cómo la semilla de su Palabra cae parcialmente en tierra dura del camino y que puede ser pisada y comida por los pájaros; en estas circunstancias no se puede esperar que la semilla germine y crezca.

De manera semejante nos va relatando cómo la semilla puede caer en terreno pedregoso que dificulta mucho el crecimiento de dicha semilla y luego la que cae en terreno lleno de abrojos y espinas que en su momento ahogan el crecimiento de las plantitas que crecen.

Nuestra respuesta a la palabra de Dios que esparcida en los campos de nuetras vidad y conciencias libres 
En esta última parte de mi homilía, debemos aplicarnos la doctrina que Jesús nos ha trasmitido con la enseñanza del sembrador, su semilla.

Y ahora estamos invitados para descubrir qué clase de campo somos nosotros y cómo dar la respuesta al evangelio que debe iluminar, alentar y confortar en la certeza moral y espiritual todo el sentido de nuestra existencia y su proyecto de vida.

En primer lugar, Dios nos invita para que quitemos de nuestras vidas la dureza del corazón y la esterilidad moral en las cuales muchos cristianos podemos caer.

Esta dureza rechaza la eficacia de la semilla del evangelio sembrada con tanto amor y solicitud por Cristo y su Iglesia.

La dureza del corazón hace caer a muchos en la impiedad, en la vida disipada y pagana que permite y fomenta una existencia constante de pecado que hacen rebotar en las conciencias la belleza y el atractivo de la Palabra de Dios.

Podemos ser el terreno pedregoso que obstaculiza la siembra y el buen resultado en los corazones, la semilla del Reino: la vida disipada, las pasiones desordenadas, la esclavitud del alcohol y las drogas, los malos ejemplos y ambientes de corrupción y malas costumbres, impiden que el evangelio de Jesús y su gracia se desarrollen.

Los abrojos y espinas representan a los hombres y mujeres, quienes ambicionando dinero fácil, placeres incontrolables y ambiciones sin límite, caen en la miseria de una vida que excluye la recta moralidad de pensamientos, acciones y obras que quedan normadas con el egoísmo y la soberbia de muchos.

Conclusión
Pidamos sinceramente y con verdadera humildad a Jesús que nos haga ser buena tierra recibiendo la semilla del Reino y ésta fructifique, el treinta, el sesenta y hasta el cinto por ciento.

Con buenas obras y servicios de comunión y entrega, por el camino de la fraternidad, la justicia y el respeto para todos, tratando de conquistar la civilización del amor y que en ella, como la tierra generosa y buena haga fructificar la Palabra de Dios en los corazones arrepentidos y abiertos a la gracia y llamado que el Espíritu Santo hace a todos y cada uno.

Repartiendo carisma y dones para la adquisición de la santidad para la mayor gloria de Dios y nuestra salvación temporal y eterna.




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