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Secuestro zeta 

Édgar Félix      1 Oct 2013 00:30:04

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La sangre con adenalina y pólvora es muy ligera. Fluye con velocidad entre las arterias, como olla de presión, y se convierte en un fluido rojo espeso en erupción. Para evitar que te desangres te deben meter el dedo en la herida para tapar la hemorragia mortal o en pocos minutos estarás muerto. El proyectil había entrado a la altura del abdomen, muy cerca del bazo y el riñón izquierdo, y ahora el dedo del policía que jaló el gatillo quería impedirlo.

“No soy un asesino”, le dijo para salvar sus culpas el policía Sergio “C” al jefe zeta a quien le había metido dos tiros, uno en la rodilla para doblegarlo y otro en el abdomen, en aquel enfrentamiento ocurrido hace algunos meses, entre policías estatales y narcos, en la carretera cercana a Durango, durante una fría mañana decembrina, donde ahora han encontrado fosas clandestinas. Territorio que ha sido ganado ya por Los Chapos y en donde la policía no se mete ni por equivocación. Muy cerca de donde, dicen obispos y los ciudadanos del lugar, está El Chapo Guzmán.

“¡Mátame, pendejo!”, le gritaba desesperado el zeta. “No me dejes así. Pégame un tiro”.

“Cállate mariquita, no soy sicario”, respondía Sergio, quien ahora cuenta aquélla historia.

Todo fue muy rápido, veloz, como llega la muerte, como ocurren los enfrentamientos. Sergio supo que estaba en un tiroteo hasta que escuchó silbar las balas y sentía los proyectiles pasar cerca de su cuerpo. Plup, plup, plup, zip.

La camioneta donde iba había volcado; a su compañero lo vio muerto a un costado con el cráneo reventado. Entonces, Sergio, se convirtió en la artillería en que lo habían entrenado en México y en Estados Unidos.

Lo primero, ubicar su objetivo. Lo segundo, disparar a lo que se moviera, en fracciones de segundo. Es una película sin sonido, se escucha sólo el corazón, la sangre fluye por todo el cuerpo como líquido caliente, con mucha presión, con la adrenalina en torrentes, con oídos de gato y la vista de lince. Todo huele a sangre. Un estado de shock de sobrevivencia.

“No escuchas ni ves más”, dice Sergio sorbo de agua de por medio, recordando aquella batalla. “No escuchas alrededor, buscas sonidos, ves en zoom, en cámara lenta. Buscas un punto, un movimiento, una señal de que está ahí. Vienen las ráfagas, caen, pegan a tu alrededor. Cuando lo vi desplazarse frente a mi, para cambiar de lugar, le tiré dos tiros y le di. Los demás se echaron a correr, quienes lo acompañaban, caía su jefe. Entonces fue una matazón de zetas, muchos de ellos seguramente apenas sabían disparar”.

Algunos meses después de ese enfrentamiento Sergio fue secuestrado cuando se dirigía a su casa. Le cerraron el paso a su vehículo. Lo llevaron ante el jefe zeta, quien le perdonó la vida, pero desde entonces ha perdido la tranquilidad. Ahora cuenta esta historia. Se pasa otro buche de agua. Calla. Ya no quiere hablar. El miedo lo invade.

 




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