Friday 09 de December de 2016

Sin palabras 

Juan Carlos Ramos León      19 Oct 2014 21:29:49

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¿Se acuerda usted, ciudadano de a pie, de la frase “palabra de honor”? Ya no se usa. Como no se usan tampoco otras relacionadas, tales como “te doy mi palabra” o “nos apalabramos”. ¿Sabe por qué? Porque ya nadie cree en la palabra del otro. Nos hemos quedado, literalmente, sin palabras.

Se han ido aquellos prósperos y gloriosos años en los que detrás de la palabra que se empeñaba iba un profundo sentido del compromiso, iba toda la persona completa dispuesta a hacer frente a lo asumido, dispuesta a “responder”, haciendo valer el sentido del término “responsabilidad”.

Bastaba un apretón de manos como único signo sensible del pacto realizado.

La palabra se empeñaba una sola vez y hasta que quedaba libre de gravamen podía volver a empeñarse; por supuesto que había estafadores que andaban regando su palabra por todos lados, demeritando con ello tan honorable forma de cerrar tratos, pero la regla general era “a lo hecho, pecho”.

La integridad y el honor eran como las reservas de oro con que los países respaldaban el poder de sus monedas.

Pero un mal día a alguien se le ocurrió considerarse más “astuto” que el otro y le dio la vuelta a la tortilla: convirtió su palabra en un arma para robar bancos y adquirir así ventaja sobre los demás.

Ese día se vinieron abajo los muros que sostenían la estructura de las convicciones y los buenos valores y se vendió la moral a cambio de un plato de lentejas.

Como es de suponerse, esta conducta se volvió muy fácil de replicar.

Hace algunos años tuve la oportunidad de desempeñarme en la realización de sorteos promocionales.
Tuvimos que realizar campañas con testimoniales de quienes resultaban ganadores para que la gente viera que la cosa iba en serio. Aun así, no lo creían.

Se ha abusado tanto de las promesas que ya no creemos en nada ni en nadie.

Ciertamente, y como dicen por ahí “la mula no era arisca, la hicieron”. Y es que cuando alguien nos promete algo mirándonos a los ojos y apretando nuestra mano, y luego no nos cumple, nos hace sentirnos vejados, engañados, como despojados de todo.

Afortunadamente somos un pueblo sensible, y las raíces de nuestros valores son muy profundas y fuertes.

Es tiempo de revertir esta tendencia, comenzando por los pequeños detalles.

Es decir que toda promesa que hagamos, por muy pequeña e inocente que parezca, hay que cumplirla; es mejor no prometer nada a hacerlo y luego, como si nada, incumplir.

Si le promete un dulce a su hijo si se porta bien y lo hace, cúmplale; pague sus deudas o renegócielas si las condiciones no le son favorables; no asuma compromisos que no está seguro de poder enfrentar.

Vaya a la casa de empeño, recupere la palabra que perdió hace mucho y úsela con el respaldo de su integridad. Todavía vale. 




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